Convertida en objeto de culto, la belleza sigue siendo idealizada, perseguida, reclamada,justificada y revalorizada bajo argumentos y soportes de toda índole. 

MARGARITA-CALLE-1Por: Margarita Calle

Muchas personas han alzado su voz de protesta ante la pastora María Luisa Piraquive y la orientación esencialista y discriminatoria de su Iglesia. En medio de los debates han salido a relucir testimonios de todo tipo, que nos llevan a concluir que, en efecto, el tufillo de la discriminación estética está muy arraigado en nuestra sociedad.

Dice la ministra Piraquive que lo que impide que una persona con limitaciones físicas se presente ante el púlpito es “la causa de la conciencia”, es decir, “el qué dirán de la gente”: la angustia, el asombro o el desagrado que pueda generar estar ante la presencia de un ser imperfecto. Sin embargo, este temor ha sido alimentado desde la antigüedad hasta nuestro días como manifestación del culto a lo bello.

Los griegos asociaron su comprensión de la belleza a valores como la justicia, la medida, la conveniencia, la armonía, estableciendo un vínculo estrecho entre lo bello y lo bueno. No obstante, no restringieron la percepción de la belleza a un determinado soporte físico: la belleza podía “resplandecer” en muchas partes y de muchas formas. Fue en la edad media, y gracias al auge del cristianismo, que la belleza empezó a considerarse como designio divino, como una cualidad derivada de la intervención de Dios.

La modernidad, por su parte, animó una verdadera revolución estética. El gusto por lo excepcional, lo extravagante y provocador convirtieron lo bello en objeto de culto. En estos comportamientos Baudelaire descifró la búsqueda de la originalidad, “contenida en los límites externos de las conveniencias”.

Convertida en objeto de culto, la belleza sigue siendo idealizada, perseguida, reclamada,justificada y revalorizada bajo argumentos y soportes de toda índole. Aunque en ocasiones parece haberse distanciado de lo bueno, en nuestra época lo bello estrecha sus lazos con lo más deseado, lo refinado y, en general, con todo lo que es susceptible de ser consumido. Es ahí donde aparece también revalorizado el cuerpo; ese territorio cambiante y maleable en el que la sociedad contemporánea tiene volcada toda su fascinación por lo nuevo y lo artificioso.

Sabemos que el cuerpo expresa, habla, me relata y me delata. Es un dispositivo cultural integrador de nuestras relaciones sociales y un instrumento de mediación entre lo material y lo espiritual. El temor de la predicadora y sus seguidores radica en no reconocer su perfectibilidad, pues eso los deja sin la certeza de contar con el “instrumento adecuado”para teatralizar el enrevesado discurso que se han empeñado en difundir.

* Directora Maestría en Estética y Creación, Universidad Tecnológica de Pereira