Por: Alex Noreña

Ilustración: Laura Henao

Las luces jugaban a apagarse, una sombra tambaleaba recorriendo las calles. El grito inmenso asoló el lugar. La luz de las lámparas descendió hasta extinguirse; quedó un baño de leche lunar que mojaba las casas. Lloraba la noche, lloraba, entre tanto el viento traía a túmulos los gritos que surgían de la casa.

Llegué con Alberto, detenidos frente a la casa de Aída, nos pareció que nadie había allí, en cambio, todas las cosas expedían un rasgo de vida oscura. Nadie, nada, todo en silencio. Supe después que Alberto ingresó al lugar.

En el  interior hay una luz mortecina, mis ojos arden y oscurecen. Todo está en silencio, todas las cosas son viejas, hieden, cada paso que doy estremece la casa, hay en lo profundo de la sala unas escalas que dan al segundo piso, creo haber escuchado algo… ¡Alberto! nadie responde, voy subiendo los peldaños, hiede aún más, hay una puerta abierta en uno de los cuartos, entro. Un espejo. ¡Alberto, Aída! El espejo no refleja nada, estoy delante de él, sola, veo mi imagen refractada, lo demás en blanco, todo en blanco, solo yo, con mi rostro, con mis arrugas, con mis años a cuestas. Alberto aparece en el espejo, hago el intento de voltear, es inútil, duele intensamente el cuello. Hiede como nunca, mi mirada quieta, prisionera en el espejo. Unas manos de hielo suben por mi cuello, llegan a la cabeza, la bajan hasta unas bocas  que susurran en mi oído, Aída, Aída, Aída, ¡no soy Aída!, grito intensamente, ¡no soy ella!, mis ojos despiertan lágrimas,  escucho en mí, Aída, soy Aída, soy Aída.