ANTE LA INJUSTICIA ACTUAL, “VENGO A OFRECER MI CORAZÓN”

La constante estigmatización que se le da a las marchas ha hecho que estas sean vistas como un ambiente caótico y estremecedor en el cual se vive la violencia y el terrorismo en todo su esplendor, causadas por los vándalos izquierdistas –como nos hacen llamar–, los cuales tienen el único propósito de ver el país arder. Esta es mi experiencia en el paro nacional del 5 de mayo.

 

Escribe / Natalia Ángel Soto – Ilustra / Stella Maris

 “El que sale a marchar no va sino a dar “pantalla” creyendo que hace algo por el país, pero en realidad es mero visaje”, dijo un amigo –o por lo menos así lo consideraba–como respuesta a mi invitación de ir a marchar el 5 de mayo.

A las 7 a.m. me levanté ese miércoles para alistarme, pues me esperaba una larga marcha –no tan larga como las que asistí en el paro del 2018, pero aun así, el recorrido no era una vuelta a la esquina cotidiana–. La diferencia de esta era el motivo: no marchaba por la educación, ni el trabajo ni contra la reforma, sino algo más importante, por las vidas que nos están arrebatando quienes juraron protegerlas. Empaqué mis cosas: mi cámara por si lograba captar alguna imagen digna de revista, una bandera de Colombia, un tapabocas de sobra –porque no podemos olvidarnos del enemigo microscópico pese a que haya dejado de ser el protagonista–, un tarro de agua y, por si las moscas, uno de leche.

Fotografía / AraInfo

Es perturbador el sentimiento de dejar la casa, y más aún cuando mi madre al verme en “modo marcha” me implora que no quiere que esta sea la última vez que le digo adiós. Trato de calmarla, el drama es un poco innecesario, pero por dentro el miedo inunda mis entrañas, ya que soy consciente de que mi estatus de El Poblado no puede protegerme en estas situaciones. Aquí nos están matando. Aunque suene a ficción, la realidad es un poco más dura.

No mentía Rubén Blades al preguntar “¿A dónde van los desaparecidos?” y que la respuesta fuese: “busca en el agua y en los matorrales”. Una inocente canción que predijo los acontecimientos actuales.

“Me han llegado vídeos extremadamente dolorosos sobre cuerpos hallados en ríos. Lo que temíamos empieza a suceder y me duele el alma”, dijo en su cuenta de Twitter la concejala de Cali, Ana Erazo. Convenciéndome de que esa realidad es mucho más alejada y con la esperanza de que los paisas fuéramos un poco más pacíficos, tomé mi aprovisionamiento y emprendí mi camino.

Comunidad LGTBI se suma a las jornadas del Paro Nacional. Fotografía / Archivo

En las profundidades de la selva

Cuando las paredes del Metro empiezan a retumbar dentro del vagón y la vibra de revolución recorre por la sangre, sabes que ya vas llegando. La voz anuncia que el tren se acerca a la Estación Universidad, miras al frente y ves a aquella típica feminista: pañuelo morado colgado al cuello, cabeza rapada a un lado y piercing en la nariz. Volteas a la izquierda y te encuentras frente a frente con el metalero de siempre, pelo largo hasta los hombros, uno que otro tatuaje que haga referencia a un elemento anarquista, camisa negra que escasamente ha sido lavada en días anteriores y un aroma a marihuana que apesta cuando te pasa por el costado. No faltan los estudiantes, protagonistas de la lucha, los uniformes de Ciencias de la Salud de la Universidad de Antioquia, azules o verdes, con esos tonos característicos, adornan la multitud como un arco iris, con una gama de colores que vibran y adornan el interior del vagón y luego estoy yo, una pequeña estudiante de la Universidad EAFIT, que aunque sea de baja de estatura, su potencia casi que rebosa sus estructuras anatómicas y quiere hacerse notar. Al fin y al cabo, no importa si eres provida, travesti, estudiante o desempleado, rico o pobre, todos estamos allí por una causa común en la que convergemos de corazón y sin barreras.

Al bajar las escaleras del lugar, también desciende consigo el sentimiento del privilegio, enfrascado por la burbuja de superioridad que, de cierta manera, el vivir en el sur de la ciudad le confiere a una reducida mayoría que, claramente, no suele frecuentar esos lares.

El verdadero show empieza al dar el primer paso fuera de los establecimientos del sistema de transporte pues, tal como en una selva, resuenan tambores, gritos y alaridos, se siente una dinámica de prisa y abatimiento que obliga a cada quien tener que sobrevivir por su cuenta; como en el reino animal, presa y cazador al mismo tiempo. Los oriundos de la zona están siempre atentos a la llegada de nuevas presas y los vendedores ambulantes van de manera veloz en busca de compradores dispuestos a caer en sus ofertas.

“Niña, vea, para que apoye la lucha a todo pulmón le vendo el pito”, decía el primero al verme con la bandera de Colombia en el cuello.

“Cerveza revolucionaria”, gritaba el segundo no muy lejos de allí.

“Cripa, cripa”, susurraba disimuladamente un hombre por nuestras espaldas, ofreciendo una sustancia que a muchos les complementa su temperamento de vándalos, como los suelen llamar.

“No a la reforma tributaria”, rezaba un cartel pegado en el carrito de un comerciante que cruzaba la calle que da paso al Parque de la Resistencia, llamado antes Parque de los Deseos.

Que no se diga que las manifestaciones no son multicoloridas, estrambóticas y que los cambios sociales en la protesta necesitan también del mundano mercadeo, de la oferta y la demanda.

“Renombrar un espacio como espacio de resistencia es una apuesta política muy interesante y es muy importante para la movilización social. Primero, es apropiarse de un espacio público de otra manera y, segundo, da cuenta de una resistencia, de una propuesta, de una militancia que permite configurar otras resistencias, otros puntos de encuentro, otros puntos de referencia”, manifestó Diana Lucía Ochoa, docente e investigadora de la Universidad de Antioquia, que no puede estar más en lo cierto.

Pasar del término “deseos” –algo utópico, soñador e inalcanzable– a “resistencia” le da fortaleza al espacio que ha sido testigo de grandes luchas de un país guerrero, se resiste porque se es fuerte y se tiene el poder de cambiar una sociedad más que de imaginarla. Y esas cientos de conciencias e inconformidades gritando, bailando, preparándose para la marcha, demostraba que resistir era un verbo conjugado en presente para seguir en futuro.

El río de gente llena, ebulle el lugar, en la selva hay que escabullirse para encontrar refugio así que perseguimos a nuestra propia presa: la música. Susana Boreal era la reina de la manada y todos nosotros sus súbditos. Ella, con la sonrisa de oreja a oreja pero de traje negro invocando la seriedad del asunto, se robaba las miradas y las almas mientras dirigía su orquesta con movimientos sublimes que encantaban las cuerdas de todos los instrumentos presentes y su batuta era la mejor arma para ganar la guerra.

“Cada día me convenzo más que el arte es un medio importantísimo para manifestarnos, así como un refugio físico y mental. Los artistas somos importantes, valemos mucho en la sociedad”, publicó Susana en su cuenta de Twitter, después de que aquel discurso carente de palabras fuera lo que le demostró al país que la marcha pacífica sí está presente y que –como gritábamos miles de voces que se encontraban en una sola– “El pueblo unido jamás será vencido”.

“Nos quitaron tanto que nos quitaron el miedo” resalta un cartel de manifestante. Fotografía / Cortesía.

El recorrido inició a eso de las 11 de la mañana y emprendió camino hacia el norte de la ciudad. Se dirigió por la avenida Carabobo, luego por la calle 67 hacia la Universidad Nacional. Muchos imaginaban las marchas como situaciones agobiantes, llenas de explosiones y policías disparando a diestra y siniestra, pero la realidad es otra.

Allí es donde se siente el orgullo y a la vez, la desesperación de ser colombiano. Si bien una sola voz entre miles no hace la diferencia, al estar ahí, el empoderamiento se adueña del ser y los pulmones se vuelven indestructibles al son de los cantos que develan las injusticias de este país.

“Soy estudiante” dice el vozarrón colectivo y “quiero cambiar la sociedad”, le responde la horda. La masa de jóvenes que se encuentran en las calles es vigorosa y aquella llamada “generación de cristal” ha demostrado ser de carbón, sucia porque no le da miedo arrastrarse por las causas perdidas, pero a la vez, fuerte, capaz de convertirse, bajo la presión necesaria, en sólido diamante.

Al llegar al puente de Punto Cero, Medellín tuvo un corazón. Los tambores, los pasos y los aplausos vibraban por la resonancia que generaba la infraestructura y hacían palpitar el recinto con el flujo de gente cargada de potencia. El himno nacional nunca había sonado tan espléndido. Las paredes de cemento se estremecían con “Oh gloria inmarcesible” y nuestro acto ocasionaba que efectivamente jamás se marchitara el sueño de un país mejor.

La melodía la hacía armónica un sentimiento no precisamente de júbilo, sino de injusticia que causó que cada palabra de este himno deconstruido tuviera significado y se hiciera valer. La humanidad entera entre cadenas gemía, pero se cansó y se levantó para plantar la cara a un gobierno ruin y perverso.

La movilización terminó justo donde empezó, pero con aún más resistencia.

Nunca se acaba satisfecho. Termina uno con ganas de más. La impotencia crece como un fuego y la llama queda prendida hasta que la rutina aparta los ojos de lo que de verdad importa. Las calles se van vaciando y la noche abrazando a una ciudad dolida por las mil pisadas de furia que recibió en la jornada. Cuando en las sombras se esconden los guerreros, empieza el verdadero caos. Por eso decidí alejarme y regresar a casa antes de que se pusiera el sol. Como en la selva, los monstruos salen de noche y son inmisericordes. Con la mirada perdida en las cientos de lucecitas que adornan las montañas de la ciudad de Medellín, me pregunto si valió la pena o, por el contrario, mi amigo misántropo tenía razón al decir que una entre mil no hará el cambio.

 

Mi cambio

“Natalia, recuerda siempre marchar desde el amor y el discernimiento y nunca desde la rabia”, me comentaba una amiga después de ver mis publicaciones en Instagram de la marcha vivida. A lo que le respondí que no, que es todo lo contrario. Nos debe doler, que la cólera y la furia haga hervir la sangre, que nos incomoden las injusticias y nos saque de nuestros zapatos el hecho de que estén matando, ya sea a vándalos, no vándalos, policías, civiles o cualquier persona.

La rabia debe apoderarse de nosotros porque a punta de flores y recitar poemas no nos van a escuchar. Somos un pueblo valiente de gente que lucha el pan con las uñas, que ha sido pisoteado pero que se ha parado una y otra vez, afortunadamente hoy nos damos cuenta que está en nuestras manos la construcción de una sociedad en paz, por eso no debe haber lugar para la indiferencia, puesto que precisamente ese es el problema, un país que se hace el de la vista gorda es un pueblo que siempre será sometido.

“Tú no tienes por qué luchar porque lo has tenido todo”, dice mi familia; yo lucho porque no me ha faltado nada y por eso me siento en la responsabilidad de actuar para que los demás colombianos puedan gozar de privilegios. Sólo cuando no sean los demás quienes pongan los muertos sino nosotros nos empezará a afectar y eso es inaceptable, por ahora solo queda seguir resistiendo y acatar el consejo que alguna vez Fito Páez expresó con música: “quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”.