El ritual continuó con la intervención de la niña. Durante los siguientes 45 minutos ella llamó uno a uno a los ancestros describiéndolos y presentándoles a su protegido. Historia de un santero nacional.
Por / Andrea Barraza Cabana – Ilustración / Lady Bárcenas
Santo, santísimo, sacramentado… las velas, las copas, el agua, los santos presentes en este santísimo lugar también santo. Santas las almas benditas que los acompañaron hasta el umbral del inicio de la nueva vida. Una vida santa, santísima y sacramentada. Y ahí, al alba, en ese lugar estaba él, un pelado desgarbado parado al lado derecho del altar, fumando un tabaco, contemplando los preparativos de lo que sería un ritual de iniciación Awo, con la actitud serena y natural de quien cree haberlo visto todo, sin saber que ese sería solo el comienzo.
A veces alguien preguntaba ¿qué hace aquí este muchacho?, pero ahí estaba él, con sus 21 años, 1.78 cm de estatura y 56 kilogramos que lo volvían un foco de miradas por su apariencia descuidada y desnutrida, ahí estaba mientras observaba los bustos esculpidos de María Lionza, el Negro Primero, el Cacique Guacaipuro, el doctor José Gregorio Hernández, la Santísima Caridad del Cobre, entre otras esculturas de santos que tenían sobre una mesa vestida con un mantel blanco, rodeada de copas de cristal con agua, flores, ofrendas, todo esto en un escampado afuera de una casa en la mitad de la nada, iluminada solo por la luz de las velas que estaban por todos lados.
Había otras 12 o 15 personas entre santeros, brujas, espiritistas, un Babalao (que es el equivalente a un sacerdote), una niña de 12 años descalza que usaba un gorro con colores brillantes e hilos dorados, el iniciado vestido por completo de blanco y él, que estaba en busca de respuestas sobre una extraña cualidad que lo acompañaba desde su nacimiento. Lo había invitado una amiga espiritista para que conociera el ritual donde inician a una persona en la santería. Estaban en la montaña de Sorte, en Yaracuy, Venezuela, en una casa de santería Marialioncera donde se celebran rituales de religiones afroamericanas de tradición Yoruba.
Él*, como se seguirá llamando, era un desconocido más. Llevaba una pantaloneta, estaba descalzo, con collares colgando del cuello y sin camisa. Ahora tiene 29 años, mide lo mismo y pesa solo siete kilos más. Sigue teniendo la barba a medio crecer, el cabello bastante corto, la piel más curtida y los mismos ojos expresivos que tenía en ese entonces. La apariencia débil que le da su extrema delgadez no tiene mucho que ver con esos ojos negros, grandes, que miran intensamente sin parpadear, como si no se quisiera perder ni un segundo de la vida.
En aquel momento no era nadie dentro del mundo de las ancestrales tradiciones espiritistas, no practicaba con regularidad ninguna de ellas, solo era un espectador, un invitado, un par de ojos curiosos, unos que nacieron con el “don” de ver entidades del más allá, del otro lado, del plano metafísico.
Un recorrido peligroso
Él viajó 880 km desde Barranquilla hasta el Monumento Natural Cerro de María Lionza, en Venezuela, donde miles de personas se reúnen al año en las distintas celebraciones que giran en torno al espiritismo. Todo el trayecto lo hizo por carretera, primero en bus desde Barranquilla hasta Maicao, en La Guajira, frontera con Venezuela; ahí tomaron un carro que los llevó hasta Maracaibo, donde tomaron otro bus que los llevó en siete horas hasta Barquisimeto. Luego fueron una hora más en carro hasta Chivacoa, donde se embarcaron en un jeep que los llevó entre trochas hasta la entrada de la montaña. En total fueron 15 horas de peligroso viaje, donde los robos y la extorsión es un factor para considerar dentro de la fórmula. En el camino entre Chivacoa y la montaña de Sorte todo empezó a cobrar sentido, empezaron a ver distintos altares donde cientos de personas se detenían a ofrecer sus dádivas, prender una vela, rezar o pedir un milagro, según la necesidad.
En Venezuela es, quizá, el país donde se concentra la mayor cantidad de santeros y Babalaos de Latinoamérica; sin embargo, calcular una cifra es prácticamente imposible debido a la clandestinidad, principalmente en Caracas, a pesar de ser herencia de los esclavos llegados a Cuba con la migración forzosa en la época de la Colonia.
En un intento de mantener su cultura, los africanos traídos principalmente de Nigeria, de tradición Yoruba, optaron por un sincretismo religioso donde las figuras impuestas por los europeos para adoctrinar a indígenas y esclavos tomaron una doble identidad entre Orishas del panteón Yoruba y santos católicos. De esta forma, Santa Bárbara, con su túnica roja y representada siempre con un rayo simboliza a Changó, el Orisha de la justicia, el rayo, los truenos y el fuego; la Santísima Caridad del Cobre, patrona de Cuba, representa a Oshun, reina de las aguas dulces; la Virgen de la Candelaria es Oyá, dueña del cementerio y de las pocas deidades capaces de dominar a los muertos; éstas son unos pocos ejemplos de lo que tuvieron que hacer para mantener viva las tradiciones africanas a manera de resistencia del adoctrinamiento cristiano.
El espiritismo marialioncero practicado en Venezuela tiene como eje central a “las tres potencias”, que son la reina María Lionza, el Negro Primero, un soldado de la independencia que batalló junto a Simón Bolívar, y el Cacique Guaicaipuro, que luchó contra los conquistadores españoles. Por encima de esta trieja solo puede estar la Santísima Trinidad y la Virgen María, por debajo hay una extensa lista de personajes que van desde dioses africanos, militares, figuras del folclor, médicos, reyes y hasta príncipes vikingos.
En esta religión existen tradiciones que no admiten lógicas terrenales. Van desde la adivinación del pasado y el futuro, la posesión de cuerpos, la comunicación con el más allá y los favores espirituales a cambio de ofrendas y sacrificios. A pesar de que la iglesia católica les da el calificativo de paganos, ambas van de la mano, los espiritistas y santeros se consideran a sí mismos católicos.

Rituales
Otro elemento fundamental dentro de los ritos de tradición Yoruba es el tabaco, que es indispensable a la hora de llamar a un espíritu. Antes de iniciar cualquier ritual, cada asistente prende un tabaco, y mientras lo fuman piden permisos a las entidades, se presentan, abren puertas entre el plano terrenal y el espiritual.
Y ahí estaba él, fumando su tabaco mientras esperaba que todo estuviera preparado para iniciar la ceremonia. Ya el sol se había metido y la oscuridad se apoderaba del lugar. Para empezar, antes de entrar a lo que se considerar un círculo sagrado, todos los ahí presentes participaron de un ritual de limpieza donde se lavaban los pies en una fuente de agua y se iban ubicando alrededor del iniciado y frente a la bóveda espiritual (como es llamado el altar para un iniciado en la santería) en forma de semicírculo.
En el centro estaba el Awo, como se considera a la persona iniciada, el Babalao y en este caso en particular una niña que serviría de médium entre los ancestros del Awo y los ahí presentes. Este ritual se utiliza para presentarle al iniciado su corte ancestral, los espíritus que lo acompañaran en su recorrido por el mundo y los demás ahí presentes piden protección, paz, abundancia y benevolencia para el iniciado.
El ritual continuó con la intervención de la niña. Durante los siguientes 45 minutos ella llamó uno a uno a los ancestros describiéndolos y presentándoles a su protegido. Él, que estaba parado solo a algunos metros, asegura haber tenido visiones de todas estas entidades incluso antes de que fueran mencionadas por la médium, las iba viendo aparecer una a una alrededor del hombre sentado en el centro del círculo. No dijo nada porque pensó que era parte de la ceremonia, que todos los ahí presentes contemplaban lo mismo que él veía ante sus ojos. Luego comprendió que no, que no todos tienen la misma capacidad que tiene él de ver, algunos solo sienten, otros sólo escuchan, otros sólo actúan por fe. A él le tocó la particularidad de verlos, olerlos, sentirlos, escucharlos; una cualidad especial y perseguida en el mundo espiritual, de la que mucho tiempo después entendería que se debía proteger.
El ritual finalizó con la transferencia de energías positivas al nuevo santero, donde cada uno de los integrantes le puso las manos sobre el pecho y le dio palabras de bendición al iniciado. Él fue el último en pasar, al poner las manos sobre aquel hombre, éste soltó tal grito que paralizó a todos en el lugar. Él estaba tan helado como un hielo, que a los 30° de temperatura en la montaña de Sorte sobresaltan a cualquiera. Aún hoy no explica el motivo de sus heladas manos, pero dice que algo tiene que ver con la conexión que tuvo con aquellas entidades.
No era la primera vez que un ser no terrenal había manifestado presencia frente a él, estaba tan acostumbrado a verlos merodear a su alrededor que era más difícil saber cuándo no estaban. Desde niño le tocó enfrentarse a la situación de ver y sentir espíritus que se le acercaban durante la noche a observarlo, a hablarle, a veces intentaban tocarlo. Lleno de miedo y de dudas cerraba los ojos fuertes y rezaba un padrenuestro hasta que se quedaba dormido, pero a la noche siguiente el ritual era el mismo. No podía conversarlo con nadie, las veces que intentó hacerlo le dijeron que estaba loco, que “esas cosas” no existen, entonces guardó su miedo y aprendió a compartir sus noches con estos espíritus que lo acompañaban.

Primera iniciación
Esta situación se mantuvo hasta que a los 20 años conoció a un amigo “brujo”, que después de mucho insistirle y contarle las experiencias que vivía cada noche, accedió a enseñarle de santería y espiritismo. Así fue como conoció a La Madrina, la misma mujer que un año más tarde lo llevó a Venezuela, a la Montaña de Sorte, a presenciar una iniciación espiritual con corte ancestral presente incluida.
El año previo a su viaje, él se estuvo preparando espiritual y mentalmente. Con La Madrina aprendió a leer el tabaco, a abrir portales, a invocar espíritus, a prestar sus ojos y sus oídos para que a través de él se hicieran favores e intercambios entre lo material y lo espiritual. Sin embargo, el espiritismo así como puede servir para guiar un alma perdida hasta su lugar de descanso o concluir una tarea en la tierra, también puede servir para esclavizar almas y tenerlas ancladas en un limbo espiritual que les impide descansar. Esta mujer llevaba muchos años ya involucrada en esa religión, y algo que es necesario saber antes de iniciarse es que el karma existe. Ningún espíritu, santo, entidad u Orisha hacen nada sin pedir algo a cambio, y las deudas de La Madrina eran más grandes de lo que podía pagar; por eso, utilizaba a muchachos como él, que no tenían experiencia, pero que habían nacido con dones especiales, que tenían una predisposición natural para intercambiar con el más allá, para sus favores personales e incluso para lucrarse a través de ellos.
Sin embargo, esta mujer lo presentó a otras personas que después le enseñaron el poder que conlleva manejar su don, y quien dice poder dice responsabilidad. Logró desvincularse por completo de La Madrina, empezó a aprender por su cuenta, decidió dedicarse a hacer el bien, a ayudar a quien lo necesita, a dejar quieto lo que se debe dejar quieto y a cultivar su alma para que fuera una fuente de luz para quien lo llegara a necesitar.
Tomó la decisión de no iniciarse, nunca tuvo su propia bóveda espiritual, nunca le presentaron a sus ancestros, prefirió quedarse así porque entendió lo complicado que era cargar a cuestas con el alma de otros. Esto lo aprendió después de distintas posesiones, donde una persona presta su cuerpo para que un espíritu pueda tener una vida terrenal por unos minutos, unas horas, e incluso hay quienes prestan su cuerpo por unos días. Para recibir a una entidad en su cuerpo, el anfitrión debe prepararse con antelación, llevar una dieta especial, libre de vicios, tener la mente pura, para que sea un lugar agradable para el invitado. Durante una posesión la entidad que baja puede dar mensajes o simplemente para tomar algo de alcohol, fumar, disfrutar de las pasiones terrenales. Para que esto suceda es necesario que un banco, una persona espiritualmente más preparada, amarre el alma de la persona que va a prestar su cuerpo para que esta no se pierda, invoque al invitado y lo haga pasar. El banco también es el responsable de interpretar lo que este invitado tenga para decir, que en algunas ocasiones ciertas entidades hablan un idioma distinto al del cuerpo que están tomando en posesión, como es el caso de los vikingos, que son una presencia fuerte invocada frecuentemente por algunos espiritistas y que se comunican con un dialecto que ya no existe.
Para él, iniciarse en las posesiones fue cuestión de casualidad, la primera vez que un espíritu tomó su cuerpo fue durante una velación, un ritual donde se eleva el alma de una persona en busca de respuestas, conexión, paz y armonía. Acostado, con las manos extendidas a lo largo del cuerpo mirando hacia el cielo, con los ojos cerrados, sobre un oráculo y rodeado de velas empezó a sentir de repente un hormigueo en los labios, presión en la espalda, las manos electrizadas, intentaba ponerse de pie pero no conseguía moverse, y de repente veía todo a su alrededor de una manera difusa, como si tuviera una película transparente que le impedía ver, solo luces y sombras pasando rápidamente frente a su ojo derecho, por el ojo izquierdo no logró ver nada. Lo que para él se sintió en un segundo, para los ahí presentes fue alrededor de 45 minutos. De la nada recobró la movilidad y la conciencia, sentía el Sahara en su boca, durante un par de horas sintió una sed que no pudo alivianar con nada. Al parecer un cacique se incorporó en su cuerpo, él nunca pudo recordar qué pasó. Continuó pasando en un par de ocasiones, en determinados momentos espíritus tomaban posesión de su cuerpo por segundos. Esto comenzó a afectarle, durante las posesiones dejaban marcas sobre su cuerpo, lo golpeaban e incluso llegaron a quemarlo con tabaco en distintas ocasiones. A pesar de que no recuerda qué pasaba durante esos instantes, su piel aún guarda las huellas.
Al final decidió alejarse de las velas, las copas, el tabaco, los espíritus, los muertos y los santos. De las santas almas benditas que no tienen descanso y que buscan eternamente permanecer en el mundo de los vivos, en el mundo sin santos, santísimos y sacramentados; de los que olvidan, de los que señalan de herejes a los que se empeñan en mantener vivos a los benditos santos. Pero de vez en cuando, entre una multitud o solo en su habitación, alguien se le acerca y no tiene reparo en ofrecer una luz para que siga su camino al Más Allá.
* Si con “él” no es suficiente, su nombre es Esteban Padilla.




