Cazando transparencias

Hasta el muerto hace daño. ¿No has visto abuelo que ahorita este riíto es una cloaca? ¡Es un eterno basurero! Si mueres no vayas a recoger tus pasos, déjalos que se los lleve la corriente. Sí, sí, ahí mueres para la eternidad: muere tu recuerdo. 

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Por: Andrés F. Yaya

Ilustración: Laura Henao

Aprender a nadar me enseñó a desconfiar de todo ¡Todo! No confío ni en las palabras, cambiantes, ¡putísimas! ¿cuántos años tendría entonces? ¿cinco? ¿seis? ¿ocho?… no lo recuerdo. La edad no importa para recordar, solo importa el hecho; sí me pongo a recordar números sé que termino con  años de más, mejor dicho, dejemos eso para después. En ese tiempo no sabía qué  hacer con mi vida, como ahorita, dejo que todo fluya, como mierda en el río ¿hacia dónde? Hacia la muerte. ¡Cómo le voy a poner rumbo a mi vida! Ella se va solita. Manrique me lo enseñó con sus versos: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”, para qué darle más vueltas al asunto. ¡Ay Manrique estás vivito y coleando! Esa vez un alienado sueño, por los caminos, los senderos, se fue al despeñadero de lo eterno.

A mi abuelo le escuché la fórmula para aprender a nadar, y he aquí: tragar  bombitas de pescados por cantidades, tragárselas crudas. No una, ni dos, ni tres, ni cuatro… de cinco hacia arriba. Me pareció fácil, no era necesario tener agallas; pero ¿qué bombitas? Bombitas decía mi abuelo: se mata el pez y se le sacan las tripas, ahí está metida, la saca y se lleva a la boca. Sacar de un lado para meter en otro, imposible no hacerlo, aunque claro, solo era para machos. -¿Y cómo las mujeres nadan, abuelo?-  y me respondía -Ah, es que así son las mujeres, como decía Virgilio: Varium et mutabile semper. Son  raritas, son pavesas que vuelan más que nosotros- . Abuelo, si tú lo dices es porque es así,  no cambio, ni desordeno tus palabras. Eso lo dejo claro.

Y así, aprender a nadar era más claro que el Cauca antes de pasar el primer muerto. Hasta el muerto hace daño ¿No has visto abuelo que ahorita este riíto es una cloaca? ¡Es un eterno basurero! Si mueres no vayas a recoger tus pasos, déjalos que se los lleve la corriente. Sí, sí ahí mueres para la eternidad: muere tu recuerdo. Olvido es olvido y el Cauca es el que ayuda a olvidar con tan solo verlo. ¡Abuelito, abuelito, no quiero pensar ahorita en tu muerte, es más, déjame morir primero, no soportaría cargar tu recuerdo de muerto, no imagino los gusanos comiéndose tu alma! Abuelito, cuando yo me muera te dejo una escoba dura, de esas de chamizos, para que barras tu cajón de recuerdos. Olvídame. Verás que yo no.

Escuché la fórmula y me fui a sacar lombrices bajo el palo de mango ¿Dónde estaban las lombrices?, bajo el palito de mango, ahí donde la tierra es húmeda, suave, negrita; y no solo lombrices sino zancudos, nubes de zancudos. Se clava la pala y rasque, clave y rasque, rasque, ¿y las lombrices? Aparecía una de vez en cuando -mírala, ahí está, cógela- cuando uno se agachaba se esfumaba, se perdía en la tierra, -¿Dónde está? La sinvergüenza se fue. ¡Vaya lombricita, tan chiquita y escapando de la muerte! Qué más da, revolquémosle su nido que tendrá que salir! ¿Y si le recitamos un poema? ¿de Manrique? Ni por el putas, es como descalabrarla de una pedrada. Primo, no digás bobadas, los versos son nosotros: efímeras bestias enfermas de tiempo. Claro, algunos eternos, como los de Manrique-.

No desviemos mucho el curso de la historia que terminamos en otro cuento. Viste abuelo, aún me desvías. ¡Ve a caminar mientras termino! …Bajé a la quebradita, limpiecita, puse la carnada y lancé el anzuelo ¿qué sigue? Esperar, esperar. En eso consiste la pesca: esperar. ¿Así de simple? Esperar y matar zancudos. ¡Qué pequeños, pero qué hambrientos! No mueva la caña, déjela quieta… va picar, quieto: picó, picó ¡Tas! ¡Tas! chapaleo. Ahí salió ese pobre animalito de las aguas, sobre el rostro, la ropa, en el cabello, aquí y allá, frías gotas de agua de tanto chapaleo.  Mira como nuestra boca nos lleva a la muerte… abuelito, estoy más cerca de ti, más cerca del mundo, más cerca de la putería que es vivir.

Y conforme iba pescando iba abriendo y comiendo, en ese orden. Sí, con exceso de  gerundios. Ese día logré tragarme con lágrimas al borde de los ojos diez bombitas, ni una más, ni una menos. El corazón se me exprimía, todo el juguito se regaba en mis adentros, me inundaba, me encharcaba. ¡Qué se lo trague! ¡Qué se pudra porque me estorba! Ya sabía nadar y lo demás me importaba un carajo. Allá lejos en esa infancia, en ese pequeño mundo, uno se agarraba de las historias. ¡Eso sí era infancia!  Ahorita, el sucio mundo se agarra de nosotros, y nosotros llevamos al miedo, el miedo al sufrimiento, el sufrimiento a la ira, la ira al odio, el odio al recuerdo, el recuerdo al olvido, el olvido al vacío, el vacío a llenarse con mierda.

 

Parte uno