Y es que las palabras encierran un misterio que sigue siendo motivo de las más intensas reflexiones hechas por la filosofía y la literatura

René Magritte

René Magritte

Por: Diego Noreña

¿Qué expreso cuando digo lo que digo? ¿En dónde queda eso que faltó por decir en el decir?
¿Qué clase de cosa subyace en los conceptos? A menudo, muchos hemos sido poseídos por un tipo particular de «pathos»: se trata de no ver en todo nuestro alrededor más que una mentira bien elaborada, una profusa malla de conceptos abstractos puesta sobre un mundo apenas intuido de forma confusa. La intuición de este mundo no nos parece por ahora del todo despreciable, ya que es posible considerar ciertos tipos de representaciones diferentes a los conceptos, que no son necesariamente abstractos y que existen al margen del reflejo no intuitivo de la razón, como expresaría Schopenhauer. Por lo demás, resulta apenas evidente, para quien empieza a sospechar sobre la realidad, que detrás de todos sus intentos por esclarecer los asuntos que le ha impuesto la duda, le es todavía imposible salir de los dominios de su propia lengua.
Y es que las palabras encierran un misterio que sigue siendo motivo de las más intensas reflexiones hechas por la filosofía y la literatura ¿Qué significa hablar un lenguaje? ¿Existe un punto en donde el significado de las cosas que queremos decir tiene algo que ver con las cosas que queremos decir, de forma independiente al decir? Es probable que estas sean las primeras preocupaciones para aquellos iniciados en aquel «pathos» de la sospecha, en donde la razón, impulsada por sus constantes achaques, alza el brazo contra sí y se somete al más severo de los juicios. Irónicamente la razón, que es el estado reflexivo del pensamiento, se sirve de la palabra para escrutar sus propios cimientos, llevándose a sí misma a un estado de marginalidad frente a lo que ella supone que es el mundo.
La curiosidad sobre esta arma suicida radica en que las palabras mismas parecen contener su propia forma de racionalidad expresada en una praxis analítica, como indica la moderna lingüística, en donde el correlato se manifiesta en la razón discursiva como totalidades representativas y abarcadoras de la realidad, esto quiere decir, en conceptos intrínsecos a su propia lógica, y no como significados simplificados y concretos.

Un intento por dar una explicación a esto fue dado por Jhon Searle con su «teoría de actos de habla», argumentando que las caracterizaciones lingüísticas, es decir, las funciones de ciertos procesos de enunciación, sugieren un tipo determinado de conducta que se rige bajo reglas específicas. Para comprender mejor esto es preciso observar el tipo de conducta que se empieza a manifestar durante la adquisición de una lengua. En principio un niño puede repetir los sonidos de las palabras sin comprender enteramente sus significados; posiblemente, esto aún no ha tomado distancia de las formas de comunicación animal; algunas especies emiten ruidos con variaciones en su sonido que, según observamos, estimulan ciertas conductas en los otros –sean de su especie o no–, lo que nos llevaría a pensar ciertamente que en dicha comunicación se emiten órdenes, peticiones, en fin, exclamaciones con rasgos muy similares a los nuestros. El niño, por ejemplo, a medida que se va viendo involucrado en situaciones en donde las palabras asumen funciones que implican conductas y que determinan la consecuencia de esas situaciones o, por supuesto, que dan lugar a otras situaciones específicas, comprende que esas palabras tienen un significado y que con esos significados puede lograr ciertos efectos que son más efectivos que sus gritos o gestos. En este sentido, la comunicación de los animales no parece distar mucho de la de los hombres.

Sin embargo, es posible asociar la conducta que da lugar al uso de nuestro lenguaje con los rituales religiosos de nuestros antepasados, dado que nuestros enunciados poseen componentes proposicionales. Imaginemos siempre que cuando hablamos, participamos en una antigua conducta relacionada con los ritos sagrados de esas primeras tribus ancestrales. Un indicio de esto lo encontramos en el hecho de que, a diferencia de los animales, en los hombres el significado de dichas expresiones está intermediado por un componente reflexivo que se expresa en la posibilidad de aplazar la orden o simplemente de desobedecerla; el carácter contingente de nuestro ser, en el sentido existencialista, mantiene dentro del lenguaje cierto elemento metafísico y moral. Este fenómeno semántico y pragmático en la tradición de la filosofía del lenguaje fue considerado por dos corrientes aparentemente diferentes, y descartando, por supuesto, el sentido trascendental que le hemos dado aquí. Una de estas corrientes, la filosofía analítica de post-guerra, examinaba la analiticidad de las proposiciones, es decir, su valor de verdad, a partir de sus elementos sintagmáticos; la otra se enfocaba en los usos de las caracterizaciones lingüísticas. No obstante, el mismo Searle consideró estos dos enfoques complementarios y no contradictores, ya que, en principio, la comunicación busca abrir sus propias formas de expresión de significados, a pesar de que en ocasiones no cuente con los elementos formales necesarios (sintácticos o lexicales) completamente acordes con su intención particular, a esto lo llamó principio de expresabilidad, y este principio fue fundamental para su tesis según la cual un estudio puramente formal de la lengua sin el conocimiento de su realización en los actos de habla estaría incompleto. Efectivamente, el lenguaje expresa una conducta necesaria, una postura, un gesto, una intención, una creación; pero ¿de dónde nos viene esta conducta particular creadora? ¿A qué instinto le correspondió dar al hombre la capacidad de eludir un mundo que inicialmente se nos presentaba desordenado y cruel? Estos aspectos siguen siendo vagos y frágiles en la filosofía.
En efecto, hasta ahora solo hemos dado una explicación sobre el lenguaje basándonos únicamente en el hecho de que nos permite expresar emociones e influir sobre la conducta de los otros y que, por lo tanto, podríamos incluso concluir de manera tácita, aunque no por ello falsa, que nuestro complejo universo sígnico no ha sido más que una gradación a partir del más simple comportamiento animal. No obstante, quedarnos aquí supondría simplificar el asunto a un grosero pragmatismo lingüístico que limitaría, en consecuencia, los verdaderos alcances de estos razonamientos. Si el lenguaje merece nuestra atención no es precisamente porque se haya convertido para la filosofía moderna en una especie de laberinto sin salida, del cual, a partir de su praxis social y de sus elementos formales, se condicionan todas las dimensiones de nuestro universo gnoseológico. Por el contrario, el lenguaje, desde nuestro punto de vista, no es más que el instrumento de la razón, y esta razón o logos es una derivación decadente del pensamiento. Vincular el pensamiento al lenguaje de modo que este sea un subproducto del segundo, es poseer una visión muy limitada y poco profunda de lo que es el pensamiento. Asimismo, este logos responde a una necesidad teoréticamente contraria y poco determinada hasta ahora, y tiene su origen en la antigua Grecia; su función era la de servir de respuesta a un impulso interpretativo asociado con el culto délfico a Apolo: un Dios cuyas manifestaciones dentro del profundo conocimiento abstracto del pueblo griego representó la sabiduría primigenia.

 

Continuará