La mayoría de las demás cosas que le obsesionan me las fue trasladando. A tal punto, que incluso su defensa de la novela en primera persona, la interioricé de manera inconsciente, y hoy en día solo puedo escribir sobre mí, pues yo soy mi mayor ficción, la única creación que me satisface y que varía día tras día (el Yo: la mayor mentira que el hombre ha creado).*
Escribe / Mateo Quintero – Ilustra / Stella Maris
Era una vía inmensa que parecía no tener fin. Qué viaje tan agobiante. Como siempre ocurre en Colombia, esa mala patria que nos tocó en suerte, los políticos dejan todos los arreglos que deben hacerse en las vías para última hora, cuando todo está destruido, cuando la carretera es intransitable y toca cerrarlo todo porque no hay quién pase, no hay quién pueda avanzar. Yo ignoraba que habían empezado a arreglar la vía que lleva de Pereira a Medellín y el viaje que estaba estipulado en cinco horas pasó a ser de once. El inclemente calor, la polvareda, los insistentes pitidos y los imprudentes motociclistas hicieron de ese viaje una experiencia terrible que solo se atenuó gracias a que iba mi novia de entonces conmigo, y en las interminables esperas le dábamos rienda suelta a nuestro desenfreno en el asiento de atrás, mientras agradecíamos la existencia de los vidrios polarizados.
Pero qué carajos, qué importaba el tiempo si es solo una experiencia psicológica y la emoción que sentía hizo que redujera la importancia del momento actual por la esperanza del futuro. Que hubiera vuelto a Colombia Fernando Vallejo era para mí como para otros lo fue la visita estúpida del Papa. Regresó y prometió acabar con todo en su próximo libro que fue Memorias de un hijueputa. Su promesa de fusilar por lo menos en la ficción a los malnacidos ex presidentes de esta nacioncita me produjo tanta alegría, tanta exaltación que casi paso por alto que su regreso se daba, especialmente, por la muerte de Antón. Debía estar destruido en su interior, porque esa dureza y esa ira que expresa en sus obras solo son la máscara que utiliza para ocultar su inmensa ternura.
“Vine a joder a los hijueputas de este país”, sentenció en la entrevista que concedió en su regreso. Eso en parte era cierto, como me lo contaría después, pero su retorno a Colombia se dio también porque ya nada lo unía a México. Del mismo modo que sintió que nada lo unía a Medellín ni a su casa cuando murió Darío, su hermano, como lo cuenta con ferocidad en El desbarrancadero, mi obra colombiana favorita. Además, el viaje a Colombia tenía otro propósito: “después de tanto andar y rodar por ahí, cuando muera quiero no haber avanzado ni un palmo”. Un acto y una decisión que me parecieron, por lo menos, muy poéticos.
Como todo en la vida, llegué tarde a Vallejo. Lo descubrí porque en El Espectador publicaron un discurso que pronunció en la FilBo. Desde esa primera lectura, me atrapó su tono tan particular, tan personal, tan fácilmente identificable: la fortaleza de su voz, la ira de sus blasfemias, la ternura de su añoranza. Y conforme lo leía, más me identificaba con él: la rabia por la vida, la pelea contra Dios, el amor infinito por su abuela, la compasión que le generan los animales. Todo esto con lo que estoy de acuerdo él lo expresa de una manera mucho más contundente, con un torrente lingüístico que es inalcanzable para cualquier otro escritor de mi patria. La mayoría de las demás cosas que le obsesionan me las fue trasladando. A tal punto que incluso su defensa de la novela en primera persona la interioricé de manera inconsciente, y hoy en día solo puedo escribir sobre mí, pues yo soy mi mayor ficción, la única creación que me satisface y que varía día tras día (el Yo: la mayor mentira que el hombre ha creado).
Llegamos mi novia y yo a Medellín casi a las 10 de la noche con un agotamiento en la espalda que nos impidió destruir la cama del hostal aquel día, pero cuya recompensa llegaría inmediatamente en la mañana, pues la calidad de la madera era tan baja, que un par de tablas se quebraron en la tercera embestida. Pero qué va, ¿quién se detiene por esos pequeños percances? Seguimos en el suelo y metimos luego las tablas debajo del colchón. Los dueños jamás se dieron cuenta.
Tuvimos la suerte (pues no lo hicimos adrede) de que el hostal que alquilamos por teléfono quedara en Laureles, mismo barrio en el que reside Vallejo. Al entrar al hostal vimos en una repisa que quedaba al lado de la recepción un ejemplar de la novela ¡Llegaron! Y creímos, erradamente, que el dueño sabía dónde quedaba Casablanca. No fue así. Ni siquiera sabía que el autor de aquel libro que presumía – y que no había leído – a los gringos que entraban a su hostal vivía solo a unas cuantas cuadras. Así que nos tocó hacer una investigación exhaustiva, sin ninguna base, para ver dónde es que se hallaba. Y lo logramos. Encontramos en YouTube un video en el que lo entrevistaban y salía de su recién reconstruida casa. Paramos el video y lo ampliamos para ver la placa donde estaba inscrita la dirección. La escribimos en el Waze y nos reveló que estábamos a solo cinco minutos a pie. No pude ocultar la emoción. Sacamos del bolso el aguardiente amarillo que compramos en Pereira, lo empacamos en una bolsa y salimos de inmediato a seguir las indicaciones.
Recordar lo irónica que es la vida me causa demasiada gracia. No pude impedir una carcajada cuando vimos por primera vez a Casablanca la bella: la majestuosidad de su estructura y lo esplendoroso de su color blanco contrastado con el brillo de la madera no fue lo que nos impresionó, lo que nos impresionó fue que la casa estuviera en medio de un restaurante de carnes y una tienda de Biblias. La batalla de Vallejo contra Dios seguía vigente.
Después de la risa, tuvimos cierto nerviosismo de tocar la puerta. Un vecino que iba caminando nos confirmó: “Esa es la casa de Vallejo, el escritor. Tóquele que él debe estar ahí. Es muy amable”. Nos acercamos. Tocamos la puerta. El ladrido de Brusca nos emocionó. Vimos que se encendieron algunas luces. ¿Quién es?, escuchamos la inconfundible voz de Vallejo y yo me atreví a responder: La muerte, seguido de una risa nerviosa y luego: “disculpe, maestro. Somos lectores suyos de Pereira”. Nos abrió con una sonrisa. Le agradó la broma. Dijo: “Pensé que por fin me llevaría”.
Seguimos al interior de la casa, acompañados del jugueteo cansado de Brusca, y el interior era amplio y casi vacío. Recuerdo que en algún lado escribió que cuando uno compra casa o apartamento realmente lo que compra es aire. El derecho a respirar aire encerrado en concreto. Y él sí que lo hizo real. Escasos muebles, escasas sillas, y esa blancura que daba sensación mayor de amplitud. Sonreí al ver el cuadro de la Virgen de la Guadalupe y un pequeño crucifijo en una de sus tantas paredes. No había en la casa ningún libro, salvo la Biblia.
Nos sentamos en el patio que era demasiado fresco y repleto de matas. Le ofrecí un trago de aguardiente y no aceptó. Dijo que lo tomaría luego, puesto que no estaba preparado psicológicamente para beber, pero que conforme pasara la charla la garganta le pediría beber algo. Hablamos de todo un poco. Al principio de trivialidades, de las veces que había ido o pasado por Pereira, de nuestro agotador viaje, de cómo habíamos encontrado la Casa. Y luego, cuando recalcamos lo abrumador de esa obra que pretendía arreglar la vía de nuestra ciudad a la de él, el diálogo pasó a los políticos y a su negligencia, y escucharlo era como leerlo: siguió y siguió y siguió hablando, e injuriando, y blasfemando, y criticando, y yo que también salí bueno para eso, para quejarme incluso en los momentos más felices de mi vida, lo atizaba con más y más preguntas, y hacía críticas acerca de Gallo y su faranduleada, y su palito de selfies, y él se reía y escupía contra Fico y contra todo aquel que recordáramos. Y mi novia lanzaba dardos mordaces contra lo que hacían o hicieron los políticos en su ciudad, Popayán, y todos fuimos felices despotricando de los malnacidos que nos gobernaban. Y entre todo eso el aguardiente iba bajando y llegando a la mitad. Los cachetes de Vallejo eran más rosados que de costumbre.
Sus obsesiones en el diálogo eran las mismas que en la escritura. Le preguntaba constantemente sobre sus opiniones acerca de la existencia histórica de Cristo, que era lo que más me obsesionaba en ese momento, y en las lecturas canónicas que lo habían marcado en la infancia. Cuántas obras de Dostoievski o Balzac había leído, qué opinión le suscitaba La Divina comedia o La Ilíada. Cuestiones que no abordaba mucho en sus obras. Cuestiones que me interesaban saber, aunque realmente lo que más quería descubrir eran sus verdaderos sentimientos por su madre. ¿Cuándo comenzó la ruptura y el odio hacia ella? En sus primeras obras, como Los días azules, la llamaba con cariño “Líita”, diminutivo de Lía, y luego, en El desbarrancadero, por ejemplo, solo la nombra como “La Loca”. Y yo sabía que cuando ella leyó la novela se encerró una semana a llorar, pero luego “comprendió”. Y también sabía que cuando ella murió, él se encerró una semana en su cuarto sin querer hablar con nadie. ¿Qué era, realmente, lo que sentía por ella? ¿Amor u odio? ¿Era solo una metáfora de Colombia, la Madre Patria? Y si era así, ¿se lo explicó a ella? Pero bueno, meterme en ese terreno era sobrepasar la imprudencia y quizá dañar la charla que estábamos sosteniendo. Sabía que, por más amable que fuera, éramos unos desconocidos y su intimidad jamás la contaría, así que le pregunté más sobre sus opiniones externas que sobre su vida en sí. Lo que pasa con los autores que hablan tanto de sí mismos, es que uno como lector se siente muy cercano a su vida y quiere interrogar acerca de ella. No sabía yo entonces que el mundo interno es tan complejo como el externo, y por más que se escriba una veintena de libros sobre la propia vida, jamás se contará todo, porque un segundo es más intenso y variante que el mar, como decía Borges.
Cuando anocheció nos trasladamos al Café Vallejo, que era de su hermano Aníbal y se encontraba allí, al igual que Gloria, su otra hermana. Los tres se sentaron en una mesa y mi novia y yo en otra. Vimos las fotografías que estaban colgadas en el café. Variaban de fotos familiares a artistas reconocidos, como José Alfredo Jiménez, el favorito de Fernando. Nos acabamos allí adentro el aguardiente y pedimos un par de carajillos. Ya estábamos bastante prendidos y a Vallejo se le antojó tocar una pieza en el piano. No recuerdo muy bien de quién era porque cuando estaba prestando atención me interrumpió Aníbal que llegó en un Jeep y me dijo, con voz recia y despectiva:
- ¿Qué necesita?
Y ahí se desvaneció la ensoñación, se desvaneció la quimera, porque me hallé frente a la puerta de Casablanca y las luces estaban apagadas, y ni un ladrido, ni un movimiento adentro, solo Aníbal detrás de mí preguntando insistentemente qué necesita, y cuando le dije que quería ver a Fernando, me dijo que no estaba y que me fuera.
Aníbal y Gloria vivían al frente, en una casa antigua, que si mal no recuerdo era la casa de los papás y la casa donde transcurre El desbarrancadero. Al mirar al frente vi a Gloria que, al contrario de Aníbal, era mucho más amable y sonriente. Nos hizo señas y cruzamos la calle. Me explicó que Fernando había aprovechado el puente y se había ido a la finca familiar que quedaba yendo para Envigado, pero que volvería el martes y que estaba segura de que él nos recibiría con amabilidad. No lo podía creer. Nosotros no nos podíamos quedar hasta ese día porque el lunes debíamos trabajar. Así que le agradecimos y nos fuimos, con tristeza por estar tan cerca y no poderlo conocer, al hostal.
Luego salimos a caminar, y llovió, y mi novia se enojó conmigo por estar mirando paisas y nos perdimos y casi nos roban pero esa es otra historia, otro cuento que no contaré aquí.
*Tercera parte de encuentro con escritores.


