Ronald Christ entrevistó para la Paris Review a Jorge Luis Borges en julio de 1966, en la oficina de la Biblioteca Nacional de la cual era el director. La entrevista fue publicada en la citada revista (edición 40 de invierno-primavera de 1967). Ronald Christ enfatizaba que la entrevista había intentado preservar la cualidad coloquial del inglés hablado de Borges, como un luminoso contraste con sus escritos y una revelación de su intimidad con un lenguaje que ha figurado de forma tan importante en el desarrollo de sus escritos.

Entre las cosas que llamaron su atención en la oficina estaban los oníricos grabados de Piranesi; así como los certificados académicos y citas literarias, demasiado lejos y tan altas como para ser fácilmente leídas, como si colgaran con timidez

Borges con el globo terráqueo que adornaba su escritorio en la Biblioteca Nacional argentina. Al fondo, en la pared, uno de los grabados de Piranesi. Foto / Archivo

Traducción por Carlos Alberto Villegas Uribe
En la esquina opuesta de la oficina habían dos grandes estanterías giratorias que contenían, según le explicó su secretaria, la señorita Susana Quintero, libros que Borges consultaba con frecuencia, todos colocados en un cierto orden, nunca variado para que Borges, quien estaba casi ciego, pudiera encontrarlos por posición y tamaño.

Los diccionarios, por ejemplo, estaban colocados juntos, entre ellos, una muy usada y fuertemente empastada copia del Webster’s Encyclopedic Dictionary of the English Language, un igualmente muy usado diccionario anglosajón.

Entre otros volúmenes, que variaban desde libros en alemán e Inglés sobre teología y filosofía a historia y literatura, estaba, completa, la Pelican Guide to English Literature, los poemas de Cátulo, la Modern Library’s Selected Writings de Francis Bacon, The Poetic Edda de Hollander; Geometry of Four Dimensions de Forsyth y varios volúmenes de Harrap’s English Classics; The Conspiracy of Pontiac de Parkman y la edición Chambers de Beowulf.

Sobre la chimenea había un retrato ampliado de Borges y cuando le pregunté sobre la imagen a la señorita Quintero, ella respondió: “No importa, esta es una reproducción de otra pintura”. Esta respuesta se me antojó un no intencional eco de un básico tema borgesiano.
Los grabados del artista italiano Piranesi sumergían la oficina en una atmósfera fantástica, “hecho que agravaba de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad” y magnificaban la calidad literaria del entrevistado.

Piranesi no sólo fue el despertar de la ingeniería de las antiguas construcciones sino también el despertar de los aspectos poéticos de las ruinas a partir de su experiencia en Venecia.

Uno de los rasgos característicos del trabajo de Piranesi está basado en la interpretación de la antigüedad clásica sumada a su imaginación, lo que incrementan la originalidad de su trabajo. Las ruinas de Piranesi me evocaron el antológico cuento El inmortal y recordé varios párrafos recurrentemente leídos en el libro El Aleph.

(…)

en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del Golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y devoraran serpientes.

(…)

En el fondo de un corredor, un no previsto muro me cerró el paso, una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de cielo tan azul que pudo parecerme de púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrágalos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad.

El escritor junto a una pared repleta de libros en la biblioteca que dirigió entre 1955 y 1973, cuando se jubiló. Foto / Archivo.

II

Según contó la señorita Quintero: “Recientemente, Borges ha estado ‘leyendo’ The American Heritage Picture History of the Civil War, y en las noches, justo antes de marcharse a su casa, donde su madre. quien tiene noventa años, le ‘lee’ en voz alta The Life of Mahomet de Washington Irving”.
Cada día, en el atardecer, Borges llega a la biblioteca donde acostumbra a dictar cartas y poemas las cuales la señorita Quintero mecanografía y le relee. Siguiendo sus revisiones ella hace dos, tres y, a veces, cuatro copias de cada poema antes que Borges esté satisfecho.
Algunas tardes ella le lee y él le corrige cuidadosamente su pronunciación del inglés. Ocasionalmente, cuando desea pensar, Borges deja su oficina y hace lentos círculos en torno a la rotonda de la biblioteca, muy altos los lectores y debajo las mesas. “Pero él no es siempre serio”, dice preocupada (confirmando lo que uno podría esperar por sus escritos). “Siempre bromea, hace pequeñas bromas”.
Cuando Borges entra a la biblioteca vistiendo una boina y una bufanda de pana, gris oscura, colgando cómodamente desde sus espaldas y cayendo sobre sus zapatos, todos paran de conversar un momento, pausando quizás por respeto, probablemente por un empático titubeo ante un hombre quien no es enteramente ciego.

Su caminar es tentativo y lleva un bastón, el cual usa como una vara de zahorí. Él es corto, con cabello que luce ligeramente irreal por la forma que crece desde su cabeza. Sus rasgos son vagos, suavizados por la edad, parcialmente borrados por la palidez de su piel. Su voz también es átona, casi un zumbido, que en apariencia, posiblemente por la desenfocada expresión de sus ojos, parece provenir de otra persona detrás del rostro; sus gestos y expresiones son letárgicas –características éstas de la caída involuntaria de un párpado–. Pero cuando ríe –y ríe con frecuencia– sus arrugas parecieran realmente una marca de sus irónicas preguntas; es propenso a hacer un movimiento circular o gestos seguros con sus brazos para traer sus manos a la mesa.

Casi de sus documentos toma la forma de la pregunta retórica. Borges muestra ahora una emergente curiosidad, ahora una tímida, casi patética incredulidad. Cuando él opta por hacer algo, como contar un chiste, adopta un marcado tono dramático, su cita de una línea de Oscar Wilde haría justicia a un actor eduardiano. Su acento resiste fáciles clasificaciones. Siempre sus sentencias están vinculadas por la narrativa “y entonces” o la lógica “en consecuencia”.
Borges es tímido, retraído. Quizás borrado por sí mismo, evita declaraciones personales tanto como es posible e indirectamente responde preguntas acerca de sí mismo hablando de otros escritores, usando sus palabras y quizás sus libros como símbolo de su propio pensamiento.

A pesar de la penumbra derivada de sus fallas visuales, Borges siguió buscando sus libros por sí mismo. Fotografía / Archivo.

Como buen profesional respetuoso de su interlocutor, pido permiso para utilizar su grabadora:

-¿No tiene objeción de que grabe nuestra conversación?
Borges: No, no, prepare sus artefactos, ellos son un obstáculo, pero trataré de hablar como si no estuvieran allí. ¿De dónde vienes?
RC: De Nueva York.
B: Ah, Nueva York, yo estuve allí y me gustó mucho. Me dije: Yo hice esto: este es mi Nueva York.

RC: Quiere decir las paredes de los altas edificaciones, ¿el laberinto de calles?
B: Sí, yo paseé por sus calles –la Quinta Avenida– y me perdí, pero la gente siempre fue amable. Recuerdo haciéndole muchas preguntas acerca de mi Nueva York a un alto y tímido joven. En Texas ellos me habían dicho que debería estar temeroso en Nueva York, pero me gustó. Bueno, ¿estás listo?

RC: Sí, la grabadora ya está funcionando.
BORGES: Ahora, antes de empezar, ¿qué tipos de preguntas son?
RC: La mayoría acerca de su propio trabajo y acerca de escritores ingleses de los cuales usted ha expresado interés.
B: Ah, eso es correcto porque si usted me pregunta acerca de los jóvenes escritores contemporáneos, temo que conozco muy poco acerca de ellos. Cerca de los últimos siete años he trabajado mucho para conocer un poco acerca del inglés antiguo y el nórdico antiguo. En consecuencia, esta es una forma de estar fuera del tiempo y el espacio de Argentina, de los escritores argentinos, ¿No? Pero si yo tengo que hablarle acerca del Fragmento de Finnsburg o las elegías o la Batalla de Brunamburg

RC: ¿Le gustaría hablar acerca de eso?
B: No, no especialmente.

RC:  ¿Qué hace que decida estudiar anglosajón y nórdico antiguo?
B: Empiezo por estar muy interesado en la metáfora y entonces en algunos libros u otros –pienso en History of English Literature de Andrew Lang– leo acerca de los kennings, metáforas del inglés antiguo y una más lejana y compleja manera de la poesía nórdica antigua. Actualmente, después de varios años de estudio, no estoy muy interesado en la metáfora porque pienso que ellas fueron un agotamiento de la carne de los poetas mismos, al menos para los antiguos poetas ingleses.

RC: ¿Repetirlos qué quiere decir?
B: Repetirlos y usarlos una y otra vez y conservar en el habla la hranräd, waelräd, o “camino de la ballena” en vez de “el mar” –ese tipo de cosas–, “el océano” y “el semental del mar” en lugar de “el barco”. Tanto que decidí parar de usarlas, las metáforas, esto es; pero mientras que yo había comenzado estudiando el lenguaje ahora me siento enamorado con esto. Ahora he conformado un grupo –donde estamos cerca de seis o siete estudiantes– y estudiamos casi todos los días. Y hemos ido de lo más memorable en Beowulf, el Fragmento de Finnsburg; The Dream of the Rood; y también hemos ido hacia la prosa del Rey Alfredo. Ahora hemos empezado a aprender nórdico antiguo, el cual es bastante parecido al inglés antiguo. Quiero decir que los vocabularios no son realmente muy diferentes: el inglés antiguo está a mitad de camino entre el Bajo Alemán y el escandinavo.

RC: La literatura épica siempre le ha interesado mucho; ¿No es así?
B: Siempre, sí. hay mucha gente que va al cine y llora. Esto ha sucedido siempre. Esto me ha sucedido también. Pero nunca he llorado sobre cosas de sollozo o los episodios patéticos. Pero, por ejemplo, cuando vi las primeras películas de bandidos de Joseph von Sternberg. Recuerdo que cuando había algo épico acerca de ellos –quiero decir bandidos de Chicago muriendo con bravura– sentí que mis ojos estaban llenos de lágrimas. He sentido la poesía épica más allá que la lírica o la elegíaca. Siempre siento esto. Ahora esto podría ser, quizás, porque vengo de una estirpe militar. Mi abuelo, el Coronel Francisco Borges Lanifur, luchó en la guerra fronteriza con los indios y murió en una revolución; mi bisabuelo, el Coronel Suárez, lideró un carga de caballería peruana en una de las más grandes batallas contra los españoles; otro bisabuelo-tío mío lideró la vanguardia del ejercito de San Martín –ese tipo de cosas–. Y, bien, una de mis tatarabuelas fue hermana de Rosas. No estoy especialmente orgulloso de esa relación porque pienso en Rosas como un tipo de Perón de su tiempo, pero todavía todas esas cosas me vinculan con la historia de Argentina y también con mi idea de que un hombre tiene que tener coraje, ¿no?

Referencias
Textos traducidos y editados a partir de las siguientes fuentes:
https://www.theparisreview.org/interviews/4331/jorge-luis-borges-the-art-of-fiction-no-39-jorge-luis-borges.

https://en.m.wikipedia.org/wiki/Poetic_Edda
https://en.m.wikipedia.org/wiki/Giovanni_Battista_Piranesi
https://www.apocatastasis.com/el-inmortal-jorge-luis-borges-carthapilus.php
https://www.apocatastasis.com/la-escritura-del-dios-jorge-luis-borges.php