Todo en ella es cambio. De la arquitectura perteneciente a la colonización antioqueña, por ejemplo, apenas quedan singulares vestigios de aquellas casas con paredes de bahareque, techos con teja de barro y fachadas con balcones y aleros que resguardaban a los transeúntes tanto del sol como de la lluvia.

 FUNDACION0

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Fotos: Diego Valencia Gómez

Al frente del inhóspito vagón de ferrocarril, abandonado a unos cuantos metros de la estación que años atrás fue símbolo de progreso, se encuentra anclada una de las esculturas que rinde homenaje a los fundadores de estas fértiles tierras. El nombre: La Fundación. Su autor: Juan Carlos Javierres. Año: 2013. Y a un lado de esta, un semáforo en el cual conversan tres vendedores ambulantes que se cuentan entre sí las malas ventas del día antes de cruzar al otro lado, donde cada uno alzará la mirada para trazar mentalmente una ruta de trabajo. El lugar por el que en momentos van a dispersarse es un lugar abrazado por la historia, un lugar donde vibró la esperanza de todo un pueblo, un lugar de adioses y bienvenidas, un lugar, en fin, donde habita el cambio pero también donde habita la nostalgia.

 

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Se dice que por esta calle llegaron las primeras familias que provenían de la Villa de Robledo con el firme propósito de fundar, sobre las ruinas de la antigua Cartago, una aldea que prometía ser una zona importante para el desarrollo económico de la región. Hablo de la ciudad de Pereira: una pequeña metrópolis que se caracteriza por ser comercial, refugio de viajeros sin destino, pero, sobre todo, por ser una ciudad rodeada de jóvenes montañas donde los rastros de un pasado campesino se han ido apagando debido a la acumulación de modernas edificaciones que se levantan en los terrenos que antaño pertenecieron a los quimbayas.

Llama la atención la cantidad de cafeterías, siete, que venden ese producto insignia que en otro tiempo fue el principal motor de la economía local y la del país. Se encuentran aquí variados sabores de café extraídos de la más fina pasilla colombiana o, incluso, de los países vecinos. Algunos de estos establecimientos llevan mensajes publicitarios como: «Donde tomas el mejor café» o «Inicia y termina tu día con un rico café». De hecho, a causa de un fuerte aguacero, decidí entrar en uno de ellos para tomarme el primer tinto del día. Y, a decir verdad, mi inexperto paladar no supo distinguir si era o no pasilla: solo el amargo sabor que hizo más amena la lluvia. Supongo, entonces, que por esta razón –más la vileza de unos– gran parte del país está tomando café de baja calidad. También llama la atención el número de parqueaderos (seis) –tanto para carros como para motos– que indican el creciente aumento de vehículos en una ciudad donde sus calles generalmente son estrechas. Según informe de la oficina municipal de Tránsito, Pereira tiene 143.204 vehículos circulando. De ahí que veamos zigzagueando las motos por entre apiladas filas que en sus horas pico ocasionan oleadas de enojo. En su defecto, no es extraño que rueden zapatos, cascos y otros objetos a varios metros de estos atrevidos conductores, quienes quedan en el piso mientras acude una ambulancia en su auxilio.

FUNDACION1Pero volvamos al lugar desde donde iniciamos: la larga calle por la que han transcurrido, a través de los años, diferentes hechos significativos en relación con la cultura local. El cronista Gustavo Colorado nos habla un poco de ello: «Con el arribo del ferrocarril el 20 de julio de 1921 empiezan a llegar los primeros pianos, las primeras grabaciones de discos en acetato, las vitrolas y posteriormente las primeras películas. Es decir, fue un enorme agente de difusión cultural esa estación del ferrocarril. Por ahí salía el café y otros productos rumbo al Puerto de Buenaventura, pero a la vez llegaban toda clase de mercancías de todas partes del mundo, a saber: los libros, los tangos o, por ejemplo,las máquinas de imprenta con las que se dieron a luz los primeros periódicos. Ricardo Sánchez, un formidable cronista de esta ciudad, escribió unos bellísimos textos donde nos cuenta cómo empezó a cambiar la vida social con la llegada de los discos, las películas y el alumbrado público. Por ejemplo, las parejas ya no disponían de oscuridad para besarse, para tocarse, entonces empezaron a buscar otros lugares en donde ocultar sus rituales amatorios. Muchas de esas cosas pasan desapercibidas, pero, en su momento, este cambio de comportamiento fue tomado como una impudicia, como el peor deterioro de los principios morales». Y a la pregunta de qué es lo que más representa a la ciudad, agrega: «Por su ubicación geográfica, por haber sido un cruce de caminos donde los arrieros “descansaban” de sus épicas travesías, la ciudad paso a paso se convirtió en un punto crucial para el comercio».

Sí: esta es una ciudad que se caracteriza, desde sus orígenes, por ser comercial. Fenicia, como alguna vez la llamó el escritor Hugo Ángel Jaramillo. Distintivo que en esta calle no es ajeno a todo lo que en ella podemos encontrar: tiendas naturistas, casinos, residencias, motos, bicicletas, hoteles, droguerías, panaderías, pinturerías, cafeterías, un supermercado, venta de empanadas, artículos de bisutería, chazas de dulces, correas para relojes, almacenes de calzado, compraventas, libros, revistas, periódicos, implementos para la cocina, entre otros: como las ventas de tomate, cebolla y aguacate que se realizan ambulatoriamente en algunas de sus esquinas. Productos que antiguamente se vendían en amplias proporciones los días miércoles y sábados en la actual Plaza de Bolívar.

 

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Ahora, como sabemos, estos minúsculos mercados solo son un espectro de la abundancia. Es otro semblante, otra época que signan sobre el gris de las aceras. Don Carlos Restrepo –vendedor ambulante desde hace ocho años en esta calle– cuenta con tristeza que tanto él como sus hermanos –también vendedores ambulantes– eran jornaleros en fincas cafeteras de la región; pero que en este momento, debido a la escasez de este producto, es poco rentable vivir de esa manera.

FUNDACION3En consecuencia, la ciudad sufre una transformación: se hace sintética, ruidosa, ambulante; transita como destinataria de otras instancias en las que se desenvuelven sus nuevas dinámicas: políticas –sobre todo políticas– regidas bajo el peso que conlleva la ligereza con que se ha tomado la idea de progreso. Todo en ella es cambio. De la arquitectura perteneciente a la colonización antioqueña, por ejemplo, apenas quedan singulares vestigios de aquellas casas con paredes de bahareque, techos con teja de barro y fachadas con balcones y aleros que resguardaban a los transeúntes tanto del sol como de la lluvia. Amílcar Osorio, poeta y escritor nacido en Santa Rosa de Cabal, Risaralda, en uno de sus libros El yacente de Mantegna– menciona este mismo acaecer: «Las cosas en las ciudades de hoy cambian muy rápidamente. Ya no sostienen en uno la apariencia de la identidad; si no desaparecen del todo como objetos, sufren mutaciones tan esenciales que al reconstruirlas, después de poco tiempo, parece que nunca hubieran estado, que uno no hubiera sido».

FUNDACION5Otro hecho significativo es la ausencia de aquellos pintorescos personajes de pueblo que cada vez son más remotos. Sin embargo, al llegar a la Plaza de Bolívar, casi en las raíces de un palo de mango, podemos encontrar a uno de ellos: se trata de un hombrecillo que toca una gastada guitarra; con su mirada perdida, blanca por la ceguera, sigue el ritmo de una desconocida canción que nadie escucha ni se detiene a presenciar. Como él, otros personajes tradicionales también se congregan alrededor del famoso Bolívar desnudo: vendedores de lotería, lustrabotas e innumerables vendedores de tinto que se resisten a desaparecer entre la afanada urbe. Ellos, en últimas, son las huellas de un pasado que se resiste a olvidar los rostros que –queramos o no– son los que nos definen. Y esta calle, con sus monumentos, con sus modernas edificaciones, con su gente, con las placas que narran su joven historia, con el hedor a orines en algunas de sus aceras, a pesar de todo, pareciera seguir siendo la misma.