Puente que cruzo / Pablo Montoya

Pablo José Montoya Campuzano, es un escritor colombiano nacido en Barrancabermeja, en 1963. Realizó estudios de música en la Escuela Superior de música de Tunja y es graduado en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás en Bogotá. Obtuvo la maestría y el doctorado en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos en la Universidad de la Nueva Sorbona-París 3. En 2015 ganó la XIX Edición del Premio Rómulo Gallegos con su novela “Tríptico de la Infamia”. Ha publicado en géneros como novela, cuento, poesía y ensayo. Entre sus ensayos se cuentan: Música de pájaros, (2005), Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y el fracaso (2009), Un Robinson cercano, diez ensayos sobre literatura francesa del siglo XX (2013), La música en la obra de Alejo Carpentier (2013) y Español, lengua mía y otros discursos (2017). Presentamos un fragmento de uno de sus más leídos ensayos.

 

Fernando Vallejo: Demoliciones de un reaccionario[1]

Una buena parte de la crítica literaria que se ha aproximado a la obra de Fernando Vallejo, es la que ha sido establecida por los mismos escritores. En Colombia, desde Héctor Abad Faciolince, William Ospina, Nicolás Suescún hasta las nuevas generaciones, donde sobresalen los criterios de Juan Álvarez, se le ha atribuido a la obra de Vallejo consideraciones entusiastas. Desde expresiones que van desde santo o energúmeno genial,[3] o hipertrófico de la inteligencia y la sensibilidad[4], hasta decir de su obra que es el más emocionado grito de independencia y rebeldía[5], o de considerar al autor como el más triste y radical humanista del desencanto,[6] estas voces piensan que lo que se esconde detrás de los ataques corrosivos del escritor antioqueño es uno de los rasgos de su amor amargo hacia Colombia. Todas estas opiniones, que enaltecen las calidades literarias de una narrativa singular, pero que dejan pasar por alto los matices reaccionarios que la sostienen, se podrían reducir a algo así como: Vallejo despotrica sobre Colombia porque le duele Colombia. Y su odio gigantesco es directamente proporcional a su amor. Ahora bien, la desmesura de este amor sincero y dolido hasta el marasmo pareciera salvar de las consideraciones racistas, misóginas y fascistas las turbulentas aguas del río del tiempo vallejiano. En el plano de la recepción internacional de sus libros ha sucedido algo similar. Se ensalza el amor, la fraternidad, el trabajo del lenguaje manifiesto en la obra de Vallejo, pero hay pocas referencias a su trasfondo repulsivo. Así,  Fernando Aínsa, uno de los jurados del Concurso Rómulo Gallegos que premió El desbarrancadero en el 2003, explica que más allá de la injuria hacia la mujer, de la que está repleta la novela, hay “un himno del amor fraternal” digno de homenajear.[7] Así, Michel Bibard, en su prólogo a la versión al francés que hizo de La virgen de los sicarios dice que el lector, ante la acción catártica que sugiere la novela, “sale más exaltado que abrumado”.[8] Así, Claude Michel Cluny, el editor del suplemento literario de Le Figaro, afirma de la misma novela que “es el más bello canto de amor y de condenación arrancado a la literatura en mucho tiempo”.[9] En fin, William Ospina, en su comentario sobre la película La virgen de los sicarios, considera que el objetivo de Vallejo “es menos retratar una conciencia que zarandear un país”,[10] permitiendo columbrar que la crítica se ha dedicado a interpretar cómo se zarandea un país sin pensar mucho en acercarse a la conciencia que zarandea. Es verdad que la obra de Vallejo integra esa cadena de célebres diatribas literarias donde bien podrían situarse las enarboladas por Léon Bloy y Céline. Las de Vallejo, como las de estos dos autores franceses, deben leerse en el plano mismo de la creación literaria. Pero, por el carácter de lo que dicen y cómo lo dicen, se relacionan inevitablemente con las realidades sociales y políticas de sus países. Por tal razón no es sólo necesario sino pertinente desentrañar el usual pensamiento segregacionista que aparece, sin preámbulos ni concesiones, en estas demoliciones literarias. 

               Los escritores reaccionarios, tiznados de una cierta aureola de malditismo, son en el fondo iracundos resentidos e irreverentes frustrados. Enemigos del progreso y despotricadores del pasado, están suspendidos en una suerte de cotidiana amargura biliar. Reacios a casi todos los sistemas sociales y sus logros, ajenos a cualquier relación armónica con los dioses y los hombres, estos escritores se encaminan a una sola misión: desbaratar certezas políticas y religiosas, dinamitar los cimientos filantrópicos de la cultura. Esta forma de ataque recurre a la diatriba. Y la diatriba, en literatura, es la extrema expresión de la burla. Es esa burla que se torna escandalosa para que sea escuchada por todos pero que con frecuencia corre el riego de terminar arrojada al triste rincón de las opiniones difíciles de tomar en serio. En el caso de Vallejo la diatriba es una forma elaborada literariamente de lo que en Antioquia se llama la cantaleta. Y la cantaleta no es más que un canto, de ahí viene su etimología entre otras cosas, que de tanto repetirse y acudir a la invectiva atragantada se convierte en una verbosidad agresiva que hace reír e incomoda las buenas conciencias, pero que también se torna fatigante monotonía. La diatriba acude, por lo demás, a las formas tradicionales de la ironía. A la repetición delirante, a la hipérbole sin límites, al símil arrasador, a la continua contradicción, al devaneo incoherente, a la injuria sagaz y al insulto de baja estofa. La de Vallejo se apoya en todos estos recursos. Pero su riqueza textual no se limita sólo a esta variada representación de una obra cínica hasta lo insoportable, sino que también reside en las conexiones que hay entre el discurso de su obra, eminentemente autobiográfico, y las realidades sociales de Colombia. En tanto que autobiografía novelada, es difícil seguir el consejo de los estructuralistas cuando plantean diferenciar al narrador del autor. Ambas entidades, en realidad, casi siempre se funden en Vallejo. Desde las cinco novelas de El río del tiempo hasta Mi hermano, el alcalde, y desde las biografías de los poetas Barba Jacob y Silva – El mensajero y Chapolas negras, hasta los ensayos contra Darwin y Newton – La tautología darwinista y otros ensayos de biología y Manualito de imposturología física – el hombre Fernando Vallejo está presente. De ahí que sean discutibles las interpretaciones que proponen separar al autor del narrador porque eso significaría creer que esa entidad que fustiga sin cesar todo establecimiento, todo orden, todo sistema no tiene que ver con ese señor radicado en Ciudad de México y que cada determinado tiempo sale de su madriguera a lanzar las mismas diatribas que se repiten en su obra y que hacen de ellas, a veces, un bochornoso espectáculo del escándalo.[11]

 

Citas

[1] (Texto leído en la apertura del Coloquio “La sátira en América Latina” organizado por la Universidad de la Sorbonne Nouvelle-Paris III)

[2] Escritor y profesor de literatura de la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros de cuentos: Cuentos de Niquía (1996), La sinfónica y otros cuentos musicales (1997), Habitantes (1999), Razia (2001), Réquiem por un fantasma (2006), El beso de la noche (2010) y Adiós a los próceres (2010); los libros de prosas poéticas: Viajeros (1999), Cuaderno de París (2006), Trazos (2007) y Sólo una luz de agua: Francisco de Asís y Giotto (2009); los libros de ensayos: Música de pájaros (2005) y Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y el fracaso (2009); y las novelas: La sed del ojo (2004),  Lejos de Roma (2008) y Los derrotados (2012). Pablo Montoya es Primer Premio del Concurso Nacional de Cuento “Germán Vargas” (1993). En 1999 el Centro Nacional del Libro de Francia le otorgó una beca para escritores extranjeros por su libro Viajeros. El libro Habitantes ganó en el 2000 el premio Autores Antioqueños. Réquiem por un fantasma fue premiado por la Alcaldía de Medellín en el 2005. En el 2007 ganó la beca de creación artística de la Alcaldía de Medellín. En el 2008 obtuvo la beca de investigación en literatura otorgada por el Ministerio de Cultura. Ha participado en diferentes antologías de cuento y poesía colombiana y latinoamericana. Sus traducciones de escritores franceses y africanos, sus ensayos sobre música, literatura y pintura han sido publicados en diferentes revistas y periódicos de América Latina y Europa.

[3] Héctor Abad Faciolince  considera que Vallejo “tiene la mirada del genio. O del santo, o del energúmeno. Parece un poseído por la furia y la pasión”. Héctor Abad Faciolince, “El infierno es esta tierra”, en Cromos, No. 4.148, Bogotá, 1997, p. 40.

[4] Igualmente Abad Faciolince en su reseña sobre El desbarrancadero dice: “Fernando Vallejo no tiene anomalía neurológica (salvo, tal vez, una hipertrofia de la inteligencia y de la sensibilidad)”. Ver Héctor Abad Faciolince, “El odiador Amable”, Revista El Malpensante, No. 30, 2001, p. 87.

[5] En la reseña Nicolás Suescún sobre El fuego secreto dice que la novela  “es la más violenta andanada que se ha escrito contra Colombia, pero es también un emocionado grito de independencia y rebeldía. Y ¿por qué no decirlo?, de amor también”. Nicolás Suescún, “El fuego secreto de Fernando Vallejo” en Revista Diners, No. 23.205, Bogotá, 1987, p. 92.

[6] Esta es más o menos la opinión del joven escritor Juan Álvarez quien dice que “en Vallejo hay (…) el más radical y triste de los humanismos, un humanismo sin concesiones, dispuesto a desnudar de manera descorazonada y descarnada las íntimas miserias humanas.”. En Juan Álvarez, “El humanismo injuriado de Fernando Vallejo”, en Revista Número, No. 49, 2006, Bogotá, p. 44.

[7] Ver Fernando Aínsa, “El desbarrancadero de Fernando Vallejo Premio Internacional de novela Rómulo Gallegos 2003 ¿Una alegoría premonitoria?”, en Revista de literatura Quimera, No. 235, 2003, Barcelona, p. 57.

[8] Michel Bibard, “La realidad ya no es maravillosa ni mágica”, en Gaceta, No. 42-43, Bogotá, 1998, p. 41.

[9] Claude Michel Cluny, “Opiniones francesas sobre Fernando Vallejo”, Ibid., p. 43.

[10] Ver William Ospina, “La virgen de los sicarios en cine”, en Revista Número, No. 16, Bogotá, 2000. En www.revistanumero.com/26virgen.hpm

[11] Espectáculo que los colombianos celebran a su modo. Carlos Monsivais decía que una de las públicas intervenciones de Vallejo en México suscitaría un linchamiento. Ver guión de “La desazón suprema”, documental de Luis Ospina, en  Fernando Vallejo, condición y figura, (recopilación de textos de Eufrasio Guzmám), El ángel editor, Medellín, 2005, p. 207.  En Colombia, en cambio, Vallejo como opina Oscar Collazos, es simplemente un espectáculo que podría pagarse como cualquier espectáculo de variedades propiciadores de aplausos y carcajadas. Ver Oscar Collazos, “El espectáculo Vallejo”, El Tiempo, Bogotá, 2 de noviembre de 2006 (www. Eltiempo.com.co)