El candado está ahí como un corazón metálico que soporta el tiempo, el ruido de la gente, la indiferencia del clima. Una relación cerrada, igual que un espejo que devuelve la mirada y da la bienvenida al juego de encontrarse en el otro, enlazarse, ser un nudo de dos cuerdas distintas.

 

Por: Diego Firmiano

Para A, en su cumpleaños

No los vi, nadie los vio, pero ahí está como un testigo mudo de un destino sólido. Es el primer candado de los enamorados engarzado en la reja que cubre uno de los mangos del parque de Bolívar de Pereira. J y P. ¿Julián y Paola? ¿Juan y Pedro? ¿Jimena y Patricia? No lo sabemos. Sea lo que sea, ya no es extraño. Sin embargo, lo curioso, o mejor, de lo que no hay duda es de que se trata de un pacto amoroso igual que el de Step y Gin, los personajes de Federico Moccia en Tengo ganas de ti que en el puente del río Tiber, en Roma, pactan fidelidad eterna al enganchar un candado, cerrarlo y lanzar las llaves al río. Empieza el misterio, ya que AMOR invertido es ROMA.

Pero en Pereira, ellos, o aquella pareja, ¿dónde lanzó la llave? No hay río cerca. Por eso ese primer manifiesto de amor en el parque central es todo un misterio. No es necesario investigar porque acabaríamos la magia. Hay que dejar fluir esas expresiones sensibles porque esto es lo que hace que la vida cobre sentido. Amar sin más que el amor por el amor. Los grafiti están siendo borrados; las cartas escritas a mano son reemplazadas por fríos monólogos electrónicos; las flores se entregan solo en funerales y hospitales. ¿Por qué tantos miles de pereiranos juntos, pero tan distantes a la vez?, ¿feminismo radical?, ¿machismo exacerbado?, ¿sextex? O simplemente decadencia del amor. Todo sigue su curso, porque el amor es como el aire que habita dentro de los cuerpos, no fuera de ellos.

Cuánta falta hace esa actitud de diálogo del eterno bohemio de cafetín, Peter Altenberg:

Él y ella se encuentran sentados en un banco en un paseo de tilos.
Ella: ¿quiere usted besarme?
Él: Sí, señorita
Ella: ¿En la mano…?
Él: No, señorita.
Ella: ¿En la boca…?
Él: No, señorita.
Ella: ¡ay, es usted un indecente…!
Él: Quiero besarle «el borde de su vestido».
Ella palidece.

Y no ese ejemplo de caballerosidad patética de otra de sus narraciones.

Un patán mientras acompaña a una chica encantadora a su sitio después de bailar.
―Oiga, señorita, ¡a usted se lo haría!

Lúgubre. Pero así están las cosas. Muchas mujeres y poco amor. Muchos hombres y poco compromiso real. Muchos cuerpos y pocos signos del único sentimiento que nos humaniza. No es general, claro. Pues este candado de amor es una muestra de que hay un sentimiento puro encerrado con llave. Como si sus protagonistas entendieran que la pasión son dos cuerpos en un corazón o un corazón en dos almas. Básico. En un mundo lleno de monedas y billetes, amar es una revolución sin parangón. Y no se trata de interpretar los nueve significados que tiene la palabra amor en el original griego.

No.

Es algo más profundo. Es reconocer que la libertad humana enlazada a otra se condiciona esencialmente al lugar y al momento de los actos. Es llegar al medio día de la madurez sentimental, y no esperar la noche que llega, como llegarán todas las noches, hasta que llegue la inmensa noche. No hay que explicar esto, como igual no hay que pretender buscar esos dos amantes que se jugaron un acto simbólico en medio de la noche frente a las decenas de cámaras que vigilan la ciudad.

Es una pasión desbordada, igual que un ánfora que no aguanta más fluido. Sentimiento que supura ternura. ¿Son ellos fruto de un amor adultero? ¿Mancebo? ¿Un pasado infeliz que ahora ha encontrado su puerto? El candado está ahí como un corazón metálico que soporta el tiempo, el ruido de la gente, la indiferencia del clima. Una relación cerrada, igual que un espejo que devuelve la mirada y da la bienvenida al juego de encontrarse en el otro, enlazarse, ser un nudo de dos cuerdas distintas.

Callar no es bueno y este bello elemento grita. El amor silente es frío, inarticulado, se revuelve en pensamientos no pensados, palabras ausentes, fulgores estáticos. El que tiene sentimiento para sentir que sienta. Este candado en el centro de Pereira es solo un signo que solo aquellos que tengan los lentes del corazón bien puestos sabrán interpretar. Para un cerrajero, este solo será un nuevo ítem de su catálogo; para un vigilante, un seguro; para un ferretero, una venta; pero para dos corazones, esto significa un destino. Sea lo que sea, ser joven es no tener complicidad con el pasado, sino con un presente que se desliza por las manos como arena entre los dedos. Amar o no amar, esa es la cuestión.