Quirón enseña de nuevo (Parte 1)

…por esto nada más alejado de la prosa de Eduardo López Jaramillo que la búsqueda del pasmo del lector frente a la abundante erudición que poseía o la provocación del tedio propia de la prosa gélida del académico, por el contrario, nuestro ensayista busca realizar con el lector un complot interpretativo sobre una parte de la realidad que él siente puede llegar a interesar a ambos.

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Eduardo López Jaramillo en su mediana edad.

Para Abelardo Gómez Molina, amoroso intérprete

y albacea oculto de la obra del maestro.

Por: Cristian Cárdenas Berrío

 “Así, lector, soy yo mismo la materia de mi libro”

Michel de Montaigne.

 Leer cualquier ensayo de Eduardo López Jaramillo es enfrentarse al inminente vértigo de una epifanía. Su obra ensayística aparece en una época en la que la sociedad del eje cafetero, como la iglesia de Pedro Abelardo, necesitaba aprender a pensar, y necesitaba sobre todo comprender que pensar no consistía en sentarse durante tenues atardeceres con ceño caviloso y mirada sesuda a recitar los lugares comunes del parnaso local; sino que el santo y seña para entrar en sí mismo, para pensar-se, radicaba en la posibilidad de observarnos desde la atalaya de la totalidad de la cultura occidental, desde eso que han dado en llamar –no sin pretensión– universalidad.

Es este uno de los rasgos característicos de la obra general del pereirano y en particular de su ensayismo. Sus brazos literarios, como los de los novelistas franceses del XIX, abarcaron multiplicidad de temas y de autores. Por ejemplo, la poesía de ese granadino alucinado que el franquismo se encargó de convertir en mártir, Federico García Lorca; así como la poética de nuestro bardo nacional, José Asunción Silva, a quien el destino siempre ebrio y risueño quiso hacer que se suicidara por deudas para luego inmortalizarlo en la marchita gloria de los billetes de cinco mil pesos.

Traduce a Akhenaton, improbable fundador del monoteísmo y al nostálgico alejandrino Kostantinos Kavafis; el marqués de Sade será fantasma tutelar y permanente de las ocupaciones creativas del ensayista; escudriñará la filosofía escolástica a través de los fértiles ojos del eunuco Pedro Abelardo y beberá por medio de los oídos de Johann Sebastian Bach, el genio musical del barroco. Todo esto en medio de unas montañas de verde policromo, exuberante y no pocas veces apabullante que invitan más a la metafísica o la teología que al pensamiento riguroso y la crítica mesurada. Como los grandes ensayistas, Eduardo López Jaramillo busca destilar la eternidad en el instante, sublimar lo inconmensurable de nuestra condición en las pocas páginas de un ensayo.

portada-copiaCuando escuches de grandes amores no es otra cosa que el afortunado ejercicio de mostrarnos el paisaje moral del medioevo cristiano mediante la historia de amor de Abelardo y Eloisa, así como de tomarle el pulso al siglo XVIII al través de la amorosa partitura tejida por Bach y Ana Magdalena. ¿Y… esto para qué? Para radiografiar las actuales arquitecturas de nuestros deseos, vanidades y ambiciones. Es preciso decirlo de una vez: en la obra del maestro López Jaramillo los ensayos son la medida de profundidad de la condición humana. Cosmopolita a la manera que lo quisieron sus amados griegos, este pereirano universal logra hacer del ensayo escalpelo del alma humana y de su época.

Solo lo anterior bastaría para hacer de nuestro escritor un ensayista de consideración, pero la cuestión acerca de qué lo ubica en el camino de Montaigne, es una pregunta más abarcadora y merece especial atención en estas líneas.

¿Qué hace pues que Eduardo López Jaramillo haya transitado “la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”, como dijera Fray Luis de León? Algunos dirán que por su gesto y su ademán, como planteara ese gran ensayista –porque como filósofo siempre decepciona–, José Ortega y Gasset, otros afirmarán que sus opiniones y su conocimiento, y algunos más aventajados argüirán que la voluntad y la conciencia de estar escribiendo ensayos cuando lo hacía.

Es probable que todos tengan razón, no obstante yo creo intuir otras dos razones fundamentales por las cuales el pereirano se erige como un nuevo Quirón en medio nuestro. La primera tiene que ver con la manera como se relaciona con el lector, para él, somos sus interlocutores, pares de conversación, no una grey a la que se debe adoctrinar mediante el dogma de la verdad histórica o aturdir bajo el peso del dato muerto. Por el contrario, siempre busca un punto de vista inédito en el momento de exponer sus ideas, es decir, busca seducirnos y sorprendernos con los ángulos de su reflexión. Todo el libro es ejemplo de esto.Bernardo_de_Claraval

Bernardo de Claraval, el gran santo y doctor de la iglesia católica, guía de Dante en los últimos cantos del paraíso de su Comedia, se nos pinta como un ser ruin, maquinador y mezquino, cuya irracionalidad le valió a Abelardo su último infierno. Por otra parte, en el segundo ensayo, la técnica debía ser necesariamente musical, por esto utiliza un mecanismo que sólo puedo denominar de contrapunto, nos hace oscilar entre los dos extremos del músico alemán. El punto sería la genialidad del compositor y el contrapunto la vida casi anodina del profesor y empleado Juan Sebastián Bach. Pero es probable que donde mejor veamos esto es en el título: Cuando escuches de grandes amores, aseveración cautivadora si las hay, parece el verso de un bolero, cualquiera siente cercana esta frase ya que el amor es uno de los grandes temas, por no decir que es el tema, amén de que la mayoría pensamos que sólo los nuestros son los amores grandes y por tanto nadie necesita pasar por los claustros académicos para poder hablar del amor.

Es claro como se instaura con el lector una relación dialogal, si se quiere de complicidad. El ensayista busca compartirnos su experiencia, no sobre, sino con un tema en particular, busca una tercería para su proceso de pensamiento no para sus conceptos. En este sentido pretende la confabulación de la visión del lector con la suya propia, por esto nada más alejado de la prosa de Eduardo López Jaramillo que la búsqueda del pasmo del lector frente a la abundante erudición que poseía o la provocación del tedio propia de la prosa gélida del académico, por el contrario, nuestro ensayista busca realizar con el lector un complot interpretativo sobre una parte de la realidad que él siente puede llegar a interesar a ambos. Por esto el pereirano, como los grandes discípulos de Montaigne, grita sígnicamente su deseo y piensa en público mediante sus ensayos.william-butler-yeatsPero, “¿cómo separar al danzante de la danza?”, se pregunta William Butler Yeats, al final de uno de sus poemas, y con este verso el poeta irlandés nos ubica en el segundo aspecto que creo hace del pereirano un gran ensayista. Como pocos ignoran, durante el renacimiento el ensayo fue a la literatura lo que el retrato a la pintura; todo gran ensayo puede ser, en no pocos aspectos, un gran autorretrato.

Cuando escuches de grandes amores es el testimonio, más que del amor en abstracto –concepto esquivo que algunos han querido conquistar a fuerza de tratados y otros desgastar a golpes de abuso– de la pasión por el saber y por el arte de los tres hombres que aparecen en los ensayos: Pedro Abelardo, Juan Sebastián Bach y evidentemente Eduardo López Jaramillo. Porque si algo queda claro con este libro es el gran amor del pereirano por el conocimiento y por el arte. En estos ensayos desfilan la filosofía y teología medieval, la historia, la poesía provenzal, los goliardos, el arte gótico, la música barroca, las grandes cortes europeas y un etcétera, en fin, demasiado largo para las pretensiones de este espacio. Confesión secular de la inteligencia del ensayista, este texto es la declaración plena del autor de que su única patria es el saber. Como afirmó de Bach, pero hablando sobre la música, en Eduardo López Jaramillo el conocimiento y la erudición, más que una vocación fueron un destino. (Primera parte).