La razón fue inicialmente un discurso común, pero pronto su uso se masificó, y quien daba uso a la razón se vio en la necesidad de masificar esa fuerza emocional a un público más grande; la razón, entonces, se convierte en razón retórica.

 

Por: Diego Noreña

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El lenguaje nos interesa de momento por su forma de emanar imágenes dentro de las cuales se conforman los conceptos aparentemente pétreos de la razón, y cómo a partir de allí se establece una «realidad» hecha de pura representación; realidad que no ha tenido mucho prestigio pero que dadas las condiciones no es menos real que la supuesta realidad, y cuya experiencia incluso podríamos afirmar como la única realidad. En ella el pensamiento es un estado de enajenación. (Por cuestión de focalización y de tiempo no será motivo de reflexión de este trabajo definir ese estado que es la representación, por ahora nos conformamos con decir simplemente que es en esencia una relación entre un objeto para un supuesto sujeto: términos vagos pero que han servido sólo como categoría momentánea para comprender dicha relación).
Si nos detenemos a pensar en este estado de representaciones resulta siempre fascinante a nuestra imaginación, como una vez afirmó el poeta Eduardo Escobar, concebir que todo esto empezó en el fondo del pequeño cerebro de un mono africano, tan sólo para cumplir un destino de decepciones, amores y crueldades. Y es que lo que hemos llamado Humanidad, con todos nuestros grandes deseos y glorias, y también nuestras más atroces miserias, no ha sido más que un sueño edificado sobre la arena: y el lenguaje es la mejor prueba de ello.

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¿Qué encierra, por ejemplo, una palabra? Esta pregunta fue una gran pasión para el joven Nietzsche, quien asoció el lenguaje a una necesidad moral, a un sentimiento gregario que nos obliga, con nuestros sueños y tempestades interiores, a convivir con los sueños y las tempestades de otro. ¿Cómo más podría sobrevivir esta raza de seres antípodas e incoherentes, sino creando imágenes vinculantes entre sí? Esta visión de Nietzsche sobre un origen moral de la razón, o mejor aún, de lo que los hombres en su momento llamaron la «verdad», fue renovadora en tanto supo apreciar, no sólo el elemento vinculante de los conceptos, sino que en esencia la razón aparentemente asceta escondía bajo sus formas un elemento emocional fuertemente despreciado por quienes se veían seducidos hacia su brillo apolíneo. La razón fue inicialmente un discurso común, pero pronto su uso se masificó, y quien daba uso a la razón se vio en la necesidad de masificar esa fuerza emocional a un público más grande; la razón, entonces, se convierte en razón retórica. Con el surgimiento de la escritura, este elemento emocional desaparece, y la razón crea para sí sus propios elementos vinculantes, a partir de este momento los conceptos se endurecen y se convierten en entidades secas y con la necesidad de seguir manteniendo los mismos significados. Sin embargo, el propio Nietzsche no fue capaz de advertir un uso saludable de la razón, lo que lo llevó apresuradamente a condenar toda metafísica y toda dialéctica.

Por lo tanto, el encanto de la palabra consiste en que lleva consigo tanto el elemento vinculante como el emocional, creando en nosotros fantasía y conocimiento, dos senderos habitualmente opuestos pero provenientes al parecer de un mismo fondo ecuménico; dos senderos cuya fuerza sólo puede ser confrontada por la libertad de nuestro ser, pues allí sólo hay misterio. La palabra, en consecuencia, surge como una forma de contener todo lo que ebulle de ese misterio: el deseo, la emoción, el pensamiento; pero el punto radica en que todo esto nos llevó al encuentro con una otredad ansiosa como nosotros de encontrarse. A partir de entonces, aquel elemento vinculante se fue convirtiendo en una enorme memoria colectiva donde cada individuo de nuestra especie participa, y rara vez, individuos extraordinarios logran crear nuevos vínculos que dan forma a la representación de nuestro mundo.
El conocimiento de este mundo aparece sintetizado en las palabras, y aparece en forma de memoria colectiva, pues las palabras por sí solas no tienen significados. Pensemos en varios problemas. Por ejemplo, la «cuerda» de una guitarra. En principio nos puede parecer fácil decir simplemente que eso que está allí es una «cuerda», sin saber mucho de ella, de su composición física, de su proceso de elaboración, de su función real, de su género o clase, y sin embargo, sabemos simplemente que es una «cuerda». Esto se debe a que como condición previa al conocimiento de eso, tenemos el conocimiento de una lengua. Esta lengua ha sido hablada antes de mí por millones de otros; de hecho, esta lengua a su vez proviene de otras lenguas más antiguas habladas por muchos otros. La lingüística de Saussure daba a esto una explicación a partir de un fenómeno psicológico, bastante absurda si se piensa, por ejemplo, que esa famosa imagen acústica no es más que un recuerdo asociativo intrínseco a la lengua y no a una imagen definida. Como ya habíamos dicho al inicio de este trabajo y como hemos venido exponiendo, el lenguaje expresa una razón vinculante, una lógica propia. Al momento de decir que eso es una «cuerda» no es necesario ver en nuestra mente una «cuerda». Si esto fuera así, nuestra mente sería un engorroso tumulto de imágenes sucedidas entre sí a medida que escuchamos un discurso o leemos un texto. No obstante, el sentido de las palabras es comprendido de forma inmediata sin la necesidad de dichas imágenes. Otro punto que podría servir de ilustración a este respecto consiste en que de forma objetiva para comprender qué es lo que es una «cuerda» deberíamos comprender también la diferencia por ejemplo de lo que es una cosa con lo que no lo es; es decir, todo concepto de algo sólo es posible en relación con el concepto de otra cosa; es como si el conocimiento de lo que es una «cuerda» implicara el conocimiento del mundo entero; algo ciertamente imposible.racionalismo-vs-empirismo-L-2snbUF
El lenguaje, sin duda, obedece a reglas definidas, no solamente por el hecho de que responde a una conducta específica, sino porque es expresión de una razón subyacente. Para comprender de qué modo se expresan estas reglas subyacentes podemos observar que las lenguas se diferencian entre sí a su vez por reglas de tipo convencional. Sin embargo, y ya que es posible traducir una lengua a otra, esto significa la existencia de otro tipo de reglas en las cuales se expresa un estado de cosas posible. Ese estado de cosas posible puede ser definido como un estado racional que se define en la necesidad. Es posible que algún osado hablante quiera inventar una nueva forma de ordenamiento de un estado de cosas: por ejemplo, proponga que subir ya no sea comprendido como subir sino como bajar y viceversa, o que esa cosa que entendemos por «cuerda», siguiendo el ejemplo anterior, ya no sea conocida de esa manera, sino digamos, como «pato». En el primer ejemplo, nuestro hablante subversivo se topa con el hecho de que el giro que quiere lograr parte ya de un estado previo contrario bien aceptado, además, su criterio parte de un capricho subjetivo aún sin definir como experiencia vinculante: inferimos por lo tanto que la razón es siempre dialéctica. El segundo ejemplo puede tener cierto éxito sólo si cumple ciertos requisitos: unos de estos sería que los conceptos asociados a la palabra «pato» mantengan alguna suerte de coherencia con los que están relacionados a la palabra «cuerda»: una experiencia vinculante, como ya hemos dicho; esto significa elementos comunes a su forma de estar en el mundo.
Así pues, en resumen, el lenguaje es la expresión de una razón, o de un logos si se prefiere; pero el fondo de este raciocinio no está necesariamente ligado al conocimiento de la evolución y adquisición del lenguaje por parte de nuestra especie, asunto que bien podría ser tema de otra investigación tendiente hacia otros fines menores, sino que está relacionado, como ya hemos demostrado, con una derivación del intercambio intersubjetivo y dialéctico, que se expresa a través de reglas subyacentes, de elementos vinculantes y emocionales, que operan creando esa frondosa representación que es el mundo. Esta razón que expresa el lenguaje parece ser un logos impuesto, bien sea a partir de una necesidad moral, como afirmó Nietzsche, o por la decadencia de una cultura en la que el lenguaje sirvió de elemento constitutivo de sus más fascinantes y prodigiosos anhelos de conocimiento.
Bibliografía:
• COLLI, Giorgio. Dopo Nietzsche. Adelphi Edizioni S.p.A Milano, 1974.
• NIETZSCHE, Friedrich. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de filosofía del conocimiento. Editorial Tecnos (Grupo ANAYA, S.A. Madrid, 2010.
• SAUSSURE, Ferdinand. Curso de lingüística general. Alianza Editorial. Madrid, 1989.
• SCHOPENHAUER, Arthur. El mundo como voluntad y representación. Editorial Purrúa S.A.
México, 2005.
• SEARLE, Jhon. Actos de habla: ensayo de filosofía del lenguaje. Editorial Planeta-Agustini.