Manuel Rivas (1957), es un escritor de lengua gallega y castellana. Desde muy joven comenzó con la publicación de revistas, como Loia, así como la participación en radio  (emisora comunitaria CUAF FM) y hoy en día es periodista para diarios como El País de España. Es graduado en Ciencias de la Información. Su obra abarca todos los géneros y algunos de sus libros han sido adaptados al cine, siendo el más conocido ¿Qué me quieres, amor? Libro que José Luis Cuerda tomó para su película La lengua de las mariposas. Su última novela, publicada por Alfaguara, es El último día de Terranova.

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Un amor clásico

Todavía hay zonas secretas en el Don Quijote. De lo que no se habla. O muy poco. Del amor entre animales, por ejemplo. La atracción erótica entre el caballo Rocinante y el rucio de Sancho. El humor de Cervantes es siempre un humor que hace pensar. Nada banal. Un humor que nace del dolor para levantar del suelo, de la continua caída, cuerpos y palabras. Hay mucho humor y mucho dolor en esta historia. Tomando una expresión de Andrea Camilleri, “La lingua batte dove il dente duole” (La lengua bate donde duele el diente).

Así, en Don Quijote. La acción verbal, ¡verbívora!, es incesante. La lengua bate, amortigua, alivia allí donde localiza el dolor. Sentimos que ese dolor desaparece no por encanto, sino por lucidez, cuando el caballero y el escudero comparten, por fin, el campo de la verdad.

Ese gozoso momento en que se produce, por fin, el mutuo reconocimiento. Uno y otro van trepando hacia zona de luz, dándose la vez, apoyándose con estilo en el hallazgo de las palabras precisas. Y la clave para el compañerismo es lo que Sancho llama “la cultivación”. Qué maravilla. ¡Cuánta “cultivación” histórica nos haría falta! Pena de tradición hurtada.

–Cada día, Sancho –dijo don Quijote–, te vas haciendo menos simple y más discreto.

Y es entonces cuando Sancho le habla de “la cultivación” y lo hace ya desde ese cierto punto de ironía, donde se funden felizmente el habla popular y los recursos de fábrica “sublime”. Sancho le concede el magisterio de la cultivación: “Quiero decir que la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído”. Con el estiércol de fértil metáfora, el ingenioso hidalgo reconoce que la admiración es recíproca. Este campo de la verdad es el capítulo XII de la segunda parte, y se están hablando como iguales.

¿Cómo han llegado hasta aquí?

Han dejado atrás la temerosa aventura de la carreta de la Muerte. Y en la noche que sigue es el momento de sincerarse, de reconocerse, de desvelar el pensamiento. La conversación cabalga animosa porque comparten un descubrimiento, donde desaparece la fractura entre el “loco” y el “cuerdo”: la vida es una comedia. Y de ahí el más sentido elogio que se haya escrito de la comedia y los comediantes, “instrumentos de hacer un gran bien a la república”. Lo que acontece en el escenario y lo que acontece en el mundo: acabada la comedia, quedan todos los recitantes iguales, incluidos emperadores y pontífices. Y aún Sancho introduce otra comparación: la del juego del ajedrez, “que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio, y en acabándose el juego todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura”.

Llega la hora del sueño. Después de semejante plática, dentro y fuera del libro hay un polen de libertad. Las palabras, desamarradas, han engendrado “otro tiempo”. Y lo que sigue es un episodio extraordinario, por lo que sucede y cómo se cuenta. Sancho quita los arreos al jumento y, desobedeciendo lo establecido por los andantes caballeros, desaliña y quita la silla al caballo: “Le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad de él y de Rocinante fue tan única y tan trabada, que hay fama, por tradición de padres a hijos, que el autor de esta verdadera historia hizo particulares capítulos de ella, mas que, por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se debe, no los puso en ella”.

Más que censura, en realidad, lo que hace Cervantes, adelantándose al “arte de la omisión” de Hemingway (“Lo que vemos es la octava parte del iceberg”), es una pieza prodigiosa de sutileza para narrar el amor del rucio y de Rocinante: “Después de cansados y satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio y, mirando los dos atentamente el suelo, se solían estar de aquella manera tres días”.

Hay un humor gozoso, lleno de respeto, al describir esta relación, que Cervantes compara con parejas clásicas homosexuales como Niso y Euríalo y Pílades y Orestes. Pocos años después, muerto Cervantes, todos los grandes poetas, como Lope y Góngora, participarán en un florilegio poético en honor a Felipe IV celebrando la hazaña de haber asesinado un toro de un arcabuzazo. Sin arte de omisión.

*Tomado de El País Semanal.