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Cartas andinas

Su familia me recibe con amor, tanto amor que degüellan un cabrito para festejar el arribo de un “hermano”, porque, aunque tengo barba, sinónimo de ascendencia española, los Wankas ven en cada ser humano un prójimo. Me sorprende la forma de vivir tan modesta

Hablamos de varios asuntos, especialmente de ir a visitar el Huaytapallana, San Jerónimo de Tunán, el bosque Dorado y la laguna de Pacas. El primero es un volcán imponente con tapa de hielo, el segundo el poblado donde nació la legendaria Catalina Wanka, ahijada de Pizarro y conocida filántropa colonial.

Por: Diego Firmiano

He llegado al alto Perú. La lluvia matutina da la impresión de que es domingo, pero es miércoles. La entrada a Huancayo es pintoresca: casas de una sola planta con jardines, perros, gallinas, niños jugando y sandias verdes encima de los tejados.  La gente parece libre, aunque en realidad este pueblo milenario esté sujeto a esa trinidad de leyes incaicas de ama sua, ama llulla, ama cheklla (no robar, no mentir, no holgazanear).

Antes de atracar en el terminal de buses de la ciudad paso por el imponente río Mantaro, un pequeño Nilo que nace en lo alto de los Andes y desciende por varias provincias del alto Perú hasta desembocar en el Océano Pacífico.  Es un río sin bordes, lleno de una silente belleza que nunca antes e presenciado. Estoy ansioso por verlo de noche.  Perú de noche siempre me ha parecido a Egipto de noche. Un éxtasis tan antiguo y revelador.

El bus Cruz del Sur da su último suspiro como el bramido de un animal agotado y apaga sus motores. En el andén de espera está Liliana de la Cruz. Mi amiga de universidad. Una mujer de una bondad incomparable, o solo semejante a esa inocencia que conservaban los Wankas, antes que Pizarro y el Virrey Don Francisco de Toledo homogeneizaran esta cultura con las demás.  Con ella aprendí las tres leyes que gobiernan el universo, según los Incas.

Hablamos de varios asuntos, especialmente de ir a visitar el Huaytapallana, San Jerónimo de Tunán, el bosque Dorado y la laguna de Pacas. El primero es un volcán imponente con tapa de hielo, el segundo el poblado donde nació la legendaria Catalina Wanka, ahijada de Pizarro y conocida filántropa colonial. Los demás parajes son lugares mágicos como nunca se han visto otros en la tierra andina y sin nada que envidiar a la Europa nórdica, por ejemplo.

Su familia me recibe con amor, tanto amor que degüellan un cabrito para festejar el arribo de un “hermano”, porque, aunque tengo barba, sinónimo de ascendencia española, los Wankas ven en cada ser humano un prójimo. Me sorprende la forma de vivir tan modesta. Como si el tiempo no hubiera pasado su mano por esta cultura. Sin embargo, tienen un gran amor por la naturaleza, como si entendieran que no son diferente a ella. Me siento en casa.

Es un momento muy emotivo, y comparo esto con una cena “ágape”, no solo por la abundancia, sino por el cariño derrochado en cada detalle.

Preparan la mesa con papa a la huancaína como entrada, luego el cordero cocinado en su propia leche y un gran plato con maíz mote, papa chola, chuñu y una gran jarra de chicha morada. El arroz no es común en el área Andina. Sí lo conocen, pero prefieren los tubérculos que cosechan con sus propias manos y los granos, de los que se encargan los chiquillos y que obtienen como jugando. Es un momento muy emotivo, y comparo esto con una cena “ágape”, no solo por la abundancia, sino por el cariño derrochado en cada detalle.

Estar acá, en esta latitud del mundo, es no estar muy lejos de las narraciones de Enrique López Albújar, Ricardo Palma o algunos otros escritores e historiadores que escribieron del Perú pre-colonial, aquellos que describían el Alto Perú como el jardín del Edén perdido, y los hombres y mujeres como si fueran pre-adánicos.

Descanso un poco y respiro aire freso, un aire diferente al que se absorbe en la Lima cosmopolita. Luego descargo mis enseres en El Tambo, ese mismo donde el Inca Real tomaba su tiempo de aspersión cuando viajaba del centro del Tahuantinsuyo, el Cuzco, hasta el norte, su residencia en la Cajamarca de la tragedia.

Desconozco por qué la calle se llama Gabriel García Márquez, esa donde está la casa de la familia que me recibe. Pienso que es una coincidencia andina, pero me complace el lugar, un segundo piso con ventanas límpidas y grandes que dejan ver el valle de El Mantaro, especialmente las mañanas, cuando el gran Inti saluda a sus hijos, y los despierta para verlos trabajar en sus chacras, ungiendo sus ovejas y cabras, y recogiendo con amor los frutos de la Pacha mama.