1coloreado

La cordillera, el sembrado, la cañada, el mundo completo envuelto en colada negra y rumorosa de llorar de chicharras, de pájaros raros y de grillos, de viento que cimbraba las rendijas entre los entablados.

Por Camilo Alzate*

Ilustraciones: Manco Constaín 

1
Van a ser casi veinte años que conocí las montañas de Corinto en el Cauca. Primero, las garrapatas. Amarillas, moradas, verdosas, azules, con formas de globitos de plastilina y ese aspecto delicioso de caramelo.

Un batallón corpulento rodeaba el culo del caballo. Gordas. Daban ganas de destriparlas, siempre nos dan ganas de cosas así. Montaba la grupa, mi hermano la silla. Cuando hicimos la trocha a pie, el caballo se adelantaba ondeando la cola para que brillaran como golosinas provocativas las bolitas de colores. Qué asco, pensó mi hermano. Siempre pensamos lo mismo. El muchacho no caminaba: escalaba. Era un animal de monte. Golpeó al caballo afanándolo por el camino rojo de barro que subía, y subía. Ni una sombra. Sólo potreros mal cuidados. Las garrapatas hinchaban de calor.

– ¡Háganle pues, niños!

Atrás quedaba una variante de la carretera Panamericana y fincas con cercos medio podridos, en trance de abandono. Antes una tanda de pueblos lamentables sobre la vía, pueblos que de madrugada son arrumes de ladrillo y tejas coloradas y cañaduzales y altas chimeneas y molinos estropeados. Pueblos que de mañanita son kioscos de hojalata y ollas grasientas donde se amacizan a tragar los camioneros que viajan a Buenaventura. Aún más atrás quedó la terminal de buses a media noche y sus televisores que, amaneciendo o anocheciendo, cacareaban la misma cantaleta sobre el proceso ocho mil. Atrás.

Eso fue atrás. Ya era mediodía y adelante se dejaba venir, parada de frente, la cordillera Central. A qué carajos subíamos, ni lo recuerdo y aunque lo recordara igual no lo escribiría. No me olvido que al muchacho de bozo famélico que esperaba cruzando el alambrado, el caballo sujetado de la brida, una peinilla, sombrero alón y la camisa abierta hasta la cintura, le decían Arroz sin sal. Eso, no obstante, lo supimos luego.

2
En la casa cerrada de madera y zinc aprendíamos que la noche era tan noche. La cordillera, el sembrado, la cañada, el mundo completo envuelto en colada negra y rumorosa de llorar de chicharras, de pájaros raros y de grillos, de viento que cimbraba las rendijas entre los entablados. Martillaba en cierto punto de la negrura un golpe árido, de leño rajado. Podrían ser maderos que se quebraban, o más bien azotes secos, golpes sordos. Arriba. Afuera. El dueño era un campesino dicharachero que había venido de otras partes. Del Tolima, de pronto. Puso el dedo al frente donde se extiende el valle:
–¿Cuántas luces hay?
–¡No sé! ¡Son como mil!
–Muy fácil. Hay cincuenta.
–¡Imposible!
–Por eso, mijo, sin cuenta.
Soltó a reírse. “Es Cali” dijo en seguida, embobado. “Se ve cerquita, ¿no cierto?”. Cierto. Sin embargo estaba lejos, muy lejos. Hasta donde conozco sigue estando lejos. Tal vez aquella montaña sea más remota ahora de lo que fuera en ese tiempo.

Tal vez la casa no se sostenga en pie. Cali continúa allí. Las luces de la ciudad lejana, las únicas luces, titilaban derramadas en un horizonte indefinido formando manchas amarillas que acabaron aplastadas por la negrura. Adentro la señora encendió velas. Sirvieron sopa de yuca. Las noticias se movían manoteando en un diminuto televisor a blanco y negro pegado de una batería de automóvil. El proceso ocho mil. Otra toma guerrillera. Cada tanto, explicaron, mandaban recargar la batería en el pueblo.

Hoy suben tendidos de cable eléctrico que prenden bombillos en cada parcela. Suben también carreteras destapadas que los propios campesinos abrieron. En otros sitios han conseguido plantas a gasolina. Pero en el tiempo cuando estuve no llegaban las redes eléctricas, ni la gente poseía los invernaderos que hay ahora, con iluminación blanca día y noche, alumbrando parecidos a cocuyos gigantes clavados en los huecos de la montaña. No había mangueras de riego automático, ni sobraba plata para comprar insumos y abonos, ni bajaban al valle todas las semanas los camiones con esa carga prensada adentro. En esa época cultivaban en medio del monte, entre cafetales, entre plataneras. Todo era más natural. Todo era noche de noche.

En un cuarto tenían la cama armada con tablones aserrados. Dormimos. Por colchón ponían sábanas rellenas de helechos secos, entonces el tendido olía a pastizal, a sudor de vaca, gusto de tallos amargos. Mi hermano soñaba. Cuando soñamos, soñamos lo mismo.

3
La casa la levantaron con troncos y listones al pliegue de la serranía. Simples tablas ásperas las paredes. Esa casa eran varios árboles muertos. Nunca la pintaron. Detrás guardaban arrumes de leña que duraban semanas, quizá meses. Los cafetales en una hondonada, matorrales, plátano, detrás un pequeño bosque del cual emergía el nacimiento de agua. Mi hermano se asomó un rato al desfiladero profundo del otro lado. En la cuenca crecían pineras grandísimas cruzadas de pequeños derrumbes. Tierra blanca. O amarilla.

 –¡Háganle pues, niños! Vamos a encontrarnos con Gilberto.

Ese día no hubo caballo. Subimos más. Arriba quedaba la finca de don Aldemar. Los muchachos andaban con la señora moliendo café seco y tostándolo en una paila barrigona de cobre, en el patio de la finca. Sostenían y zarandeaban. La fogata ahumaba el grano. Fue en ese patio donde descubrimos que el café de verdad sabía a café, a cerrero, a salvaje, es un grano que nadie debería domesticar. Bebíamos tinto espeso de ese que recién tostaban. Don Aldemar era el viejito amable, ojiazul me parece, sombrerito de fieltro gris, camisa impecable. El rancho de puro bahareque sin revocar. Recuerdo el barro descascarillado, las cañas bravas deshilachadas sirviendo de vigas en la pared, los aperos colgados. Recuerdo las gallinas flacas y los gallos con crestas semejantes a tumores, crestas infectadas, leprosas. Arroz sin sal era hijo de don Aldemar. Un pozo verde y mohoso se estancaba al lado de la casa.

 “Es para criar pescados” dijo Arroz sin sal. No vimos nada en el fondo verde. “Qué pescados van a nadar ahí, hombre” dijo el otro.

Fue hace poco que comprendí por qué lo bautizaron Arroz sin sal. Era por cumplir turno de cocinero, “rancheros” les llaman. Los muchachos nunca cargaban manteca, ni aceite, nada que no fuera indispensable. Sudaban el arroz solamente con agua. Con ellos se acostumbró a tirar paso a lo bestia, como animal de monte, y a comerse el arroz insípido, sin cebolla, ni aceite. También cuando paraba de visita por la casa del papá Aldemar, el muchacho prefería el arroz sin sal.

Llegó Gilberto. Bigote negro y sonrisa arrugada en el bigote. “¡Qué hubo, pues!”. Gilberto era evangélico, supongo. Los adultos se perdieron a cuadrar cosas de adultos. Quedé con mi hermano jodiendo los animales del patio hasta que la mula amarrada lo voló tres metros de una patada en el pecho. “¡El niño!” gritaron “¡el niño!”. El tórax del niño no se rompió, de ser así nos habríamos largado inmediatamente. Pero nos quedamos un día o dos. “Mejor no caminar de noche” dijeron. Mejor no.  Ahí fue cuando le preguntamos a Arroz sin sal sobre el río. Siempre queremos ir al río, a cualquiera.

 –Es bajando al otro lado. ¿No escucharon como un traqueteo que sale de por allá?
–No. Nada.
–Allá es que van a grabar lo de los Hombres de honor, el programa de los soldados que pelean con los muchachos.

Era una serie que pasaban en el Canal 1 por las tardes. Los soldados ganaban todos los capítulos. Cuando bajamos al río con la niña de la finca cruzamos la hacienda. Los corrales vacíos eran ruinas sin vacas. Los estacones se los llevaron o los quemaron o se cayeron. No sé. Por las puertas abiertas veía cosas regadas. No preguntamos, ella habló: “acá no vive nadie”. Se fueron y dejaron la cosecha de mangos perdiéndose sin recogerlos, pensé. Mi hermano pensó igual. Siempre pensamos lo mismo. El agua bajaba fría y torrentosa. Ella se metió desnuda al chorro. A los lados crecía monte, troncos derribados valían de puentes. De pronto si escuchamos un traqueteo. De pronto sí, sólo que no nos acordamos.

4
Antes de despedirnos nos llamaron de la casa de bahareque. En una de las piezas guardaban la remesa. Costales con café, maíz seco, fríjol. Desamarraron las cabuyas de un saco. Era un bulto de cogollos verdes y muy aromáticos, como musgo reseco y arremangado.

 – ¿Si la ven? Tóquenla.
– ¿Qué es?

El olor salía pegajoso, agradable. Había otras cosas guardadas detrás de las camas, que no vimos. Gilberto emprendió camino arriba, desde la loma voleaba la mano: “¡nos vemos, pues!”. Llevaba la risa pegada al bigote. “Yo sé que había en las camas” me dijo mi hermano una vez. Pasados los años, cuando pregunté, también me contaron. La verdad es que ese día no vimos nada que no fueran costales. Cuando él no ve, yo tampoco.

Regresábamos. El bus transitó la madrugada de los mismos pueblos lamentables. En los kioscos las fritangas se avinagraban. Ollas goteando grasa anaranjada al borde. Los mismos letreros, el valle acalorado de cañaduzales y los camiones parqueados en cualquier cuneta y las bodegas con charcos de aceite. Suciedad. Con mi hermano oriné en una botella de gaseosa vacía, que arrojamos por la ventanilla del bus a toda velocidad. Retorciéndonos de la risa, celebrábamos el segundo en que el cristal estalló contra la oscuridad reventando el pavimento en una explosión de vidrio y orines. Siempre es igual. Siempre nos reímos de las mismas bobadas.

2coloreado

La casa la levantaron con troncos y listones al pliegue de la serranía. Simples tablas ásperas las paredes. Esa casa eran varios árboles muertos. Nunca la pintaron. Detrás dejaban arrumes de leña que duraban semanas, quizá meses.

*Este texto fue publicado originalmente en La crónica del Quindío.