Cuando llegué a la Plaza de Bolívar, mi reloj marcaba las 3:00 en punto de la tarde, el cielo estaba gris y caía una pequeña brisa que refrescaba toda mi cara. Me dirigí al CAI que estaba en un extremo de la plaza y lo primero que noté es que la puerta estaba abierta, la curiosidad me ganó y quise ver si había alguien adentro, así que me acerqué más, pero me asusté y retrocedí al ver un brazo cubierto por una tela verde oscura y de inmediato supe que había un policía adentro.


Por: Juliana González Hernández

Ilustraciones: Chucho Barrera

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Me alejé un poco de la puerta y mi atención se centró en la variedad de cosas que rodeaban ese cubo grande, había una mesa de madera roja muy baja, también unos conos naranjas, un gran barril de metal que tenía el logo de la fundación Sanar y que en su interior estaba lleno de tapitas de todos los colores y tamaños posibles, pero lo que más llamó mi atención fue encontrar dos porterías de fútbol pequeñas de color verde oscuro en uno de los costados del CAI, y por un momento pensé que los policías jugaban a la pelota mientras trabajaban, una cosa loca por supuesto.

Después de observar minuciosamente todo el CAI, me senté en unas escaleras donde podía ver todo lo que pasaba en él, a la vez esta me permitía no ser detectada por los policías, no quería dar explicaciones a ninguno de ellos o que solo por complicarme la existencia me negaran la posibilidad de estar viendo lo que ocurría. Por varios minutos no pasó nada, muchas personas y carros pasaban por el lugar. Nada que llamara mi atención.

La brisa se detuvo al mismo tiempo que una señora de cabello corto paró en el CAI y sacó una bolsita plástica de su bolso, como esta era blanca, se podía ver un poco las diferentes tapas de colores que llevaba en ella; sin ningún tipo de emoción la mujer abrió el barril de la fundación Sanar y echó la bolsita blanca en él, cerró su bolso y acelerando el paso se fue mezclando entre la multitud de personas. Seguido de esto, un hombre y una mujer se pararon al lado del CAI y hablaron entre ellos, anotando cosas en unos papeles blancos, a los minutos el uno se despidió del otro y se fueron.

Veinte minutos después, los alrededores del CAI se convirtieron en una competencia de ventas ambulantes, donde se peleaban por los clientes el señor que vendía galletas a $200 y lo gritaba a mucho orgullo; el viejecito de los Bon ice que caminaba lentamente y que solo tocaba una pequeña campanilla que tenía el carrito; y el hombre de los tintos, pandebonos, buñuelos y arroz con leche que de manera inteligente se hacía notar por el estruendoso ruido que hacían las llantas del destartalado carrito blanco que manejaba.

Minutos más tarde los gritos de dos hombres me alarmaron, uno de ellos lucía unas gafas negras y andaba en silla de ruedas, y el otro tenía un chaleco color neón de “venta de minutos a $100”; ambos gritaban y se reían en medio de un juego de quién llevaba a quién, en donde el hombre de silla de ruedas insistía en que él era capaz solo, al final se alejó riéndose y empujando con fuerza las delgadas ruedas a las que consideraba sus piernas.

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Poco tiempo después apareció un amigo de cuatro patas, un labrador dorado muy grande y bonito, su dueña lo sujetaba con fuerza para que el juguetón canino no corriera fuera de su alcance; cuando el perro ya estaba en el otro extremo de la plaza llegaron unas motos grandes con detalles verde neón al CAI, de ellas se bajaron varios policías y rápido detuvieron a dos muchachos, los requisaron y luego se acercaron al CAI; me acerqué un poco más al lugar de los hechos y este olía mucho a marihuana, los policías hablaban con los dos muchachos y a la vez anotaban cosas en una pequeña libreta, daban instrucciones por los radioteléfonos y luego se dirigían hacia los dos chicos.

Pasó un rato y los policías empezaron a notar mi presencia, gracias a mi desarrollado talento de leer los labios pude darme cuenta de que los policías les preguntaban a los muchachos si yo venía con ellos, a lo que respondieron que no, pero ya estaba asustada, así que me retiré del lugar y me senté en las escaleras. Veía desde lejos lo que pasaba y lo último que vi fue a las motos alejándose sin dejar rastro de los dos chicos.

Veinte minutos después un señor un poco calvo, de camisa rayada, se sentó en la pequeña mesa de madera a hablar por celular, mientras, fumaba un cigarrillo y agitaba un recibo de la Chec, también hablaba y miraba para todos lados como buscando a alguien pero luego se concentraba en la llamada. Así continuaba el desfile de personas: una señora vendiendo Bon ice, un hombre con el pie derecho torcido, varias mujeres tomando café y muchos otros caminando deprisa. Con la mirada un poco perdida el hombre colgó el celular y lo metió en su bolsillo, se quedó unos minutos pensativo, se paró de la mesita y se fue luchando contra la fría corriente de aire que azotaba la plaza.

El sonido del viento se confundía con la gruesa voz de un hombre que vendía la lotería del Tolima, así como un guarda de tránsito de uniforme negro se perdía entre el oscuro cielo que predecía la fuerte lluvia que se avecinaba. Los minutos transcurrían y en el CAI no sucedía nada, una gotera cayó en mi mejilla y luego otra más, cuando miré al suelo caían muchas a la vez y casi sin pensarlo se desató una fuerte lluvia que cubrió toda la plaza de Bolívar, corrí a uno de los locales que estaban frente al CAI para refugiarme del aguacero, allí me quedé varios minutos, los árboles se movían con fuerza, con tanta que hicieron caer un pequeño mango al suelo.

La lluvia se detuvo cuando mi reloj dio las 4:00 en punto, el CAI quedó solo y sin señales de vida humana; una pequeña paloma picoteaba el piso en busca de comida, en ese momento una moto se parqueó cerca de ella y por poco la pisa, la pobre voló tan asustada que no volvió más. Minutos después, dos chicos pasaban por el lugar, uno de ellos tenía síndrome de Down y simulaba tocar la guitarra eléctrica de manera apasionada, mientras el chico pasaba un indigente iba directo hacia él con un cuchillo en la mano, observaba conmocionada por lo que iba a suceder, el hombre se acercaba cada vez más y de pronto se agachó y recogió el mango que se había caído por el viento y lo apuñaló fuerte arrancándole la cáscara.

Las palomas bajaron de los árboles y buscaron migajas en el suelo. Un niño con cabello muy rizado, que de seguro aspirará tener un afro en su adolescencia, pasa de la mano con su papá y entre risas y saltos asusta a todas las palomas que comen cerca del CAI.

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Por un golpe de suerte o cosas del destino presencio lo que se puede denominar como “el Hulk colombiano”, un pequeño indigente muy delgado, llevaba en su espalda un costal casi del doble de su peso y tamaño, y en su otra mano una silla de madera dañada, caminaba doblado pero no se detenía y las personas que pasaban a su lado se alejaban lo más posible para no tropezar con él y que no terminara más de uno en el suelo.

Veinte minutos después el CAI de la Plaza de Bolívar es visitado por un vaquero de cabello blanco y bigote puntiagudo que vende Crem Helado, con mucha frescura y propiedad. Algunos niños se le acercan y le compran paletas y choco conos, otros simplemente ven el carrito con deseo pero siguen su camino con una cara triste. Más tarde un hombre de piel morena lleva en su hombro derecho una especie de tejido muy parecido al cabello de las mujeres chocoanas, y en sus manos unas largas y delgadas redes de pesca.

Muchas personas pasan cerca del CAI, un hombre con muletas, varios jóvenes con camisetas de equipos de fútbol, algunos deportistas, pero me impresionó un hombre un poco mayor que se lavaba las manos en uno de los charcos que dejó la lluvia, no sé por qué habrá hecho esto, muchas respuestas surgieron en mi cabeza, la una tan posible como la otra.

Pasados veinte minutos el CAI estaba en silencio, el aire agitaba las hojas de mi cuaderno y el sol se escondía entre los edificios que rodeaban la plaza, este silencio se rompió cuando un grupo de personas se acercaba al CAI alegando y exigiendo a dos policías que llevaban esposado a un muchacho de piel morena con cara de terror. Me levanté de las escaleras y con cautela me acerqué a escuchar qué era lo que ocurría. Al parecer todo este revuelo se había formado porque en una de las calles cercanas a la plaza de Bolívar un carro y una moto habían chocado, este hecho no solo dejó varias luces rotas, también desató la ira de ambos conductores que entre golpes e insultos decidieron resolver el problema ellos mismos. La policía llegó al lugar, pero solo retuvo a uno de los dos hombres que peleaban; lo que para muchos fue un acto de inmoralidad y desigualdad por parte de las autoridades.

El muchacho fue encerrado en el CAI, lo interrogaron dos policías; con el paso de los minutos el grupo de personas se fue dispersando, hasta que quedaron unos pocos. Esperaba ansiosa en una de las esquinas de la plaza, pero el tiempo corría y nada sucedía, cuando miré mi reloj marcaban las cinco en punto, así que le eché un último vistazo al CAI, tomé mi bolso y me marché contenta y satisfecha pues todo lo que había imaginado, sentido y percibido estaba escrito en mi cuaderno y fresco en mi memoria.