Lo que están optando por hacer ahora los cineclubes es dotarse de películas de dominio público, por las cuales no haya ningún inconveniente a la hora de mostrarlas a los asistentes.

cine2

Sede del Cine Club Borges en la carrera octava, entre calles 27 y 28, empezando este siglo. Un espacio que por primera vez se convirtió en lugar de peregrinación para toda una generación pereirana.

cine

Por: Juliana Andrea Acevedo Ruiz

Contar historias reúne a las personas. Así lo fue siempre, desde los pioneros guardianes del primitivo fuego. El cine empezó de esta forma, llamando la atención de un grupo de curiosos en 1895 cuando los hermanos Lumière mostraron por primera vez al mundo su invento el cinematógrafo, dando inicio a una nueva tendencia creativa con sus trabajos La salida de los obreros de los talleres Lumière, La llegada de un tren a la estación y El regador regado. Pasados 25 años, en 1920, se crean en Paris los primeros cine clubes de la historia, conformados por intelectuales y vanguardistas de la época que buscaban la generación de una crítica constructiva para el cine y de esta forma poderle exigir más contenido valorativo a lo que hoy conocemos como el séptimo arte.

Llamada desde muy temprana edad por los escenarios culturales que ofrece esta ciudad y desde siempre interesada por el cine, empecé la construcción de este texto a finales del año 2015. Mi primera fuente fue Wilson Ospina, más conocido en la ciudad como Koala,  miembro del Cine Club Borges.

Me encontré con Koala en la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP) como a las cuatro de la tarde, mientras él llegaba –nunca lo había visto– iba preparando las preguntas en una pequeña libreta. Lo llamé para avisarle que ya estaba en el punto de encuentro, la cafetería que queda junto a Ambiental y al lado de la media torta. “¿Cómo eres?”, dijo él por teléfono. “Mona”, le respondí.

Al llegar nos trasladamos a las escaleras del F o Ambiental y la conversación empezó con mi curiosidad por saber cómo fue la llegada de los cine clubes al país y cómo fue su llegada a la ciudad. Inició su charla contándome que estos espacios aparecieron porque algunas personas que estaban en otros países trajeron la idea al país, instaurándose en Colombia casi simultáneamente con su aparición en otras partes del mundo, primero llegó a Bogotá principalmente en las universidades y después se fue diseminando a otras ciudades como Cali y Medellín. La apropiación se dio principalmente por los intelectuales de mitad del siglo pasado que vieron en la figura del cine club un fortalecimiento cultural.

El primer boom en Pereira se dio más o menos en los años 70, con gran fuerza en la UTP. German Ossa, quien enseñó durante un tiempo cine en esta universidad, fue uno de los líderes del ejercicio, incentivando al enriquecimiento del discurso cinematográfico, a la generación de debates, socialización de diversas temáticas y fomento de  foros. Haciendo que el público no fuese parco frente a una proyección, sino que se empezara a dar crítica de cine.

El segundo boom sería a finales de los 80 y principios de los 90 con un relevo generacional por parte de otras personas interesadas en tomar el modelo ya existente y agregarle cosas nuevas, haciendo que el espectro se revitalizara. Fue en este momento cuando se creó el Cine Club Borges en 1994.

Las proyecciones son los viernes y sábados a las 6.45 de la tarde en el Museo de Arte que queda por la Avenida Sur. Contando con 21 años de antigüedad, buscó desde el principio tener una relación más cercana con los espectadores, formando públicos. Comprendieron que se tenía que abrir el panorama entendiendo aspectos como: la televisión, el video arte, la fotografía y la música, ya que todo esto hace parte del lenguaje audiovisual. El cine club también se preocupó “por formar para formar”, esto se refiere a que de alguna forma al ser el cine club con más recorrido en la ciudad ha apadrinado a otros cineclubes para que puedan surgir y mantenerse.

Wilson tiene un ritmo especial en su maneraa de hablar que atrapa al interlocutor, su léxico y tonalidad eran relajadas y mientras fumaba y me contaba sobre todo esto no dejaba de sonreír; ya había pasado una hora, la despedida estuvo acompañada de un abrazo, Koala es delgado y alto, yo diría que sigue siendo un muchacho peludo y rebelde  a pesar de esos cabellos cortos y grises que se están apoderando de su cabeza.

Días después me reuní con Fausto Velasco Torres, líder de uno de los cine clubes de la UTP, llamado Séptimo Libro, entré a su oficina y me encontré con un hombre de mediana edad que respondía a una llamada telefónica de negocios detrás de un escritorio y un computador. A su lado un muchacho que después sería presentado como su hermano menor, cuando estuve sentada en frente de Fausto me fijé en que él y su hermano tenían ojos verdes. Una señora que estaba haciendo el aseo en la oficina se acercó a mi ofreciéndome café, a lo que accedí con un “por favor”.

Séptimo Libro empezó su recorrido en 1998 con la dirección de Diana Aristizábal y Alexandra Ramírez. Con gestión de estas dos encargadas se consiguió que la universidad prestara el Auditorio Jorge Roa Martínez para los encuentros del cine club, siempre las proyecciones fueron los miércoles a las 6 de la tarde. Fausto, que se inició viendo cine en la sala de la Cámara de Comercio, llegó al cine club en el año 2002 como ayudante y en 2005 pasó a ser el líder, pues Diana y Alexandra se graduaron. Al terminar la película se generaban foros en donde los estudiantes participaban de forma activa.

Fausto hablaba y mientras movía las manos abiertamente, me distraje por un momento de lo que me decía y noté dos dibujos –más bien garabatos– que quizá le habían hecho sus hijos, si es que tiene. Volví a escuchar cuando me estaba relatando que para conseguir películas de otros lugares del mundo se dirigían a la Alianza Francesa y al Instituto Brasilero de Cultura. “Hay un lugar emblemático para nosotros, se llama Video Club Daisy, quedaba en la carrera octava entre calle 22 y 23”. Era su lugar favorito para alquilar películas de cine arte. Recordó con entusiasmo una vez que Jaime Andrés Ballesteros, miembro de Cine Club Borges, les prestó una copia de Pi, película dirigida por Aronofsky. “Jueputa, nos conseguimos una copia de Pi”, dijo eufórico,pegamos afiches como siempre, pero la respuesta a esta película fue masiva, la gente se sentaba en las escaleras, lo que es mucho pues eso no sucede hoy en ninguna sala”

Lastimosamente  este año no se ha hecho ninguna proyección. “Que el cine club esté parado no quiere decir que esté muerto”. Fausto se graduó y no le pudo seguir dedicando el mismo tiempo a Séptimo libro. “Los cine clubes necesitan mucha gestión”. Eso, sumado a la resonancia que están teniendo los derechos de autor imposibilitó el ejercicio. Unos amigos de la Universidad Nacional le contaron que el año pasado recibieron tres multas por irregularidades en los permisos de proyección, que cada una era casi de 30 millones, lo que generó un malestar.

La charla terminó al medio día, pero la reactivación del cine club quedó como una incertidumbre. Nos despedimos con un apretón de manos y salí de la oficina para llamar a Jorge Trejos.

Un día después de visitar en la oficina a Fausto me vi con Jorge, sentados en la banca de un parque bromeamos sobre el nombre de su carrera porque es un poco extenso.  “Licenciatura en comunicación e información educativa, pero creo que le van a poner Licenciatura en Tic”, dijo para cortar el tema.

Jorge me hablaría sobre Cine-xkrupulos. Este cine club está especializado en el Cine B, es un tipo de cine comercial de bajo presupuesto producido en la edad de oro de Hollywood, pero actualmente se refiere al Cine de explotación, este es un género de ficción que se basa en temáticas moralmente no aceptadas. El cine club tiene 6 años, empezó en 2009 dirigido por Jorge, pero como pasó con Séptimo libro se realizó un cambio de liderazgo por causas de salida de la universidad, realización de tesis y futura graduación. En este momento está siendo dirigido por Jhon Steven Correa.

Las proyecciones se dan todos los viernes a las 6 de la tarde en la UTP en el estudio de fotografía de la facultad de Educación, en el bloque D salón 106. Jorge  me contó que en cada proyección se hace una pequeña charla antes de ver la película, dando un acompañamiento a los espectadores, entonces si por ejemplo el tema es el canibalismo, se hablará de este y al final se le da la palabra al público.

Jorge está cargado de pasión y esto lo transmite con todo lo que dice: “Lo que diferencia a una sala comercial de un cine club es que cuando las luces se encienden las personas se van y en el cine club no, las personas se quedan”. Estos escenarios poseen un valor agregado: “La persona va y aprende, se cuestiona sobre el mundo”.

La charla fue interrumpida por la lluvia y cada quien siguió su camino y mientras se iba alejando observé su cabello largo y negro. “Peludo”, pensé.

Mi última visita sería para el cine club Sin Estudio 24 cuadros por segundo, fui hasta Santa Rosa de Cabal, a una cuadra del parque central se puede encontrar Los Próceres, un café acogedor, que ofrece diferentes espacios para sus clientes. Allí queda la sala donde se proyectan las películas. Entré al lugar el sábado 21 de noviembre y hablé con Natalia Agudelo, una joven que, atareada por la proyección de esa noche, respondió rápidamente a mis preguntas, pues coincidencialmente el cine club estaba cumpliendo dos años de existencia.

En 2011 el antiguo cine club Desparchados tuvo que suspender su actividad cultural por presión de paramilitares de la zona, lo que dejó a Santa Rosa en un limbo de inactividad cultural referente al cine. En 2013, tras el paro de la UTP, un grupo de estudiantes que no encontraban qué hacer fundaron el nuevo cine club, recibiendo ayuda del Cine Club Borges.

Un joven le pide a Natalia que entrara a la sala para empezar con la proyección, nos sonreímos mutuamente y ella se fue. Permanecí en aquel café por un rato más.

Durante la escritura del texto me encontré con el término “salas alternas” y 15 días después me reencontré con Koala en el mismo lugar de la última vez; sin rodeos le pregunté al ahora Wilson -de chaqueta de jean- sobre esas salas. Resulta que los cine clubes habían tenido hasta cierto momento un grado de ilegalidad por el tema de los Derechos de autos, entonces recordé lo que había hablado con Fausto. El Ministerio de Cultura hace unos años empezó a implementar las salas alternas, esta iniciativa le da un aire institucional a los cineclubes. Cine Mark, Cine Colombia y Royal films le han apostado a esta opción, porque si bien se presenta cine arte, las salas comerciales reconocen que aunque no vayan a ver las películas 2.000 personas a la semana son producciones cargadas de contenido y conceptualmente muy bien realizadas. El debate que se está dando en torno a esto es que en las salas alternas el espectador es pasivo, asiste, ve la película y se va, no se genera una crítica colectiva ni una exposición del pensamiento, se desfigura totalmente lo que es el cine club.

Lo que están optando por hacer ahora los cineclubes es dotarse de películas de dominio público, por las que no haya ningún inconveniente a la hora de mostrarlas a los asistentes. Wilson terminó su cigarrillo y se fue a encontrar con un estudiante.

En la ciudad hay un buen catálogo para elegir el lugar a donde se quiere ir a ver cine, diferentes a los que mencioné. En Comfamiliar de la quinta también se puede ver cine arte, otro lugar con una propuesta muy interesante es el Cine Club La Florida, tiene funciones todos los viernes a las 6.30 de la tarde y ofrece un espacio de entretenimiento para la gente del corregimiento y sus visitantes; en la Cámara de Comercio está Cine con Alma, todos los días de la semana ofrecen funciones a las 6.45 pm. A veces invitan a directores, actores o libretistas para generar encuentros dinámicos con los espectadores.

La propuesta es amplia. Es solo programarse, querer ver cine y hablar sobre él. En las salas la gente se une para soñar la historia que el proyector les está contando.