Robert Walser (Biel, Suiza, 15 de abril de 1878 – cerca de Herisau, Suiza, 25 de diciembre de 1956) fue un escritor suizo. Obras: Los hermanos Tanner, El bandido, La habitación del poeta, Historias de amor, La rosa, Las composiciones de Fritz Kocher, Vida de poeta, Escrito a lápiz: Microgramas I-II-III (1924-1925). De su libro Vida de poeta extraímos el siguiente apartado.

  

Hölderlin

Hölderlin había empezado a escribir poemas, pero la enojosa pobreza lo obligó a entrar como preceptor en una casa de Frankfurt am Main para ganarse el pan. Y he aquí un alma grande y bella en la misma situación de un artesano. Tuvo que vender su apasionada ansia de libertad, reprimir su real y colosal altivez. Consecuencia de la dura necesidad fue un espasmo, una peligrosa conmoción interior.

Y se dirigió a una prisión elegante, preciosa.

Nacido para vagabundear entre ensueños y fantasías, para pasar, colgado al cuello de la naturaleza, días y noches poetizando deliciosamente bajo el espeso follaje de candorosos árboles, para dialogar con las praderas y sus flores y observar el cielo y contemplar las caravanas de nubes, divinamente serenas, entró sin embargo en la pulcra y burguesa estrechez de una casa pudiente y aceptó la obligación, terrible para sus rebeldes energías, de comportarse con corrección, juicio y buenos modales.

Tuvo una sensación de horror. Se juzgó perdido, desperdiciado; y lo estaba. Sí, estaba perdido, pues no tuvo ni la mezquina fuerza necesaria para renegar ignominiosamente de todas sus extraordinarias savias y energías, que hubieran debido ser renegadas y disimuladas.

Y se derrumbó, destrozado, y a partir de ese momento fue un pobre enfermo, digno de lástima.

Hölderlin, que sólo era capaz de vivir en libertad, vio su dicha aniquilada cuando perdió la libertad. En vano sacudía y tiraba de la cadena que lo aherrojaba; no hacía más que herirse, la cadena era irrompible.

Un héroe yacía encadenado, un león debía comportarse con gracia y buenos modales, un griego de estirpe real se movía en una vivienda burguesa, cuyas paredes estrechas, pequeñas y primorosamente empapeladas fueron triturando su maravilloso cerebro.

Allí empezó también su lamentable trastorno mental, aquel lento, suave y atroz hundimiento de toda claridad. De desesperanza en desesperanza, de un pánico desgarrador en otro erraban, tambaleantes, sus tristes pensamientos. Era como la silenciosa y lenta disolución de mundos celestialmente luminosos.

Turbio, torpe y oscuro llegó a resultarle el mundo, y a fin de embriagarse siquiera de galanteo e ilusión, de olvidar así su infinito dolor por la libertad perdida y superar su aflicción de león subyugado y encadenado que va, sin esperanzas, de un extremo a otro de la jaula, se le ocurrió enamorarse de la gentil señora. Aquello lo distraía, le venía a pelo, aliviaba unos minutos ese corazón destrozado, estrangulado, asfixiado.

Mientras lo único que amaba era el naufragado sueño de la libertad, se imaginó que amaba a la dueña de la casa. Yermo como el desierto era cuanto lo rodeaba.

Si sonreía, parecíale que para hacer subir esa sonrisa hasta sus labios tenía antes que extraerla penosamente desde las profundidades de una caverna rocosa.

Sentía una enfermiza nostalgia de su infancia, y para volver de nuevo al mundo y ser otra vez un niño, deseaba morir. «Cuando era muchacho…», escribió. El estupendo poema es bien conocido.

Mientras el hombre que había en él desesperábase, y su ser sangraba por sus muchas y lamentables heridas, su naturaleza artística, similar a una bailarina ricamente ataviada, se elevaba hacia lo alto, y cuando Hölderlin sentía que se estaba arruinando, hacía música y poemas fascinantes. Con el instrumento de la lengua que hablaba cantó la destrucción y aniquilamiento de su vida en sonidos áureos, maravillosos. Lamentaba sus derechos y su felicidad destruidos cómo sólo pueden lamentarse los reyes, con una altivez y una altura que no tienen parangón en el ámbito del arte poético.

Las potentes manos del destino lo arrebataron del mundo, que le resultaba demasiado pequeño, y lo lanzaron por sobre el borde de lo inteligible hacia la locura, en cuyos abismos luminosos, benévolos, poblados de fuegos fatuos, se precipitó con furia de gigante para luego adormecerse por siempre en una dulce dispersión y oscuridad.

«Es imposible, Hölderlin», le dijo un día la señora de la casa, «y lo que tú quieres es inconcebible. Todo cuanto piensas va siempre más allá de lo conveniente y lo posible, y todo cuanto dices desgarra lo alcanzable. No quieres ni puedes vivir bien. El bienestar te resulta demasiado pequeño, y la paz dentro de la limitación, demasiado ordinaria. Todo es y se vuelve para ti un abismo, una infinitud. El mundo y tú son un mar».

»¿Qué puedo decir para calmarte, si rechazas cualquier placer como algo digno de desprecio? Todo lo estrecho y pequeño te confunde, te enferma; pero todo lo vasto y no delimitado te eleva o te hunde, sin dejarte tregua ni disfrute alguno. La paciencia no es digna de ti, pero la impaciencia te destroza. Eres honrado, querido y compadecido, por eso no hay en ti gozo alguno.

»¿Qué puedo hacer, si nada te alegra?

»¿Me amas?

»No lo creo, debo prohibirme creerlo y debo desear que no intentes hacérmelo creer. Nada te impulsa a amarme, de lo contrario te las arreglarías para ser feliz, amable y tranquilo, y tener paciencia contigo y conmigo. No tengo derecho a creer que signifique mucho para ti.

»Sé dulce, bueno y sensato. Ya sólo tengo miedo de ti, y es éste un sentimiento que deploro. Libérate de la pasión y domínate. ¡Qué hermoso, cálido y grande podrías ser si decidieses dominarte! Pero tus audaces fantasías te matan, y el sueño que te haces de la vida, te roba la vida. ¿Renunciar a la grandeza no podría ser también grandeza?

»Todo es doloroso».

Así le habló. Hölderlin abandonó entonces la casa, erró todavía un tiempo por el mundo y cayó luego víctima de una incurable alienación.