El contacto directo de los millennials y una bebida de tipo ancestral crean varias incógnitas, ¿por qué sólo en este lugar?, ¿por qué la chicha y no otra bebida embriagante?, ¿por qué no se hace siempre? Pero la pregunta es mucho más sencilla: ¿Por qué?, y son muy difusas las respuestas cuando se trata de cuestionar a los mismos jóvenes, unos no se tardan y dicen “porque me gusta”, otros por un “si vienes al Chorro y no tomas chicha, es como si no hubieras venido”.

 

Por: Juan Camilo Rodríguez Gallego, Grace Paola Pulgarín Bonilla y Daniela Zapata Grisales

Un cuarto diminuto ubicado en la parte de atrás de un bar, La Bendita, hace las veces de museo de la chicha. “Los muiscas no tomaban los fermentos para estar felices, sino para rituales de ofrenda, siembra y cosecha, rituales de espíritu, por eso era llamada la bebida consciente” dice El Kacha, quien deja caer frases con doble sentido mientras narra una historia llena de maíz, dioses y corrupción: “la facua no se toma para ponerse contento, ni para ponerse borracho, la chicha da calor y sorbo a sorbo despierta los sentidos”.

La plazoleta del Chorro de Quevedo es un lugar de encuentro para los jóvenes estudiantes de las universidades cercanas al sector, escenario para muchos artistas callejeros y un llamativo para el visitante extranjero.

Este punto resguarda la historia de la capital de la República, allí se fundó Bogotá y fue el sitio propicio para que los indígenas se reunieran en momentos especiales a tomar chicha con motivo de agradecimiento y conexión. Ahora, en este mismo espacio, la chicha se vuelve a encontrar para congregar a los muchos jóvenes que día a día asisten a la plazoleta para tomarse una buena dosis de la bebida.

Mismo lugar, misma bebida, distintas razones.

La chicha es una bebida de herencia ‘muisca’ que trae consigo acontecimientos que describen su relevancia y significado en la historia, señalada durante años como la bebida ancestral y ahora patrimonio cultural inmaterial de Bogotá, al ser un factor fundamental en el proceso de construcción del sentido histórico de los ‘cundiboyacenses’. Mitos, hechos y anécdotas alrededor de este ‘elíxir’  han pasado de generación en generación y actualmente disfrutan de un lugar en la memoria de los jóvenes de la capital.
Tanta historia detrás de un granito de maíz, un fruto que ha transformado la manera de disfrutar  las actividades que llegaron a distorsionar la toma espiritual del fermento y que con el auge de la cerveza se cambió el ritual indígena, para con otro sentido emborrachar la razón.
La historia jamás contada de por qué somos como somos y no como deberíamos ser, es la frase con la que en una habitación pequeña con doce personas, don Alfredo empieza su relato. Mientras reparte sombreros por cabeza, El Kacha detalla una historia de tortura y del robo de la cultura de los ancestros de Bogotá.

“Todo inicia cuando Gonzalo Jiménez de Quesada llega aquí con la señal de la santa cruz, la espada y en el nombre del Señor, así empieza el adoctrinamiento de toda una cultura, el genocidio de todo un continente para sesgar toda forma de pensar y de sentir, ese señor Quesada, robó nuestra ancestralidad”. Don Alfredo deja ver en su rostro un gesto de indignación, se dirige hacia las vitrinas donde guarda las ‘totumas’ y saca unas cuantas, agarra una botella de chicha que tiene en una nevera pequeña al frente del mostrador de vidrio, pone su mano en la boquilla y antes de abrir la ‘facua’ pregunta: “¿Alguien sabe por qué somos como somos? El silencio permanece intacto, y entonces El Kacha explica: “la conquista trae una confusión neurolingüística y esta lengua que hablamos es prestada, una lengua concebida para anclar y así, en ese juego loco, nos tienen a todos”.

El hombre saca otras tres botella de la nevera, reparte las ‘totumas’ y empieza el ritual, la chicha se sirve y las personas de la habitación la reciben con ambas manos, toman un sorbo, la ponen debajo de la lengua y antes de que todos puedan tragarla,  Alfredo dice algo más: “el ritual se inicia con bonito pensar y corazón, cuando el sorbo se pone debajo de la lengua, la chicha entra al torrente sanguíneo y la papilas gustativas despiertan la memoria genética, nuestra ancestralidad señala saber, pensar, sentir, decir y hacer”. El Kacha sirvió tres bebidas más: ‘chirrinchi’, ‘zuque’ y ‘guarapo’, los gestos de cada una de las personas describen las sensaciones que produce el fermento.

Nos engañan con cosas que no son de acá. El Kacha cierra el ritual.

El hombre saca otras tres botella de la nevera, reparte las ‘totumas’ y empieza el ritual, la chicha se sirve y las personas de la habitación la reciben con ambas manos…

En los límites de lo legal

Se acercan las cinco de la tarde y en la esquina de la carrera segunda con calle doce, justo en el portal del callejón se ven transitar cientos de personas por el antiguo camino de piedra. Un común denominador entre los jóvenes que la ‘parchan’ en los andenes, bares o la plaza es llevar entre sus manos una botella con la típica bebida de maíz.

Cinco y treinta de la tarde, en el mismo callejón del Embudo, el número de personas casi que se triplica, el aroma a incienso es más intenso y las voces de los vendedores de chicha se escuchan casi en coro “chicha de colores, venga pruebe, degustación gratis”, ‘punkeros’ cantando en la esquina del callejón de la Brujas, una mujer ‘rasta’ trenzando el pelo de una joven, un hombre que dice ser historiador pide a súplicas 5000 pesos para comer a cambio de una historia, un grupo de turistas con guía, unos ‘pelados’ con cámara, una pareja sentada en la fuente de Quevedo como en la poltrona de la casa.

Aplausos, risas y una fuerte voz llaman la atención de los dos enamorados, la mujer señala a un grupo de personas que rodean la puerta de La Ermita ‘la capilla del humilladero’, ubicada en una esquina de la plazoleta, de allí sale un grito, un hombre que se encuentra entre la gente contando un cuento: el amor es para siempre, pero nosotros no. “Vamos a aplaudir tan alto para que todo el mundo se arrime a ver qué está pasando acá”. La pareja se acerca y se sienta junto al resto de personas que escuchan al sujeto hablar. “Soy el cuentero” se presenta y el primer chiste es sobre su nombre, Aurelio Steven; más risas, más aplausos y unas recomendaciones del cuentero antes de empezar. “Por favor a todos aquellos que fuman marihuana, no lo hagan acá, miren yo también fumo, pero cuido este espacio. Dos, si está tomando cerveza, escóndala, recuerde que el código de policía prohíbe el uso de bebidas alcohólicas en este lugar y tres, si es chicha relájese que desde que esté en bolsa no hay problema”.

En esa calle del Embudo atestada de locales con avisos y de las personas que pregonan constantemente la chicha de colores, hacen del Chorro de Quevedo el sitio propicio en el que las botellas van y vienen. En las manos de extranjeros y universitarios, este fermento de un vivo color amarillo, es ahora una combinación de colores encerrado en un recipiente de vidrio, cubierto con una bolsa de papel café o plástica y que deja entrever dos pitillos que permiten tomarla.

El código de Policía prohíbe el consumo de bebidas alcohólicas en lugares públicos, asalta una duda ¿Es ilegal entonces ingerir chicha en La Candelaria? Para la policía, la bebida no es sancionada, pues es un fermento y no cuenta como alcohol, pero ¿no son acaso la cerveza y el vino un fermento también? La chicha cuenta con un 1% de alcohol, la cerveza un 5% y el vino un 13,5%; es decir que tiene una cantidad muy baja en comparación al resto, por esta razón es más probable que muy pocas personas se embriaguen ¿Pero no hay entonces un vacío legal allí? Es fermento, tiene alcohol y emborracha ¿Por qué tan legal? Ahora bien, ¿sí es tan legal?

Anteriormente se mencionó que todas las botellas traen consigo una bolsa que las recubre, no se sabe a ciencia cierta por qué, pero en las manos de los que toman la bebida ancestral, siempre hay más que solo vidrio. La Policía Nacional dice que estos establecimientos no cuentan con el registro Invima, por tal motivo, las bolsas cumplen la función de brindarle una identificación a cada una, es decir, con las bolsas se sabe dónde fue comprada la bebida; aunque esta razón no es muy completa, pues estos envoltorios no tienen nada identitario que puedan servir para facilitar la búsqueda de su procedencia.

Por otro lado, Richard, un vendedor de chicha del lugar dice que las bolsas se utilizan para que la policía no moleste, él explica que aunque no esté contemplada en el código como bebida alcohólica, “a veces les da por molestar”.

-Pero hoy en día la chicha ya no es ilegal.

-Hoy en día sigue siendo ilegal, solo que esto es un comercio histórico.

Dos explicaciones muy distantes una de la otra, pero que en ambos casos dejan la incógnita abierta ¿Qué tan legal es la chicha? o ¿hasta dónde lo cultural permea lo ilegal?

Así como no existe un registro Invima para los chicheros, no hay censos que desde la Alcaldía Menor de La Candelaria puedan brindar. La información legal que se pueda obtener es mínima, pues de la Secretaría de Cultura y Secretaría de Turismo remiten a Secretaría de Salud, pero allí no responden.

Callejón del Embudo, uno de los sitios emblemáticos de La Candelaria. Fotografía / City TV

Madre hay solo una

Están los que ofertan todo el tiempo un precio bajo, los que hacen malabares con las botellas, los que hablan de las propiedades y los que tratan de maravillar con mitos que hay alrededor de ella; todos tienen una sola finalidad, vender la chicha. Pero antes de ellos hay una madre, un personaje místico del que pocas personas conocen, pero del que todos tienen la posibilidad de probar la calidad de su producto.

En el Chorro de Quevedo hay un nombre preciso para ese interrogante, un título que se escucha en cada local y que cada mesero o distribuidor utiliza como respuesta a la pregunta por la procedencia y la preparación de la bebida ancestral: ‘La Mamá de la Chicha’, un personaje del cual solo se conoce su seudónimo, la fachada de su local y además, se sabe que aporta una parte considerable de los más de 613.000 litros de chicha que se consumen en un fin de semana en el centro histórico de Bogotá.

Richard es uno de los vendedores que habló de ‘La Mamá de la Chicha’, uno de los malabaristas que afuera de su local practica con su kit de cócteles, con el que atrae principalmente a jóvenes. Con 24 años, estudió para ser bartender y en su vitrina demuestra lo que sabe, combina helados de diferentes sabores de licores con la tradicional chicha, con mucha destreza y con ambas manos fusiona los ingredientes y da muestras gratis en copas aguardienteras. En ellas, colores llamativos y sabores dulces que dejan las papilas gustativas saltando y con ganas de más.

¿Su sueño? Ser bartender ¿Su misión? Realizar un trabajo que lo apasiona, en donde de una manera u otra logre preservar y continuar con el legado que los ancestros de Bogotá dejaron para la ciudad, obviamente innovando, dando nuevos tintes de sabores y colores en donde lo nuevo, fresco y joven tome protagonismo.

Richard vive unas cuadras más arriba del Chorro de Quevedo, pero tiene su local en la mitad del callejón del Embudo, él es la fachada de ‘La Mamá de la Chicha”, dice que a ella no le gusta salir, que no le interesa dar entrevistas y que vende la chicha, preparada en la parte de atrás de su local, a casi todos los establecimientos del lugar. Richard da información corta, pero clara de ambas cosas, de la misteriosa ‘Mamá’ y de lo que para los jóvenes es el hecho social de la chicha, no solo vista para consumir y como excusa para una tertulia, sino a la hora de servir, de innovar y hasta de construir su propia vida con la bebida.

El contacto directo de los millennials y una bebida de tipo ancestral crean varias incógnitas, ¿por qué sólo en este lugar?, ¿por qué la chicha y no otra bebida embriagante?, ¿por qué no se hace siempre? Pero la pregunta es mucho más sencilla: ¿Por qué?, y son muy difusas las respuestas cuando se trata de cuestionar a los mismos jóvenes, unos no se tardan y dicen “porque me gusta”, otros por un “si vienes al Chorro y no tomas chicha, es como si no hubieras venido”.

Jairo Tabares, antropólogo de la Universidad de Caldas, despliega una lista de posibles formas de analizar este hecho y dos de ellas crean una división en el sentir del acto. Una es la intención de reivindicarse con el pasado, de sentir una conexión especial con las personas con las que se comparte en el momento, seguir las costumbres, la formas de ser y de vivir un espacio de la vida según los indígenas de la región.

La segunda da un contraste más político; la zona turística de La Candelaria es una de esas partes del país en donde la mano del gobierno –desde la nueva Constitución del noventa y uno– ha mostrado un interés desmedido por sacar dinero, así es que creó la adecuación de fachadas para brindar un espacio a turistas y jóvenes que solo buscan consumir la chicha y ver el lugar de los indígenas con cierto ‘morbo’, para así crear una separación entre el pasado y el presente.

Para cada pregunta resuelta hay un cuestionamiento más hacia la respuesta.

Cuántos jóvenes de Bogotá, turistas extranjeros y del mismo país llegan a las calles de La Candelaria, tal vez sin saber que son una ficha más de un sistema, y se van creando una línea divisoria entre lo que son y de dónde vienen, y de verdad cuántos jóvenes llegan y de manera espiritual buscan la forma de sentir agradecimiento y dar una conexión en conmemoración al pasado.