Heinrich Wilhelm von Kleist (Fráncfort del Óder, Brandeburgo; 18 de octubre de 1777 – Berlín; 21 de noviembre de 1811) fue un poeta, dramaturgo y novelista alemán, considerado uno de los principales escritores dramáticos del llamado romanticismo alemán y de toda la literatura alemana.  Stefan Zweig le consagró un estudio biográfico, en La lucha contra el demonio (publicada en 1925), dentro de un trabajo con otros dos biografiados, Hölderlin y Nietzsche. Algunas de sus obras: La marquesa de O (1805), Pentesilea (1805-1807), El terremoto en Chile (1808), La batalla de Arminio (1809) y Michael Kohlhaas. A continuación, fragmento de un texto escrito entre 1807-1808: Sobre la paulatina elaboración de los pensamientos al hablar.

Sobre la paulatina elaboración de los pensamientos al hablar1

Para R[ühle] v. L[ilienstern]

Cuando quieras saber algo y no puedas encontrarlo por medio de la meditación, te aconsejo entonces, mi querido e ingenioso amigo, hablar de ello con el primer conocido que se te cruce por el camino. No es necesario siquiera que sea una mente aguda; tampoco quiero decir que deberías consultarlo al respecto: ¡no! Más bien debes –primero que nada– contárselo tú mismo. Te veo abrir grandes los ojos y responderme que, en tus años mozos, te han aconsejado no hablar excepto de asuntos que ya comprendieras. Es posible que entonces hablaras desmañadamente a otros; ahora quiero que hables con el propósito sensato de instruirte a ti: y así podrían, de forma diferente para casos diferentes, coexistir buenamente ambas reglas de la cordura. El francés dice: “L’ appétit vient en mangeant”, 2 y este principio que dicta la experiencia sigue siendo verdadero cuando uno lo parodia y dice: “L’ idée vient en parlant”. 3 A menudo, en un pleito complicado, me siento a mi escritorio frente a las actas e investigo el punto de vista desde el cual podría ser juzgado. En el esfuerzo por esclarecerse en que está implicada mi esencia más íntima, acostumbro por lo general mirar a la luz, como al punto más claro. O, cuando se me presenta un ejercicio algebraico, busco la primera formulación, la ecuación que expresa las relaciones dadas, y a partir de la cual se llega fácilmente al resultado mediante el cálculo. Y mira: cuando hablo de ello con mi hermana, que se sienta detrás de mí, y trabaja, descubro lo que quizás no hubiera podido obtener durante horas de elucubraciones. No es que ella me diga algo en sentido estricto, ya que no conoce el código, ni ha estudiado a Euler ni a Kästner.4 Tampoco es que me conduzca, mediante preguntas sagaces, al punto en cuestión, aunque a menudo pueda ser este el caso. Sin embargo, dado que ya tengo algún tipo de representación oscura, que está en una lejana relación con aquello que busco, así moldea el ánimo, cuando acometo intrépido mi objetivo –mientras la conversación avanza bajo la necesidad de encontrarle ahora un final al principio– de llevar aquella representación oscura a una nitidez total, de tal manera que, para mi sorpresa, el conocimiento completa el período. Intercalo sonidos inarticulados, me demoro con conectores, uso también de buena gana una aposición cuando en realidad no sería necesaria, y me sirvo de otras maniobras dilatorias del discurso para labrar mi idea en el taller de la razón, para ganar el tiempo apropiado para ello. En esto nada me resulta más propicio que un ademán de mi hermana, que hace como si quisiera interrumpirme; porque por medio de esta intentona, realizada desde afuera, de arrebatarle la palabra en cuya posesión se halla, mi ánimo (ya extenuado de todos modos) se enardece aún más y, como un gran general cuando las circunstancias apremian, aumenta un grado más su capacidad. En este sentido comprendo de qué pudo servirle su criada a Molière; porque, cuando él pretexta que la creía capaz de un juicio que hubiera podido rectificar el suyo, esto es de una modestia que no creo que fuera capaz de abrigar en su pecho. En cualquier rostro humano que se le enfrente existe una singular fuente de entusiasmo para el que habla; y una mirada que nos delata como algo ya comprendido un pensamiento a medias expresado por nosotros, nos regala a menudo el modo de expresar la otra mitad del mismo. Creo que más de un gran orador ignoraba todavía, en el momento de abrir la boca, lo que iba a decir. ¡Eso era lo que necesitaba! “La Nación da órdenes y no recibe ninguna” –para tambalear inmediatamente sobre la cima de la temeridad–. “Y para explicarme ante usted con toda claridad…” –y recién ahora encuentra la forma de expresar toda la resistencia para la cual estaba armada su alma–: “dígale a su Rey que no abandonaremos nuestros puestos sino bajo la violencia de las bayonetas”. Luego de lo cual se vuelve a sentar, satisfecho de sí mismo.

 

Notas

1 La copia –entretanto desaparecida–, de la mano del mismo copista al que también se debe el manuscrito de la tragedia Pentesilea, pertenece posiblemente al período que pasó Kleist en Dresde (1807-1808), mientras que las referencias al trabajo de oficina y la presencia de su hermana Ulrike hacen plausible la existencia de una primera versión en Könisberg (1805-1806). La copia contiene correcciones de mano de Kleist, así como marcas de lápiz para una organización en párrafos, y presenta dos veces la referencia (de otra mano y entre paréntesis) “Continuará”. Por lo visto, Kleist quería publicarlo en el Morgenblatt für gebildete Ständede la editorial Cotta, donde generalmente se recomendaba una división en párrafos, y a cuyo editor Kleist había enviado, en efecto, un ensayo (¿quizás este?) el 21 de diciembre de 1807. La primera versión (plagada de errores) fue editada en 1878 por Paul Lindau en su revista Nord und Süd. Nuestra versión sigue el texto de Sembdner en la edición de Kleist de Minde-Pouet (t. 7 [1938], pp. 22- 29), que fue contrastada con la edición de Kleist por Theophil Zolling (1885, t. 4, pp. 282-288) y con las variantes en la edición de Erich Schmidt (1905, t. 4, p. 392ss.), de lo que resultaron varias enmiendas.

2 (Francés): ”el apetito viene al comer”. Cita de Gargantúa y Pantagruel (I, 5), de Rabelais.

3 (Francés): ”la idea viene al hablar”.

4 Leonhard Euler (1701-1783): físico y matemático suizo, autor de numerosos tratados, fundamentales para el desarrollo de la matemática moderna. Abraham Gotthelf Kästner (1719-1800), matemático, profesor en Leipzig y Gotinga. Entre sus escritos más significativos están Anfangsgründe der Mathematik (en 4 tomos: 1758-1769) y la Geschichte der Mathematik (en 4 tomos: 1796-1800). Kästner se destacó también como autor de epigramas.