Cuento lumpen / El perro de Marcela ha muerto

Esa noche, terriblemente triste y avergonzado, soñé con el chucho. Era tan vivo. Tanto, que se lanzaba encima de mi con su lengua mojada para tragarme a besos y yo, feliz, lo correteaba para verlo saltar de alegría entre los montículos del parque de mi conjunto residencial.

 

Por: Diego Firmiano

Recuerdo haber conocido un perrito, la mascota predilecta de Marcela, mi novia peruana, y que al principio no me caía bien. La razón era que lo encontraba medroso, un poco afeminado, y con un problema de alopecia, que hacía que, al comer los postres preparados en casa de mi suegra, buscara como un traumado lanas rubias en la comida. No sé cómo el chucho llegó a casa de mi novia, solo Pilar, su mamá, decía que él era un milagro de la Dios, sin explicar más, pero a mi parecía que podía ser un bocado suave para el cancerbero en el infierno.

En algún momento me confronté en la idea de que, si amaba a Marcela, debía amar también a su mascota, que curiosamente se llamaba “Marcelo”. No sé. Repensé por un tiempo la cuestión hasta que al final me convencí de que ni me restaba ni me sumaba prodigar amor a un ser vivo y peludo, que además me babeaba con amor cada vez que se subía a mi pantalón meneando su diminuta y agraciada cola.

Un día, uno de esos de visitas sentimental, me enteré de que el perro no estaba. Me sorprendió timbrar y esperar, y solo recibir a mi novia, quien me abrió lentamente la puerta como si quisiera terminar la relación. Al ingresar un silencio extraño invadía la casa y me impresionó una turba de gente que jamás había visto en mi vida.  Pensé si acaso no sería un servicio cristiano casero, y así después de mirar más, y sin respuestas, me enteré que me encontraba en lo que parecía, era, un momento fúnebre.

“Marcelo ha muerto”, dijo Marcela y me enrosqué entre hombros. Sin qué decir, mudo, la abracé para contenerla, y aunque evité preguntar, entre el cuchicheo de la sala, donde había café, caras largas y un momento sublime, se oyó decir que el chucho salió corriendo detrás de un gato y había terminado debajo de las llantas de un bus.

Me acerqué a Pilar, mi suegra, y como intuyendo mi curiosidad, agregó que ella sabía que él no me caía bien y contó como lo había traído a casa para una temporada de Navidad. Con voz suave y quebrada narró que en realidad había nacido -en sus palabras-  como “enviado de Dios”, pues era casi un aborto cuando fue rescatado de un basurero, y después de que dos gallinazos intentaron hacer de él un buen lomo para su cena.

Oía cada palabra con atención, hasta que agregó que, Carlitos, su hijo menor, antes de morir, había deseado tener una mascota, que fuera, por decirlo de alguna forma un hermanito menor. Por eso el nombre de “Marcelo”. Me sentí avergonzado. Tanto, que por un instante podía sentir que la “pelusa rubia” bajaba por las escaleras de madera del segundo piso a recibirme a la puerta y posar sus patitas tiernas en mi pantalón. Un agujero negro con dientes era el mejor lugar para depositar este sentimiento que me invadía en ese instante.

Después de la vigilia fúnebre, y al regresar a casa, me recluí en mi habitación pensando que cada animal representa algo para alguien y nadie -incluyéndome- debía, quizá, con razones, entender o no, el por qué una mascota en una casa. Pensé que más que un adorno, esos seres vivos representan un sentimiento, un principio de vida, y por qué no, un integrante más de la familia. “Marcelo” era el alter ego de Carlitos, antes que se lo llevara el cáncer a la edad de 8 años.

Esa noche, terriblemente triste y avergonzado, soñé con el chucho. Era tan vivo. Tanto, que se lanzaba encima de mi con su lengua mojada para tragarme a besos y yo, feliz, lo correteaba para verlo saltar de alegría entre los montículos del parque de mi conjunto residencial. En esa ensoñación me enternecí y como a un hijo, le extendía mis manos para arroparlo con mis brazos. De un salto comenzó a lamerme las manos y podía sentir su baboseo entre mis dedos, mientras con mi otra mano sobaba sus tres pelos a punto de desprenderse de su cuerpo frágil.

Al día siguiente, cuando desperté, tenía mis dedos mojados y metidos entre mi boca después de haberlos lamido toda la noche. Había trocitos de lagrima secas aun entre mis sabanas. Me sacudí, entré al baño, me miré al espejo, salí al centro de la ciudad y adopté un perro, el cual puse “Marcelo” en honor a esa pequeña pelusa rubia, el “Marcelo” de mi novia peruana, y el hermanito menor de Carlitos.

diegofirmiano@gmail.com