Y no puedo cerrar esta mi visión del final de la Triple Corona norteamericana, sin lanzar mi palabra al viento de que no es justo que  Colombia se haya quedado sin hipódromos, cuando aquí también hubo triples coronados.

american pharoah

Por Guillermo “El Mago” Dávila*

¡Es un centauro! La parte hombre se llama Víctor Espinoza. El cuerpo de caballo  se denomina “American Pharoah”.

Su consigna: ¡Vencer!

¡Vuela! Sí, vuela. Durante su carrera se  aprecian momentos en que ninguno de sus remos está sobre la tierra. Son una saeta disparada hacia el disco de sentencia para traspasar  la tercera corona y lograr la más grande hazaña en la historia hípica del mundo.

¡Todos atentos! El juez de largada hace sonar los timbres. Se abre el partidor ¡El primer salto! Caballo y jinete se impulsan. Se “roban” la salida. Ir adelante es lo mandado. Imponer  un falso  tren de carrera y tener la potencia necesaria para rematar el compromiso cuando venga el asedio del enemigo que también aspira a la  corona pero, sobre todo, desea vencer al  consagrado que ya triunfó en el Derby de Kentucky y en el Preakness Stakes,  y  se convertirá en el duodécimo ejemplar que desde 1875 conquista la Triple Corona norteamericana. Hace 37 años, en 1978, se registró el último campeón, Affirmed.

Los remos de American Pharoah se levantan, se entrecruzan en el aire y vuela. Espinoza luce su chaquetilla azul con mangas amarillas y círculos azules. La poderosa fuerza de sus brazos, controlada, no maltrata las comisuras de la boca del caballo. Al filete y a las riendas  les da el manejo perfecto para dosificar la velocidad de seis segundos para cada cien metros. Equilibrio en la caída para volver a  impulsarse. El cronómetro está en el corazón de Espinoza. Pharoah lo entiende. No le hace falta el aire de su natal Kentucky, ni la pista, ni la gente. No importa cuál sea el estado de la pista en que corre insuperable.

En Nueva York también tienen todo para triunfar. Caballo y jinete recorren 2.400 metros. Es la  mayor distancia de la Triple Corona. Noventa mil espectadores rugen en el Belmont Park de Nueva York. Millones de personas, y yo con ellos, nos hemos metido en los televisores. 

Desde el preámbulo de la gran carrera, seguimos reverentes, paso a paso, la ceremonia de cada propietario, su familia, sus amigos, su caballo, el preparador, el ayudante, el jinete y luego el gran ritual de aficionados y  apostadores que, en este caso, están parcializados por American Pharoah. Es el gran favorito. Vimos a los periodistas movilizarse de un lado para otro, entrevistando hasta los sombreros de las damas. Las cámaras lo han mostrado todo. Pharoah estaba tranquilo… el secreto del algodón en sus orejas. Bob Baffert, el sabio entrenador crecido en Nogales, Arizona, sonriente, seguro de sí mismo. Espinoza sonriente también. En esos instantes el jockey representa a muchos hombres y mujeres que fueron o anhelan ir a Norteamérica en busca de fortuna y conseguirla como él, quien abandonó la conducción de un camión para llegar a la victoria, y ser él mismo, un Triple Coronado, un mexicano en el que se resumen los sueños de millones de latinoamericanos.

Antes de la carrera, ya los presentíamos triples coronados, claro está sin dejar de pensar en las mil y una circunstancias que durante esos 37 años impidieron que otros grandes ostentarán el título: tropiezos en el desarrollo de la prueba, malas pisadas, encierro en el recorrido, equivocación del jinete por apresuramiento en el remate, agotamiento físico por el esfuerzo realizado en las cinco semanas en que se compite por las coronas, el cambio de escenario; y si ya no hay razón para echarle la culpa al fracaso, se recurre entonces a  condenar a “¡los hados de la hípica!, la cruel incertidumbre del turf”.

Pero aquí todo va saliendo  bien. Phaorah siempre adelante. Punta a punta. Espinoza mira hacia atrás. Luego al frente. Le habla a Pharoah. Lo acaricia y como en la canción, también mexicana, los dos dicen “¡adiós muñequita linda…!”. A cinco y medio cuerpos de diferencia llega Frosted, que antes había sido su escolta. El tiempo es de 2.26 y fracción. El centauro cruza la meta y entra a la inmortalidad.

Un niño, diez años, salta, grita, llora, baja su cabeza, aplaude, se frota las manos, luego mira a su padre que lo alza y lo besa; una esposa se une al espiritual festejo de un esperado triunfo. El preparador, un hombre conocer de su oficio, que ha cosechado laureles  anteriormente, con 62 años, enrumba sus pasos para recibir al centauro que aún en la pista es abrazado por los heraldos que lo guían con sus monturas “madrinas” al paddock para cumplir los trámites de rigor que les permitirá a los jueces declarar que el paso “es oficial”… También aparece la dama periodista,  encima de mansa cabalgadura, que lo entrevista en ese retorno en busca de  la copa y la corona

Los jueces determinan: 5 – 6 – 7  es el paso por la meta. Más de cuatro millones de dólares ha acumulado el propietario por las carreras ganadas.

Estos son los momentos grandiosos de la Triple Corona. Los dueños de los rivales han comprendido la grandeza y poderío del caballo, cuyos ancestros estuvieron entre los 3.000 ejemplares que un día colmaron  las pesebreras del Rey Salomón. Ellos  aplauden y felicitan al propietario egipcio  a quien en  ese instante no le mueven las ecuaciones económicas sino el saberse poseedor de un triple coronado. El campeón es de todos. Los televidentes al verlo ganar saltaron y se golpearon contra el techo de sus casas. Los vaticinadores reclamaron el haberlo pronosticado afirmando que era imperdible. Hay quienes aseveran haber recibido el mensaje de los dioses comunicando que esta vez sí habría triple coronado. Y, así, cada quien, sin envidia, ha hecho suya la victoria anunciada de un Faraón Americano con muchas historias para relatar

¿El futuro?… Semental en el emporio irlandés de Coolmore.

No hay duda. American Pharoah transmitirá a todos sus descendientes la fuerza de su tren posterior, el inmenso corazón que late en su cuerpo y los grandes pulmones que le permiten devorar distancias sin cansancio… Y Espinoza será ejemplo, como hasta hoy, de consagración y esfuerzo.

Y no puedo cerrar esta mi visión del final de la Triple Corona norteamericana, sin lanzar mi palabra al viento de que no es justo que  Colombia se haya quedado sin hipódromos  cuando aquí también hubo triples coronados. Quién no recuerda el legendario criollo Triguero en 1954, para no hablar de otros tantos hombres, mujeres y caballos que hicieron grande nuestro hipismo, y cuando diez mil personas esperan que se les de trabajo en esta actividad cuyos orígenes tienen que ver con el progreso del hombre, su esparcimiento y hasta con el mensaje celestial.

(*)“El Mago” Dávila, linotipista de la vieja guardia que fundó con Gabriel García Márquez el periódico “El Comprimido”, mago y gran cronista hípico, coautor con Alfredo Arango de la novela hípica “En tierra derecha“, ha escrito en exclusiva para Puente Levadizo esta crónica sobre la hazaña de un centauro.