Cara a cara –como lo hizo en su momento Pavese y el grupo de herméticos italianos–, el poeta enfrentó su muerte. El autor, en sus últimos días de vida, se dedicó solo al oficio de la escritura y al de la supervivencia, y al igual que Gastón Baquero, Manolo Granados, Severo Sarduy, Néstor Almendros y Pancho Vives, murió en el exilio en 1990.

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Por: Diego Hernández Arias

 

Quizá sea inoportuno o acaso delirante.

Soy de tantas maneras como gente pretenda,

nomás, calificarme

[…]

Yo he preferido hablar de cosas imposibles

porque de lo posible se sabe demasiado

Silvio Rodríguez

 

La Revolución cubana fue apoyada, en principio, por un numeroso grupo de intelectuales que, junto al ímpetu de los barbados, alentaron la caída de Batista. Sin embargo, la dictadura socialista produjo muchos detractores entre los intelectuales, algunos de ellos: Guillermo Cabrera Infante, Heberto Padilla, José Lezama Lima, Huber Matos, Carlos Alberto Montaner, Oswaldo Payá, Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas (1943-1990).

Este último escritor (d)enunció con un tono poético, neobarroco y surrealista, la heteronormatividad que adoptó la Cuba soviética para infligir su violencia simbólica a través de la dominación somática.

Su compromiso político como pensador contrarrevolucionario no tuvo límites, pues aún desde el exilio (1980), continuó expresando en decenas de artículos; cartas; conferencias y de forma precisa, en su reedición de la Pentagonía: La historia secreta de Cuba en cinco novelas, su “venganza contra casi todo el género humano”. Las obras sobreviven hoy a su ostracismo.

Desde el punto de vista estético son una muestra de los alcances del género realista en la posmodernidad y desde la arista política son completas diatribas dirigidas a Castro y a los resortes del poder.

Para Arenas –poeta en el que subyace la náusea romántica– la muerte significó un acto de liberación. En su autobiografía Antes que anochezca (2000), el caribeño señala que temía morir en el exilio y con la lengua afuera, pues echaría de menos a su amiga, la muerte, la que según él lo acompañó toda su vida al lado de la soledad, la esperanza y la fantasía.

Siempre que Arenas se refiere a Cuba, se advierte una sociedad en decadencia. Sus personajes son bestias en una isla in-continente de la que difícilmente se puede escapar sin haber sido antes sometido a la ignominia.

El antihéroe, esbirro o contrasusurrador anónimo de la historia que, por momentos se confunde, a manera de parodia y simulacro, con el mismo Castro…

Una obra que desangra un mundo

Incluso en obras como El mundo alucinante (1966), la voz de lucha, apresada por una prosa surrealista, se hace evidente, de tal modo que el mundo que recorre el protagonista de la novela, Fray Servando Teresa de Mier, resulta siendo un diáfano ejemplo de la distopía, pues se trata de una prisión laberíntica en la que los personajes actúan mientras un telón hecho de pieles de negros baja y termina el espectáculo alegórico de la Revolución. El mundo alucinante es una celda metafísica, un breviario nihilista que besa la muerte y tiene como tótem al absurdo.

En El asalto (1990), un personaje se convierte en agente de la Contrasusurración y comienza a aniquilar personas en nombre de Fidel Castro. De esta forma, con impulsos reaccionarios; con ese afán de enfrentarse a la violencia y el terror, el hombre bestializado por el aire revolucionario que brota de la Isla, da su último asalto y consigue realizar el acto más cínico en la Gran Fiesta Patria, asesinar al dictador.

El antihéroe, esbirro o contrasusurrador anónimo de la historia que por momentos se confunde, a manera de parodia y simulacro, con el mismo Castro, metaforiza la disidencia en su dimensión más alta.

El asalto es una ficción distópica de las más viscerales, pues es narrada irónicamente desde el ojo de la Cuba comunista; es la propia recreación de la intimidad socialista cubana. El carcelero o antihéroe es un personaje terriblemente sádico y despiadado que hace evocar, por momentos, y ‘con cierta gracia’, al sociópata ultraviolento Alex DeLarge.

La sociedad uniformada y alienada que se describe, semeja una distopía orwelliana.

Este monstruo (contra)revolucionario anhela no solo asaltar el poder sino ‘asesinar a su madre’ –Fidel Castro es entendido aquí por su ‘carácter maternal’ como metáfora de la madre castradora–. En su cuerpo hierve la sed de venganza y aniquilación.

La sociedad uniformada y alienada que se describe, semeja una distopía orwelliana. Los personajes caminan en cuatro patas cuando están cansados –o sea, la mayor de las veces– y no poseen manos sino garfas o pinzas corvas que terminan por zoomorfizar su ya ‘bárbara’ apariencia.

Si lleváramos a una balanza los libros de crítica contemporánea sobre el poeta en cuestión, tendríamos como resultado un plato soportando el peso de la victimización y, otro, oscilando vacilante con una destacada obra lírica y narrativa con escasos precedentes en su estilo.

El marcador y la aguja, así como la viga y la base de este instrumento, simularían solo tensión, tal vez la misma que experimentaron miles de cubanos cuando fueron traicionados por el ‘Coma Andante’, aquel que prometió liberarlos del ‘enemigo’, pero terminó encarnando la hostilidad.

Cuba pasó ‘sorpresivamente’ de la superabundancia a la hiperescasez. Fue el país más próspero de América Latina en tiempos precoloniales, pero tras la Revolución y la Contraconquista, perdió todos los privilegios y comenzó a experimentar drásticos cambios en sus políticas de gobierno, lo que afectó considerablemente la percepción social de sus habitantes que perdieron por un momento hasta la idea de democracia.

La oleada de balseros, llamados marielitos, inundó a La Florida en una huida que también fue una expulsión.

El outsider

La disidencia y la distopía –como género literario y como representación metafórica– fueron antorcha y refugio para Arenas, quien no ahorró apelativos para refractar la represión, homofobia y el heterosexismo normativo que estuvo presente en el régimen del terror del ‘monstruo de las Antillas’.

El autor era consciente de que no estaba atrapado en una isla sino en un barco –o mejor, un velero– que, ‘infortunadamente’, no tuvo impulso por la obstinada desidia de sus gobernantes.

Un velero cuyo mástil fue la Revolución. Sus velas, repetidos golpes de Estado. La esperanza fue la orza que estuvo a punto de romperse por la tormenta socialista. La resistencia y compromiso político de los intelectuales cubanos de aquella época hace pensar en los remolques que naufragan en aguas profundas.

Mientras Guillén (1969) levanta una muralla con versos para unir horizontes entre blancos y negros, Arenas recrea con cinismo, en El Central, una distopía alucinante en la que manos esclavas revuelven y siembran la tierra y exprimen los tallos, cuajan el jugo para que el ilustre extranjero, agite la esbelta cucharilla y beba.

En esta obra, los muertos son llamados, los negros cubanos son citados a la provincia, no hay tiempo, la patria los llama, el Reprimerísimo quiere que formen parte de una estrella del cielo habanero. La Habana, Arcadia en principio, luego una pecera con columnas de hierro por donde se filtra la noche.

Agoniza la tarde en Nueva York, Reinaldo Arenas abre las páginas de un periódico como si de un muchachito se tratara y lee en ellas a su amigo Lezama Lima (1910): «las incesantes transformaciones de la caña necesitan […] más un periodo geológico que una industria, una medida relacionable entre el vegetal, el hombre y el fuego […], un juego de posibilidades del que solo los cubanos conocemos el secreto».

Arenas evoca a esos negros mientras sorbe una taza de chocolate y recuerda ese sabor dulce, proveniente del cañaveral del que hizo parte; boga, se rasca bajito, se acomoda en su sillón. Ruge y le pregunta a las nubes:

 

De noche los negros. ¿Son “almas que gimen”? ¿Son aguas que fluyen? ¿Son perros que ladran? ¿Son cosas que revientan? De noche los negros, ¿son negros? […] son reclutas, son bestias que giran violentas y torpes; hambrientas y torpes; esclavizadas y torpes […] De noche, de noche de noche los negros de noche, ¿se distingue el color de su piel? ¿se distingue el color de su angustia? ¿se distingue el color? […] ¿saben ellos la dimensión de la estafa que padecen? […] ¿Alguien se atreve a negarnos la eternidad?.

 

¡Auch!, ¡cómo quema este chocolate! ¡Azúcar!, alusión a la comunidad, según Elías Canetti, a quien se le antoja llamar símbolo de masa a toda aquella unidad que representa «el mito y el sueño, en conversación y canto, simbólicamente».

El tono épico del poema funciona para denunciar las doce horas de trabajo que tenían que cumplir los reclutas bajo un sol intenso, para luego que cayera la noche, servir de velas. Si vestían algo era para soportar el calor y cubrir sus heridas y quemaduras.

El Central refracta la esclavitud cubana desde tiempos coloniales hasta los de la Revolución y el posterior estallido de las guerras civiles.

Arenas promulgaba la pluralidad y el reconocimiento de la dignidad del ser frente a las clasificaciones que eran ya comunes en los campos de concentración o Unidades Militares de Ayuda de Producción (UMAP)…

Escampar en la Unidad

Lejos de elogiar su producción literaria, diremos que el poeta hizo un llamado –sutilmente soberbio– a la alteridad en tiempos en que el mar caribe se alzaba más alto para cubrir el oprobio del archipiélago.

Arenas promulgaba la pluralidad y el reconocimiento de la dignidad del ser frente a las clasificaciones que eran ya comunes en los campos de concentración o Unidades Militares de Ayuda de Producción (UMAP) del gobierno del ‘estalinito’ que funcionaron entre 1965 y 1967.

‘Elementos antisociales’ con prácticas de ‘diversionismo ideológico’ fue la denominación que recibieron alrededor de 15.000 jóvenes de ‘excéntrica, inclasificada e indefinida apariencia’ en los pseudo-campos de enlistamiento militar.

Las UMAP se abrieron expresamente para los no simpatizantes del régimen dictatorial, pues debían ser ‘rehabilitados’ de su objeción de conciencia y ‘curados’ o mejor, ‘erradicados’ por su oriental sexual, entre otras cosas.

Allá, prostitutas, rockeros, melenudos, testigos de Jehová y otras sectas religiosas, al igual que hippies, tenían un denominador común, representaban la ‘lumpen’ cubana o ‘lacra social’.

Muchos de los escritores e intelectuales (agrupados bajo el concepto de ‘maricones’) que allí iban a parar, contemplaron el suicidio para evitar la humillación pública y tiempo después, dieron su puñetazo verbal al rostro de la totalidad.

El sudor de sus yemas decoloró las teclas de sus máquinas de escribir, pues como expresaría Arenas en sus más atribulados momentos en el exilio –su vida misma–, sin «furia y desgarro, no hay literatura”.

Mutilar uno de sus miembros superiores o intentar huir, era la decisión de muchos internos que se negaban a trabajar. Arenas muestra, con una crudeza considerable –y probablemente exagerada–, el ‘infierno’ o ‘barbarie’ de la represión desmedida.

En su poema El Central, incluye además reflexiones sobre la historia política de la Cuba soviética –que lo revienta y encojona–; la filosofía revolucionaria –que lo fatiga, lo enferma y lo consume–, y su íntima susurración insurrecta que lo libera y lo lleva al Nirvana de la disidencia.

Si hablamos de tiempos belicosos, el arma de Arenas fue siempre la metáfora. Su escudo, la narrativa surrealista. La historia, su salto en espiral a territorios desconocidos – como en El mundo alucinante.

Reinaldo Arenas, un poeta que ha perdido su identidad y que aúlla alrededor de un islote buscando un lenitivo, quizás huyendo de un monstruo que, a lo lejos, da órdenes que nadie escucha y a quien todos siguen en una naturalizada maquinación.

Reinaldo Arenas, un poeta que ha perdido su identidad y que aúlla alrededor de un islote buscando un lenitivo

Distopías de una realidad ausente

Los personajes de Arenas, caracterizados por un inconformismo pulsional y enclaustrados en una suerte de resistencia, no creen en el futuro porque son conscientes de que su porvenir está condicionado por el Sistema, de ahí su impotencia, su esterilidad social y sus voces rebeldes que, en un sorbo, son tragadas por los peces de los malecones habaneros donde los músicos enmudecen las guitarras con quintas y con octavas; otros rasgan los acordes con pesos cubanos o con las uñas cercenadas, en todo caso y al unísono, interpretan un son cubano en compás partido: la fatalidad histórica.

La escritura disidente y la reescritura distópica de las obras de Arenas aquí citadas, supone la existencia no de una liberación, pero sí de una ruptura paradigmática que deja en estado de abierto la discusión sobre su obra testimonial.

Al fin y al cabo, El asalto, su novela distópica más representativa, es la que más se acerca al triunfo de la disidencia sobre el despotismo que tanto cuestionó y criticó a lo largo de su vida como intelectual.

El aporte de Arenas a la literatura latinoamericana es simbólico, pues se enmarca como un proyecto estético con asidero en la realidad social y política de una no-isla. El escritor de poemas surrealistas; cuentos y novelas donde predomina el horror cotidiano, asumió su vida como homosexual y tomó una posición disidente.

Gemir desde una alcantarilla habanera o contemplar a diario el suicidio desde su apartamento en Nueva York, fueron sus maneras de leer el mundo en clave de dolor y transgresión.

Hace dos años, un pez de dos metros se zambulló en las orillas del malecón habanero. La noticia alertó a las autoridades acuáticas. Se trataba de un pez barbado, maloliente, de aletas caídas y branquias irregulares. Destilaba alquitrán y sangre ‘Rh evolución. O Comunista’.

En ocho kilómetros a la redonda, el pescado verde olivo se hacía llamar el Gran Pez. Era en realidad un vertebrado revoltoso en cuyos ojos ardía una Isla.

En ocho kilómetros a la redonda, el pescado verde olivo se hacía llamar el Gran Pez. Era en realidad un vertebrado revoltoso en cuyos ojos ardía una Isla. Se dice que en su estancia en el mar caribe se le antojaba estar solo, que tenía un humor sombrío y que, en un día, producía más escamas que todos los demás en el malecón en un mes.

La dictadura castrista fue, sin duda, un tema tan sonado en las calles habaneras y en la literatura isleña como el chachachá. Padura –el cronista rebelde–, a propósito, sostuvo en una entrevista del 2013 a El Clarín que «no hay historia cubana sin Fidel» y que «en una sociedad como la cubana, con cualquier decisión, cualquier ejemplo, cualquier actitud de la cual tú hables, estás tocando un tema de carácter político».

Castro era un destacado orador; un conferencista elocuente, aunque torpe a ratos. Fue un tipo audaz. No es osado pensar que vio en la escritura crítica y lacerante de sus opositores, un trampolín para tener reconocimiento internacional.

La sombra de Castro no se ausenta, permanece en Gestos de Severo Sarduy cuando advierte: «Entretanto la revolución iba subiendo. Entrada de Castro en La Habana. Una paloma, para citar a Picasso, se le posó en el hombro. Era blanco y rubio. Quetzalcóatl de regreso». ‘El enfermo nacional’ respira en la espalda de Wendy Guerra (1970) mientras ella posa desnuda en La Habana.

El ‘Tirano Saurio’ está presente en Ronaldo Menéndez (1970) y Pedro Juan Gutiérrez (1950), quienes no temieron tampoco expresar su desencanto por el régimen del que fueron víctimas. La barba del ‘caballo’ está en el Informe contra mí mismo, los diarios desgarradores de Eliseo Alberto (1997). El Reprimerísimo –como lo llama Arenas en El asalto– incluso emerge como espectro en El hombre que amaba a los perros (2009), tal vez la obra más aclamada de Padura, donde Iván, un escritor bastante desafortunado, perseguido por el fantasma de la dictadura, nos da cuenta de su depresión política, la que difícilmente pudo evadir, acaso a través de la muerte.

Mal poeta enamorado de la luna, / no tuvo más fortuna que el espanto; / y fue suficiente pues como no era un santo…

La lista de autores más contemporáneos dedicados a atacar a Fidel, extendería este manuscrito, por lo que volveremos a Arenas, a su Autoepitafio, el que ‘clausura’ su obra poética:

 

Mal poeta enamorado de la luna, / no tuvo más fortuna que el espanto; / y fue suficiente pues como no era un santo / sabía que la vida es riesgo o abstinencia, / que toda gran ambición es gran demencia / y que el más sórdido horror tiene su encanto. / Vivió para vivir que es ver la muerte / como algo cotidiano a la que apostamos / un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte. / Supo que lo mejor es aquello que dejamos / -precisamente porque nos marchamos-. /
Todo lo cotidiano resulta aborrecible, / sólo hay un lugar para vivir, el imposible. /
Conoció la prisión, el ostracismo, / el exilio, las múltiples ofensas / típicas de la vileza humana; / pero siempre lo escoltó cierto estoicismo / que le ayudó a caminar por cuerdas tensas / o a disfrutar del esplendor de la mañana. / Y cuando ya se bamboleaba surgía una ventana / por la cual se lanzaba al infinito. / No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito, / ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto / (ni después de muerto quiso vivir quieto). / Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar / donde habrán de fluir constantemente. / No ha perdido la costumbre de soñar: / espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente. / (Autoepitafio, 1989).

Cara a cara –como lo hizo en su momento Pavese y el grupo de herméticos italianos–, el poeta enfrentó su muerte. El autor en sus últimos días de vida, se dedicó solo al oficio de la escritura y al de la supervivencia, y al igual que Gastón Baquero, Manolo Granados, Severo Sarduy, Néstor Almendros y Pancho Vives, murió en el exilio en 1990.

El suicidio bien podría leerse como un acto de liberación ‘imperfecta’ e ‘inconclusa’. En sus obras la esperanza tenía la cara de la represión sexual y política; la muerte desdoblada. Así mismo, la escritura constituyó su huida, su fuga; ese fluir simbólico de resistencia a la marginación.