Apenas hay cuatro años de diferencia entre ellos. Y ambos, con cinco líneas de pentagrama y siete notas musicales, han compuesto piezas sonoras extáticas y exóticas, donde las letras no dicen más que la música ni hacen un inútil esfuerzo poético: la melodía prevalece. Han jugado y combinado a su antojo, como científicos, esas categorías infinitas que son los tiempos y los sonidos.

Edy Martínez, Carlos Palomino y Alfredito Linares. Foto archivo particular.

Por: Giussepe Ramírez

Esta noche de jueves en Cali, vestido de negro, Alfredito Linares toca el piano de espaldas a una réplica pagana, de gran tamaño, de La última cena. El público se apeñusca alrededor del escenario para ver de cerca la presentación, son rostros jóvenes que nacieron décadas después de que el maestro Linares lanzara su primer álbum. Los apóstoles no son judíos sino latinoamericanos, maestros de la salsa. En el centro, como El Nazareno en víspera de la pasión, con una copa de vino y barba entrecana, está Ismael Rivera; a su diestra, Celia Cruz con un plumaje negro en la cabeza y un escotado vestido rojo; a la izquierda, el Joe Arroyo junto a Frankie Dante que hace gesto de peace and love. Contra el gran comedor, dispuesto con un mantel blanco, están apoyados un baby-bass y una guitarra; al frente, un timbal con el pachanguero, el cencerro y el jam block; al costado derecho de la pintura, junto a Ángel Canales que conversa con Cheo Feliciano y Chivirico Dávila, una tumbadora y una conga; debajo, en medio de la oscuridad y tímido, un bongó; sobre la mesa hay una clave, una trompeta, una campana de mano y un trombón. Ray Barreto le dice algo al oído al Joe que toca el hombro de Ismael Rivera. Quien no aparece en la representación de La última cena salsera y guapachosa es Alfredito Linares (y muchos otros), que en este momento le cede el piano a Edy Martínez, un músico pastuso y prodigioso que compuso temas bravos e hizo arreglos para Ray Barreto, Mongo Santamaría, Eddie Palmieri y La Fania.

Edy lleva puesta una camisa blanca y una pañoleta atada a la garganta a la manera de un dandy; un mechón de pelo blanco le cae entre los ojos que parecen cansados, pero sus dedos en el piano suenan enérgicos. Alfredito, en cambio, tiene el pelo muy negro. Apenas hay cuatro años de diferencia entre ellos. Y ambos, con cinco líneas de pentagrama y siete notas musicales, han compuesto piezas sonoras extáticas y exóticas, donde las letras no dicen más que la música ni hacen un inútil esfuerzo poético: la melodía prevalece. Han jugado y combinado a su antojo, como científicos, esas categorías infinitas que son los tiempos y los sonidos.

Pueden existir cinco réplicas salseras de La última cena y aun así quedarían maestros por fuera. Por ejemplo, un músico pastuso y un músico limeño. 

Desde el público, el cantante Julio Nava los observa y también goza. Hay mucha historia de la música latina en esos veinte dedos que juegan con el piano esta noche; en los señores de pelo negro y pelo blanco que se prestan el juguete con sonrisas e intercambian una clave. Hay un regreso a los 70, esa década especial cuando los sonidos latinos tomaron por asalto el Madison Square Garden y se universalizaron.    

La pintura no es de gran factura, pero al menos se reconocen los rostros de los comensales y los instrumentos para armar una buena rumba. Es un vacilón.  

 

Búsqueda de la verdad

A los siete años, Alfredito Linares estaba rodeado de dieciocho pianos en su casa de Lima. Sin técnica, pero con curiosidad, intentaba sacarles algo: pretendía la articulación afortunada de al menos tres notas. Aún faltaban muchos ensayos y viajes, muchas clases y transcripciones de partituras para deslizarse con naturalidad por las octavas de un Steinway o un Lion & Healy; para desentrañar los misterios del ritmo y la armonía. Pero, sobre todo, faltaban años para que encontrara su sonido, el sonido que lo identificaría en cualquier bar o radio. Ángel Mariano Linares, su padre, los afinaba con un diapasón y además los comerciaba; también tocaba la mandolina y la guitarra. Era un chakra, un campesino de Arequipa que recaló en Lima y se hizo un nombre como afinador y restaurador, oficio exótico para esa época.

Alfredito también afinaba y lo acompañaba en la orquesta de folclor peruano que había formado don Ángel. Reemplazaba al baterista o al cantante, según hiciera falta ante la ausencia de uno de los músicos. Aprendía. Iniciaba el camino. Se llevaba bien con su padre. Para cuando el maestro Linares grabó el primer tema (El pompo, adaptación de un clásico folclórico) bajo su nombre, a los trece años, don Ángel Mariano no pudo escucharlo: había muerto.

Durante su formación en el Conservatorio descubrió que tenía oído absoluto; podía identificar una nota entre tres, cuatro o siete distintas. A los dieciocho años tuvo claro cómo quería sonar. A los veinticuatro grabó El pito y otros éxitos, su primer álbum, donde, entre otros, está incluido un arreglo en clave de pachanga del insigne tema de Joe Cuba: El pito, I’ll never go back to Georgia.  

El método de composición del maestro Linares descarta de tajo a las musas de la inspiración. “Un cuento que debe desvirtuarse”. Lo que visita la cabeza de los músicos son bosquejos perfectibles. Solo cree en el trabajo, en la madurez de las ideas y una constante búsqueda de la verdad a través del estudio de los maestros y los propios sonidos. Solo de esa forma el artista encuentra tranquilidad. Dice, para quitar cualquier asomo de metafísica y articulación vomitiva en su proceso creativo, que “en la música también hay que borrar”.

Una tarde de bochorno en Cali, para mostrar que no siempre fue Alfredito Linares, refirió una anécdota durante su época en el conservatorio. Sucedió una mañana. Por razones que no recuerda, llegó tarde a su clase de jazz. La clase era una vez a la semana y le parecía superficial. Al entrar al salón, su maestro estaba sentado al piano y ejecutaba una melodía suave y expresiva —que el maestro Linares volvió a tocar con rigor esa tarde de bochorno en Cali, mientras pesados camiones rugían en frente de su casa-. Cuando el profesor lo vio entrar dijo: “ahí llegó Linares, que no sabe lo que hace”. 

Hoy, tras haber alternado con Stevie Wonder en un gran festival y haber recorrido Argentina, Perú, Ecuador, Venezuela, Colombia, Estados Unidos y gran parte de Europa; con más de setenta años y los éxitos a sus espaldas, el maestro Linares ha encontrado su sonido, la verdad, pero todavía le queda algo por hacer en el plano musical: tocar jazz y salsa con una orquesta sinfónica. “Pero los empresarios se desmayan como Condorito cuando uno les habla de una orquesta sinfónica”, comenta el maestro.

El maestro llegó a Colombia con la promesa de trabajar como director musical en el show televisivo del cantante mexicano Paco Michell. Al aterrizar en Bogotá, Paco Michell había partido a Puerto Rico para lanzar, también, un show televisivo. Foto Carlos Palomino.

Colombia, hallazgo fortuito

En los aeropuertos al maestro Linares le exigían el pasaporte para comprobar después, con mueca de sorpresa, que su sabor era andino, no puertorriqueño ni cubano. La situación migratoria de Ángel Alfredo Linares Saucedo no estaba definida. Bárbara Codina, cantante cubana y con quien había trabajado en el Humboldt Hotel de Guayaquil, hizo contactos para traerlo a Colombia y le envió a Santiago de Chile un telegrama con la noticia.

El maestro llegó a Colombia con la promesa de trabajar como director musical en el show televisivo del cantante mexicano Paco Michell. Al aterrizar en Bogotá, Paco Michell había partido a Puerto Rico para lanzar, también, un show televisivo. Michell pretendía que Alfredito Linares se uniera a él en Puerto Rico, y había dejado a Julio Vergara, su representante, encargado de los trámites para la visa americana. Pero a Ángel Alfredo Linares Saucedo le fue negada la visa. Estaba varado en Bogotá, en una suite del hotel Dann Carlton.

Bogotá no le gustaba. Le parecía demasiado agitada y plagada de policías. Solo después de que levantaran un estado de sitio pudo conocer el ambiente de la vida nocturna bogotana. A través de Saoco Rodríguez, por una corta temporada consiguió un contrato en el Hotel Tequendama para reemplazar al pianista de planta. El principal show del hotel estaba a cargo de Leo Marini. Alfredito Linares, con gusto, encontró que el setenta por ciento de los shows estaba dedicado al sonido del piano. El repertorio lo componían: La gitana lo leyó, Llanto de luna, Dos gardenias y los éxitos que Leo Marini había hecho junto con la Sonora Matancera. Todos los temas se ensamblaban como popurrís para darle fluidez al show. Pero la corta temporada en el hotel Tequendama acabó. Sin más remedio, volvió a quedar a la deriva. Dejó la suite del hotel Dann Carlton y consiguió una habitación por la Caracas. Durante este tiempo frecuentó la escena musical bogotana. Visitaba los sitios de reunión de la naciente cofradía de salseros. Y fueron los músicos con quienes conversaba, compartía nociones musicales, bebía y fumaba, quienes lo delataron ante el DAS por su situación migratoria. Cortésmente, el DAS le sugirió conseguirse un contrato para evitar la deportación.

Restaban cinco días para el vencimiento del visado transitorio. Era de noche y caminaba por la carrera Séptima. Su situación migratoria continuaba sin definirse. Al doblar en una esquina escuchó un cuarteto y notas de jazz. Con curiosidad, se acercó e ingresó al sitio. Era el bar Miramar, donde se reunían personajes como Fernando González Pacheco y toda la “cremallera” de la televisión colombiana de inicio de los setentas. En el bar encontró a su compatriota Alex di Roma, director del grupo, quien invitó a Alfredito a tocar algo. El pianista salvadoreño que hacía parte de la orquesta se levantó y le cedió el puesto. Alfredito acomodó las posaderas en la pequeña butaca, con el pie marcó los compases para iniciar e hizo lo único que sabe hacer. Hubo aplauso cerrado en el Miramar. Como la articulación bella y precisa de tres acordes en el piano, el pianista salvadoreño había presentado su carta de renuncia, pues se embarcaría pronto en un crucero y dejaría el piano del Miramar a la espera de un reemplazo. Ángel Alfredo Linares Saucedo había conseguido un contrato para mostrar al DAS y evitar la deportación.

Alquiló un apartamento y su madre llegó a Bogotá. En el Miramar trabajó con los músicos Plinio Córdoba y Willie Salcedo. Mientras trabajaba en el bar que le había permitido quedarse en Colombia, el maestro Linares hizo los arreglos de su próximo sencillo. En 1971, con los arreglos terminados, renunció al Miramar y dejó en su reemplazo al pianista Jimmy Salcedo. Tras su salida, junto a Kiko Fuentes y Armando Benavides, grabó para Sonolux Cachumbembé y Linares boggie.      

 

Músicos que encuentran paz

Héctor Lavoe vivió menos de un año en Cali (estadía caótica y desenfrenada, aunque el propósito de la visita era opuesto). El maestro Linares llegó por primera vez a Cali a finales de 1970 para presentarse en la Feria. Tocó ante más de quince mil personas. Estuvo en el centro de la Feria, entre bailadores trémulos. Pero fue solo a finales de la década de los 80, tras descartar establecerse en Nueva York y replantearse su residencia en Caracas -pues la bohemia venezolana lo había agotado- que decidió volver a la ciudad y quedarse en ella.   

Alfredito Linares vive hace más de veinte años en medio de la zona industrial de Cali. Pero hoy era la primera vez que toca en la Topa Tolondra, un bar salsero sobre la calle quinta con carrera trece. En la fachada había pintada una mujer negra, vestida de amarillo, que tocaba los tambores; en medio de la colorida figura, como una sentencia sabia y académica, el eslogan: “salsa con criterio”. A pesar del prestigio del que goza, La Topa es un bar joven —tiene menos de siete años— donde también se presentaron, en diciembre del pasado año, The Lebron Brothers. La réplica de La última cena hace parte de la remodelación que realizaron hace tres meses, cuando también cambiaron el piso y ampliaron el lugar, pues antes era solo un local de cuatro metros de frente por diez de largo, donde cabía un tercio de las personas que hoy, casi sin margen para caminar, oyen tocar al maestro limeño.    

Desde hace más de veinte años Linares también pertenece a los testigos de Jehová. Contrario a Abraham, no fue obligado a sacrificar un hijo —tiene cuatro hijos nacidos en Argentina, Venezuela y Medellín, y un hijastro caleño que lo acompaña en el baby-bass en sus presentaciones—; en vez de eso, le pidieron dejar la música y dedicarse de tiempo completo a la obra de Jehová. Quien se lo pidió no fue una voz del cielo: fueron los líderes de su congregación. Para fortuna del público salsero, el que esta noche de jueves se mueve y contonea de cara a La última cena salsera por mandato de las melodías del maestro, les respondió: “si yo tengo que dejar mi música, primero los dejo a ustedes porque yo no sé hacer otra cosa…”.

 

Tiahuanaco

Un éxito nace y se concreta en cualquier parte. Alfredito Linares le daba vueltas a una idea. Un amigo le sugirió hacer un tema con un nombre raro. Pensó en una puerta del sol, en sus raíces, su identidad, en una cultura preincaica; en Tiahuanaco que parece traer resonancias de sierra, pero suena más a orilla de mar. Maduró la idea en su cabeza: la repetición de los primeros acordes del piano, el campo armónico, la entrada de la percusión en el cuarto compás, la de los vientos después del octavo y la descarga azarosa de timbales antes del primer minuto. El día que se sentó a escribirla, el maestro cargaba una maleta. Su casa en Lima quedaba deshabitada largas temporadas debido a sus viajes constantes. Cuando abrió la puerta de su casa vio, como un pequeño obstáculo, que no tenía donde apoyar: había sido saqueada. Miró el sillón dejado los ladrones, descargó la maleta sobre el mueble y apoyó la hoja del pentagrama. Allí, con esa limitación y esa contingencia, nació una obra maestra. Hay una confusión respecto al lugar donde se grabó este éxito. Hay quienes creen que fue en Medellín. La realidad es que fue grabado en Lima, aunque otros temas del álbum Sensacionales, del que hace parte, casi la mitad, sí fueron grabados en Medellín por el sello Sonolux. 

Lo primero que suena esta noche es Tiahuanaco: una cultura preincaica y un himno para el bailador. ¿Cuántas veces lo habrá tocado el maestro Linares desde que lo compuso en 1972? Absurdo llevar cuentas de lo obligatorio, pues Alfredito debe ejecutarlo en cada una de sus presentaciones. Aun así, el tema no se desgasta y sigue vigente.

 

Mambo Rock

El maestro Linares le debe mucho de su música a las influencias del jazz. Ha dictado talleres y ha compuesto temas con fusiones del género. Además, colaboró con el bajista Dave Thomas en un disco. Esto podría explicar su facilidad para experimentar con nuevos sonidos. Mambo rock es muestra de ello.  

¿Cómo nace un éxito?, ¿qué hizo falta para componer Mambo rock? Reemplazar al baterista de una banda de rock —la batería es el instrumento característico de este tema-; conocer Cali, donde según el maestro la gente baila con estilo rockero (el baile como punto de partida para la composición); agregar sonidos cubanos, algo de jazz, fanfarria de trompetas y la voz de Kiko Fuentes. Revolver y bailar. Este tema fue grabado en 1974 por un sello discográfico independiente, pues los grandes y prestigiosos Discos Fuentes y Sonolux no contaban con la principal materia prima para producir vinilos: baquelita.

La noche del jueves se ha ido entre tragos de ron y aguardiente, y pasos arrebatados de bailadores rigurosos o espontáneos. Es madrugada de viernes en Cali. Edy Martínez ha bajado del escenario y disfruta entre el público con un cóctel en la mano. La gente baila suelta y los talones se mueven de derecha a izquierda; las manos están suspendidas en el aire y van en dirección contraria a los pies. Arriba, desde el comedor con mantel blanco que se extiende casi cinco metros, trece maestros de la salsa observan el fin de la presentación con esa fusión de jazz, rock y mambo (ejecutada dos veces para que los cuerpos giren y las sombras se retuerzan). Es lo único que sabe hacer el maestro Linares.  

@Animalmoribundo