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Mi regreso a la escritura y mi fe reencontrada

Por: Daniel Jiménez

 

 

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…verumtamen non mea voluntas sed tua fiat.

Lucam XXII, XLII

 

Probablemente a la mayoría de quienes me conocen, en la izquierda, de la que he formado parte, y en la derecha también, sorprenderá no poco el breve relato que a su consideración pretendo poner. No obstante, pues que me ha sido dado vivir tanto en tan corto tiempo, la sorpresa no debería ser tan grande en términos de los múltiples cambios ideológicos por los que he pasado, tanto políticos como religiosos.

 

Siempre he sido un hombre dado a la reflexión. Desde niño, en el negocio de mi padre, solía ser reprendido por él debido a que no me encontraba haciendo “nada”; la realidad era que, a pesar de mi corta edad, ya me ponía a sopesar (si tal término cabe aquí), los imponderables de la existencia humana. Y ya también, desde entonces, me impactaba mucho ver la injusticia social que me rodeaba  y de la que también eran víctimas muchos pueblos del mundo.

 

Así que desde pequeño pensaba, aparte de la atracción por la naturaleza del Cosmos a partir de los programas de Carl Sagan, en dedicarme a alguna ocupación en la cual pudiera contribuir al balance de este siglo, en el que siempre los ricos y poderosos, para desgracia nuestra mayoritariamente corruptos, se salían con la suya y aplastaban con botas de hierro y balas de cañón las aspiraciones de los más débiles y desamparados. Me fueron atrayendo entonces disciplinas como el derecho, la filosofía, la política y la sociología y otra que, más poderosamente que las demás, siempre me daba señales por todas partes, aunque yo no parecía darme cuenta de ello, pero que veo ahora con más claridad: el sacerdocio católico.

 

Es claro para mí ahora que ese deseo de servir a Dios y al prójimo no venía de mí mismo, sino que era Dios mismo quien me llamaba. Y aún ahora, si no pudiera ser sacerdote, hallaría los medios para mejor servir a Dios, pues todo debería ser ad maiorem Dei gloriam. Sin embargo, como dicen los gringos, “fools rush where angels fear to thread”, y yo, como la mayoría de los adolescentes, ostentaba de muy poca sensatez. Anduve de aquí para allá, probé cuantos placeres se me daba que probase, y probaba asimismo esta doctrina y aquella, tratando de ver cuál se acomodaba mejor a mi mente. Pero, valga decir, no toda esta búsqueda era vana, dado que había en su interior una pequeña semilla que, si todo hombre la dejara germinar, daría siempre grandes frutos: la búsqueda de la verdad. ¿Cuál es la Realidad cierta y Verdadera sobre la que descansa toda la maquinaria del Cosmos y que, de ser seguida, arreglaría los problemas de la humanidad?

 

Ahora bien, llegados a este punto, algunos dirán que después de los avances filosóficos del materialismo y del positivismo y de los descubrimientos científicos que parecen respaldarlos, toda verdad ha de ser definida estrictamente en relación con aquello que es verificable mediante la experiencia o el laboratorio. Otros irán más allá y dirán, siguiendo a diversas corrientes de pensamiento surgidas en el siglo XX (pero con antecedentes en pensadores como Kant o Spinoza), que tal cosa como una verdad absoluta no existe o que, de existir, es incognoscible en tanto inaprehensible, reduciendo la Realidad al conjunto de verdades relativas que cada uno tenga según la cultura, sociedad, nación, región geográfica o país que haya sido su cuna.

 

A primera vista, el anterior razonamiento es aceptable. Yo mismo lo sostuve durante mucho tiempo, en vista de las no pocas dificultades que suscita la diversidad de cosmovisiones, tales como conflictos políticos y sociales, la tendencia de unos países de imponer a la fuerza su manera de ver el mundo sobre otros y, lamentablemente, guerras con millones de muertos. Testimonio de ello es la II Guerra Mundial: muchos la recuerdan por los campos de concentración donde los nazis exterminaron, más allá de toda barbarie y vejación, a más de seis millones de judíos, gitanos, discapacitados, ancianos, cristianos (tanto católicos como protestantes: Dietrich Bonhoeffer, teólogo luterano, y Santa Edith Stein, religiosa y filósofa carmelita de origen judío) y homosexuales; pero pocos recuerdan que, en total, esa Gran Guerra se cobró las vidas de más de 50 millones de personas y, mucho menos, que nadie ha sido juzgado aún por los salvajes bombardeos sobre suelo alemán por parte de los Aliados ni por el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Como siempre, para desgracia de la especie humana, la historia la siguen escribiendo los vencedores, borrándose casi todo rastro de testimonio de los vencidos.

 

Los hechos anteriormente mencionados son viles y despreciables en grado supremo, y muestran el rostro más abyecto de la condición humana. Son sucesos inenarrables, que ni siquiera quienes los sufrieron pueden comenzar a comprender, aún después de tantos años (mientras escribo estas palabras, aún quedan unos pocos testigos vivos) y mucho menos nosotros o los de generaciones posteriores. Me faltó mencionar la Guerra de Vietnam y sus consecuencias y me faltarían muchas páginas para mencionar otras tantas guerras y sufrimientos humanos. El sufrimiento humano, verdaderamente, a pesar de los mejores esfuerzos filosóficos y teológicos a lo largo de la historia, sigue y seguirá siendo terra incognita hasta el fin de los tiempos.

 

Y, sin embargo, todo eso no me dice nada sobre la cognoscibilidad o realidad de lo Divino. Me dice mucho de la naturaleza humana, de la que podremos hablar en otra ocasión, pero me dice muy poco o nada del carácter real o no de la existencia de Dios. En este sentido, Marx y sus seguidores en todo el orbe eran mucho más consecuentes que yo en mi confuso agnosticismo, pues ellos no apelaban a las “evidencias” de las miserias humanas como señales de la inexistencia de un Ser Supremo, sino que simplemente declaraban que todo en el universo era materia, nada espíritu, y por lo tanto no había lugar para Dios, que, según la Biblia, “es espíritu”.

 

El fondo del asunto es que ninguna de las corrientes mencionadas, materialismo, agnosticismo, positivismo y otros ismos, llega al corazón de la verdadera miseria que yo sentía dentro de mí, es decir, de mi vacuidad. Creo firmemente que, a la luz de la experiencia humana y de las investigaciones de muchos filósofos y pensadores, tanto occidentales como de Oriente, todos tenemos una necesidad innata de trascender, de sobrevivir a nuestros cuerpos mortales del modo que sea posible, ya sea a través de nuestras ideas o de grandes obras. Algunos ricos tratan de hacerlo a través de obras de beneficencia; los reyes y políticos poderosos emprenden grandes guerras para dejar un legado imperial (en contra de lo que algunos piensan, el imperialismo no ha muerto); en el caso de Colombia, familias poderosas se han aliado con paramilitares para despojar a los pobres de sus tierras y dejárselas a sus descendientes como herencia, engrosando los pobres a su turno los cordones de miseria de las ciudades, lo cual transformó un país, que era principalmente rural, en uno de centros densamente urbanizados: todos los días llegan desplazados a Bogotá.

 

De este modo queda claro que el deseo humano de trascender nunca ha desaparecido. Adicionalmente a los ejemplos mostrados en el párrafo anterior, tenemos el testimonio de las religiones de todo el mundo. El ser humano es espiritual por naturaleza. Y yo no me escapaba a ese criterio. Así que, argumentara yo el problema del sufrimiento humano o el de la imposibilidad de penetrar en la mente de Dios (si alguien lo ha hecho, por favor escríbame), me resultaba imposible escapar a la espiritualidad. Veía que todos trataban de alcanzar algún conocimiento de Dios, por medio del rito que se les ocurriese, y dar cuenta de ese conocimiento, ya fuera en los Libros Vedas, el Corán o las Sagradas Escrituras judeocristianas. Sentía yo esta necesidad de trascender, de entrar en contacto con lo Divino más y más fuertemente en mi interior, y comenzaba a comprender, de cierta forma, el dicho de San Agustin: et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te.

 

Por eso mi búsqueda fue tan extensa y por eso he guardado silencio durante más de un año, no queriendo volver a escribir. Porque decía yo: “¿No ha sido escrito ya todo lo que tenía que escribirse? ¿Para qué añadir más al montón de volúmenes que tenemos en las bibliotecas de todo el mundo?”. Pero decía esto porque no comprendía que mi búsqueda iba llegando a su final y que, a medida que se reducía la búsqueda, se reducían las preguntas y, por lo tanto, las respuestas. ¡Porque creo que hay respuestas!

 

Mi búsqueda comenzó seriamente a los 15 años de edad, cuando abandoné la Iglesia Católica para unirme a una denominación protestante de la corriente pentecostal trinitaria. Pero eso no fue más que el comienzo; en busca de respuestas anduve de iglesia en iglesia y de libro en libro, llegando incluso a acercarme al islam. En la última etapa, no obstante, descubrí que el tesoro no estaba escondido ni al otro lado del arco iris, sino justo enfrente de mí. Lo pondré de esta forma: encontré lógicamente erróneo pensar, a) que era posible un Cosmos tan complejo sin Creador, b) que el sufrimiento humano pudiera explicar la inexistencia o, peor aún, la ausencia de Dios y c) que la Realidad pudiera ser reducida a un conjunto de verdades relativas en el que ninguna termina siendo verdadera.

 

Quisiera terminar con este último punto. Reencontrada mi fe, hallé que ésta nunca había estado divorciada de la razón, sino que, más bien al contrario, una racionalidad sin fe era insostenible. Fe y razón están íntimamente ligadas y mi experiencia religiosa me dice que toda fe ciega es peligrosa. En medio de tal diálogo entre fe y razón se encuentra el tema de la Verdad. El papa Juan Pablo II dijo algo muy importante al respecto: que estábamos viviendo en la “tiranía del relativismo”. Piense el lector por un momento: si no hay Verdad con mayúscula, es decir, si no hay una verdad mediante la cual podamos medir todos nuestros conceptos y “verdades” y toda verdad es simplemente relativa, cualquier cosa puede ser y no ser cierta a la vez; tal cosa es, filosóficamente hablando, un oxímoron. Y el mayor problema con esto es que tiene consecuencias prácticas, dado que dependiendo de lo que creamos que es verdad tendremos una escala de valores diferentes. Para poner un ejemplo muy simple: si la verdad es relativa y, en consecuencia, los valores también lo son, el derecho a la vida no es ni inalienable ni mucho menos absoluto. Así, no hay vara con qué medir las acciones y es posible quitarle la vida a un delincuente por linchamiento, como se ha visto el intento recientemente en Colombia en varias ocasiones; no es algo inherentemente malo. La verdad es relativa, los valores lo son, ergo, linchar a alguien está bien.

 

¿Es esta la sociedad en la que queremos vivir? ¿Es este el legado que queremos dejarle a las siguientes generaciones? ¿Es esta la forma en que deseamos trascender? Yo pienso que no. Nuestra necesidad de trascender y de entrar en contacto con Dios va más allá de lo que nos podamos imaginar. Fue dándome cuenta de esto que reencontré mi fe dentro de la ortodoxia católica y que hallé nuevas fuerzas para volver a escribir. Pues,

 

 

Quod oculus non vidit, nec auris audivit, nec in cor hominis ascendit, quae praeparavit Deus his, qui diligunt illum.

 

Epistula ad Corinthios II, IX