Segunda parte de la presentación pública que el autor del presente texto hizo del libro “Cuando escuches de grandes amores” de Eduardo López Jaramillo, libro de ensayos producido por El Arca Perdida Editores.
Por: Cristian Cárdenas Berrío
Esta es la primera parte de esta confesión laica del autor. Eduardo López Jaramillo el erudito, que digo erudito, el docto, toda vez que logró alcanzar el punto ético más alto al que puede aspirar un humanista, esto es, ajustar su existencia a las exigencias constantes que le hacían sus lecturas y su escritura. No anduvo por la vida nuestro ensayista como una suerte de Atlas académico cargando todo el peso de la enciclopedia en su espalda –lo cual habla mejor de la espalda que del académico– sino que por el contrario: el conocimiento en él fue fecundo, así como detonante de muchas de sus obras literarias, no solo sus ensayos, pienso por ejemplo en esa maravillosa novela que es Memorias de la casa de Sade.
Como dije, el saber en el pereirano fue destino asumido y por lo tanto la erudición constituye su sintaxis. Pero por sintaxis no entiendo aquí la definición restrictiva que se refiere al orden de las palabras en una oración, sino a la organización lógica de sus pensamientos. Eduardo López Jaramillo vivía, respiraba y exudaba amor por el conocimiento, en particular por el saber de las humanidades: música, filosofía, literatura, mitologías y demás, constituyen el hábitat natural del escritor que hoy nos convoca.
Ahora bien, el mucho leer, los viajes abundantes y el estudio profuso de autores y obras, casi siempre transforman a los seres, convirtiéndolos en espíritus generosos. Y es que solo la palabra generosidad puede dar cuenta del magisterio ejercido en la ciudad por el maestro López Jaramillo. Es este el otro aspecto testimonial que uno encuentra en los dos ensayos biográficos que constituyen este volumen, hay en el pereirano una ocupación constante por el acto educativo, no por la teoría pedagógica y sus taxonomías, sino por el acto humano de enseñar algo a alguien.

En el primer ensayo nos recuerda una y otra vez la labor de Abelardo como profesor, su éxito académico, el numeroso grupo de estudiantes que le seguían donde fuera, las escuelas que fundó, cuales fueron sus discípulos más aventajados, etc. Lo anterior no pasaría del orden de lo anecdótico si no fuera por el guiño que nos hace el ensayista –ya dije que instaura una complicidad con el lector– en la página 44 al decirnos que “[…] empezó Abelardo a ejercer un magisterio que la historia de la educación apenas empieza a reconocer en sus verdaderas dimensiones.” Y para dejarnos en claro que este aspecto de la historia del monje francés llama poderosamente su atención, de manera inmediata cita, a pie de página, la ya clásica, famosa y abultada obra del profesor James Bowen, en su segundo tomo de la Historia de la educación occidental, que el pereirano parece conocer de manera amplia.
Pero que es lo que de la enseñanza de Pedro Abelardo llama la atención del profesor López Jaramillo. Después de la cita en cuestión el escritor dice: “En abierta rebelión contra la escuela, que repetía lo aprendido y lo glosaba también de memoria, el joven filósofo se propuso defender el derecho a la reflexión y la exégesis personales.”. Encontramos aquí la respuesta, es la postura rebelde del filósofo medieval, es el levantamiento franco de Abelardo contra la escuela de la época, lo que capta la atención del ensayista. Vemos en el guiño del escritor lo que él pensaba sobre el acto de enseñar, ejercicio que cuando se practica a cabalidad siempre le ganará enemigos a quien lo ejerce, ya que para la sociedad de siempre, tanto la del pensador francés como la nuestra, no hay mayor peligro, ni más alarmante acto sedicioso que enseñar a pensar.

Pero también le seduce la generosidad que existe detrás del acto pedagógico, pienso que por eso la insistencia en la cantidad de discípulos del religioso galo, para mostrar que nunca se debe negar una enseñanza a quien la desea, y por eso mismo en el ensayo sobre Juan Sebastián Bach nos dice que “los libros de notas revelan una faceta del genio de Bach en la cual se ha insistido muy poco: la generosa vocación pedagógica que lo llevó a formar varias generaciones de músicos y virtuosos del teclado.”. Generosidad de la que como se dijo no careció Eduardo López Jaramillo. El magisterio adquiere múltiples formas, no solo se ejerce en la aulas –aunque nuestro ensayista lo hizo– sino también desde la escritura de ensayos y columnas de opinión, desde las charlas, conferencias y lecturas públicas, pero sobre todo desde la conversación y amistad amorosas que practicó el maestro López Jaramillo con cantidad de jóvenes y no tan jóvenes interesados por el saber y la literatura, muchos de ellos hoy periodistas, escritores, académicos o solo seres que alguna vez fueron aguijoneados por la literatura y que como muchos de nosotros no han podido salir indemnes de esta aventura. Se puede decir entonces que la pedagogía en el pereirano no era una teoría, sino más bien un gesto, una disposición de carácter, un vibrar con el crecimiento del otro.
Por esas afinidades electivas que habitan agazapadas en nuestro mente, cada vez que pienso en todos estos aspectos de Don Eduardo López Jaramillo, siempre me viene a la memoria Quirón, ese centauro sabio y bondadoso de la mitología griega, bien sé que muchos de los que me conocen objetarán que desde que descubrí la definición de Don Alfonso Reyes sobre el ensayo no dejo de pensar en centauros, pero también sé que siento que la metáfora Alfonsina les va mejor a los ensayistas que al género; más que los escritos, son los ensayistas los seres que más se me asemejan a la estirpe de Ixión, debatiéndose entre el instinto del artista y la racionalidad del docto, no dejan de escribir esos poemas intelectuales hijos de su preocupación bifronte que Montaigne dio en llamar ensayos.
Allí, en medio de la multitud de centauros y centáurides, que también las hay y de noble estirpe, se encuentra Quirón, educador de héroes, sabio y erudito como Eduardo López Jaramillo, inteligente y creativo como el ensayista, generoso educador como el pereirano. Comparten además nuestros centauros el amor inagotable por el saber, Quirón era versado en caza, moral, medicina, cirugía, así como en música y arte tal cual el maestro López Jaramillo. Se pudiera alargar la analogía algunos párrafos más, pero lo cierto es que al escribir las presentes líneas no quiero hacer un estudio minucioso de la obra del ensayista, busco, eso sí, invitarlos a que confabulemos juntos, a que instauremos una complicidad en la lectura de estos ensayos, para que el repasar las páginas de Cuando escuches de grandes amores, sientan conmigo que Quirón enseña de nuevo.
Cartago, nuevo y antiguo, junio de 2015.


