Virginia Ayllón (La Paz, Bolivia, 1958) es poeta, bibliotecóloga e investigadora literaria. Docente universitaria. Responsable del Centro de Documentación en Artes y Literaturas Latinoamericanas (Cedoal) con sede en la ciudad de La Paz (2003-2005). Colaboradora de publicaciones especializadas y productora de programas radio y televisión sobre temas culturales. José Roberto Arze la retrata en los siguientes términos: “Estudiaba sociología, era dirigente estudiantil y militante de la Juventud Comunista. Algún día decidió trocar las ‘señoriales’ disciplinas sociológicas por las de la sencilla y servicial bibliotecología, sin abandonar sus ideas ni su militancia. Fue y es nuestro ámbito común. La vida se encargó de producir cambios políticos que la afectaron, sin quitarle la confianza en la vida ni el amor a los libros”. (Fuente: Diccionario Cultural Boliviano)

Ayllon Soria, Virginia

Las murallas de Cavafis*

El afuera, el adentro, el centro y la luz en la poética del vate alejandrino

Sin miramiento, sin piedad, sin pudor

grandes y altas murallas en torno mío levantaron.

Y ahora estoy aquí sin esperanza.

No pienso sino que este destino devora mi razón;

porque fuera, mucho tenía yo que hacer.

¿Por qué, ay, no reparé cuando iban levantando la muralla?

Mas nunca oí el ruido ni la voz de sus autores.

Sin sentirlo, fuera del mundo me cercaron.

Suele acudirse a la poseía amatoria de Cavafis, exotizando y sobre erotizando sus hermosos versos -como los hay pocos-,  sobre el placer (más que el amor) homosexual. Pero estos dislates quedan en eso y la poesía de Cavafis se ha encumbrado entre las más potentes.

No se dirigirá mi lectura a esos poemas, sino a Muralla y, a partir de este poema expondré la metáfora espacial de “adentro y afuera”, como representación de la soledad en algunos de los poemas de Cafavis.

Cavafis fue descubierto para Occidente por el novelista Edward Morgan Forster quien publicó la traducción al inglés del bello y sutil poema El dios abandona a Antonio en sus libros Historia y guía de Alejandría (1922) y Pharos y Pharillon (1923).

Este último fue publicado por la Hogarth Press de Virginia y Leonard Woolf, misma que publicaría en 1951 The poems of C.P. Cavafy, primera publicación de los poemas de Cavafys en inglés. A la revelación de Forster le siguió la muy importante Présentation critique de Constantin Cavafy, de Marguerite Yourcenar, publicada (junto a la traducción de los poemas a cargo de Yourcenar y Constantin Dimaras) en 1958, pero escrita entre 1939 y 1953, de acuerdo al registro de este texto en su A beneficio de inventario (1989).

En este texto Yourcenar clasifica los poemas de Cavafis en los históricos, los del destino, los del carácter, los políticos, los eróticos. Esta enumeración desdibuja el rico análisis de Yourcenar sobre la obra del alejandrino, destacando la ausencia del paisaje oriental, de la naturaleza, la impersonalidad de los personajes y la ausencia de moralidad en su poesía erótica, etc. Sobre todo cómo el verso cavafiano es histórico en sentido de tomar la historia para exponer la tragedia humana; es decir la historia como cifra de lo personal:

Cada poema de Cavafis es un poema conmemorativo (hay que atreverse a utilizar este bello adjetivo); cada poema histórico o personal es al mismo tiempo un poema gnómico; este didactismo, inesperado en un poeta de nuestro tiempo, constituye quizá la parte más audaz de su obra.

Estamos tan acostumbrados a ver en la cordura un residuo de extinguidas pasiones que nos es difícil reconocer en ella la forma más dura y condensada de la pasión, la parcela de oro nacida del fuego y no de las cenizas.

Este poema de Cavafis, escrito en 1896, se arma en la dicotomía entre el adentro y el afuera; pero con una jerarquización que otorga al “adentro” un sentido positivo, frente a un “afuera” rechazado.

El afuera es, entonces, un espacio de angustia y en el verso de Cavafis se asimila al sentido de exilio, pero en sentido de castigo. El sujeto que visita el afuera porque allí “tenía mucho que hacer”, es finalmente encerrado en ese afuera, conformando así su trágico destino.

Establece este poema, que las fuerzas que construyen la muralla, “los autores”  -“los constructores”, en otras traducciones. Yo tomo la versión de Bádenas en todos los casos- son fuerzas inmateriales, que hacen su trabajo sin ruido, sin presencia palpable. Así, la tragedia organiza la contraposición entre ser o abandonarse las convenciones. Este dilema es universal, aquejó a los individuos del mundo bizantino  y aflige a los del mundo contemporáneo.

Ahora bien, el afuera solo existe en relación al adentro y, como se advierte en el poema, la melancolía se instaura en el alma por la pérdida de ese adentro. Culturalmente, el adentro se corresponde con la noción de “centro”. De acuerdo a los estudios de Mircea Eliade, el simbolismo del centro en la historia incluye la montaña, el árbol, el templo, el ombligo y otras.

El centro responde a la necesidad humana de pertenencia y organización del mundo, por ello el centro es el eje de la creación, de la revelación. Como eje, ordena las relaciones horizontales con el entorno, y verticales con lo de arriba (lo supremo) y lo de abajo.

Salirse del centro o des-centrarse supone pues desorientación, desconcierto, extravío y angustia; es ingresar al laberinto que, entre otros, significa el camino hacia la muerte. Pero el laberinto también puede ser el pasaje a la iniciación, siempre y cuando quien ingresa al laberinto esté dispuesto a la revelación, a la luz. Sobre la luz, el poema Las ventanas, de 1903 dice: “Quizá la luz sería una nueva tiranía / quién sabe qué de nuevo nos traería”.

Lo espléndido de este poema es la conciencia de que si la luz  es una puerta en el laberinto, alcanzarla no repone necesariamente el centro. Hay una noción de impotencia en Murallas y Las ventanas.

Por otro lado, la ciudad es el centro humano moderno porque congrega, racionaliza el espacio, se opone al “caos” (sic!) de la naturaleza y protege (las amuralladas ciudades antiguas). La ciudad impone la socialización, el habla pública, el plan. La soledad es contraria a la ciudad.

Cavafis es un poeta urbano (e histórico, como él mismo se definió), ya Yourcenar estableció que el paisaje natural no tiene espacio en Cavafis. Pero sí, en cambio, la calle, los bares, los prostíbulos. Es decir, es una poesía escrupulosamente consciente de la ciudad.

En su poema Cuanto puedas de 1913, Cavafis asegura que la vida se envilece “en el trato desmedido con la gente/ en el tráfago desmedido y los discursos” y que este envilecimiento se ahonda exponiendo la vida “a la estupidez cotidiana/ de las relaciones y el comercio/ hasta volverse una extraña inoportuna”.

Así, la vida de la ciudad traiciona la búsqueda del ser. Hay en este poema, además, una especie de consejo de “salirse de la ciudad”, de irse afuera.

Su poema La ciudad, el preferido por el poeta y, sin duda y a mi gusto, uno de los más bellos de la poesía universal,  marca esta vivencia de angustiosa soledad en la ciudad que concluye en el deseo y la imposibilidad de la huida: “Dijiste: ‘Iré a otra tierra, iré a otro mar/ otra ciudad ha de haber mejor que esta/ cada esfuerzo mío es una condena dictada; / y mi corazón está —como un muerto— enterrado’”.

Pero como bien dijo Derrida en su análisis de la tesis de lo arbitrario del signo en su De la gramatología: el afuera es el adentro. Así,  junto a los poemas de Cavafis en que el afuera es el espacio físico que contiene la angustia y el exilio, también están otros en que la dicotomía se ubica en el ser mismo.

Tal el caso de Muerte de un general (c.1899): “Por fuera -el silencio e inmovilidad lo han cubierto/ Por dentro- podrido está de envidia por la vida, de miedo, de lepra,/ hija de sus placeres, de necia obstinación, de ira, de maldad”.

Es decir el afuera también establece un otro en el mismo individuo, como en su poema Lo oculto, de 1908: “Por cuanto hice y por cuanto dije/ que no traten de encontrar quién era yo/ (…) algún otro, hecho como yo,/ ciertamente surgirá y actuará libremente”, versos que recuerdan estos otros de Borges, correspondientes a Borges y yo: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas /(…) No sé cuál de los dos escribe esta página”.

Para concluir, digamos que junto a estos poemas de desasosiego y soledad, Cavafis también escribió otros, casi en la antípoda del sentido; los poemas de la sana resignación, de valoración de la experiencia sobre el resultado, del viaje sobre el destino, como su sutil poema (creo que “sutil” es el mejor adjetivo para los poemas de Cavafis, lo tomo de Yourcenar) Ítaca, de 1911, cuyos versos finales dicen:

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

 

*Original en Letra Siete.