El semáforo, carrera décima con calle 17 esquina. Sofá, los muros laterales del antiguo Edificio de Rentas, aledaños a la entrada del canal de televisión regional Telecafé. Al frente, una venta de mango biche y frutas; diagonal, el edificio del centro cultural Lucy Tejada, con su paisaje gastronómico y urbano, muy urbano. A la vera, la estación del Megabús y de frente el almacén principal de la multinacional Éxito.

Encuentro en una esquina, en un semáforo que parece leer a realidad. Al frente, John Harold Giraldo; atrás, Miguel Ángel Rubio. Foto cortesía.

 

Por: Miguel Ángel Rubio O.

Los aromas no podían ser menos penetrantes. El olor a berrinche y orines demarcan un territorio habitado por seres humanos sin casa, que sobreviven en los andenes de la ciudad. Smog, que mezclado con el calor de las 2:30 de la tarde de un 11 de noviembre (época de lluvias en Pereira), determinan un aire denso, pesado, algo ensopado. El invitado, un poeta, y no de cafetín y tinto; John Harold Giraldo aceptó el reto de ser entrevistado en un semáforo, con el ruido de los carros, el murmullo de la gente, las inconstancias del clima, el paisaje de cemento…

 

ROJO

Ahora bien, creo que sí hay una tradición literaria en Pereira,

que está desde luego dada a partir de unos escritores que ha tenido,

como los que se han venido posicionando…

 

MIGUEL RUBIO: Poemas sin prisa para leer en el semáforo irrumpe en la nueva tradición literaria de Pereira, y digo nueva, porque es una tradición que se ha venido forjando poco a poco, por un grupo de poetas y escritores menores de 40 años, que empiezan a circular con sus textos a nivel nacional e internacional tanto en el formato editorial, como virtual, en blogs y redes sociales y a esto, además, sumémosle los recientes reconocimientos a dos escritores locales en los premios Simón Bolívar. ¿Cómo sientes que entra entonces tu voz poética, de brevedad, que no de simpleza, en esa nueva, si se me  permite,  tradición literaria?

JOHN HAROLD: Muchas gracias, Miguel, por este encuentro aquí en medio del pasar de carros, de personas. Aquí hay un paisaje muy característico de nuestra ciudad y estamos en un sitio hibrido. En este momento, alguien va incumpliendo una norma de tránsito: van tres en una moto, gente que sobrepasa la cebra en el carro, pero al mismo tiempo toda la particularidad de lo que este sitio desarrolla. La ciudad de Pereira es todavía muy joven, 154 años la han venido consolidando de a poquito en ciertos sectores; el cultural todavía está muy tibio, titila, como el naranja (observa el semáforo). Tenemos mucha gente interesada en que la cultura se potencie, alcance un desarrollo pleno, se puedan fortalecer procesos, aún con todas las trabas de la politiquería. Ahora bien, creo que sí hay una tradición literaria en Pereira, que está desde luego dada a partir de unos escritores que ha tenido, como los que se han venido posicionando. Una tradición favorecida por el interés personal de sus autores.

Hablamos, por ejemplo, que en términos de la brevedad, hay una persona que me parece muy llamativa, que es Julián Serna Arango, quien ha publicado alrededor de seis libros de aforismos, lo mismo hace Alfredo Abad, profesor del programa de filosofía seguidor de Cioran, Carolina Hidalgo, que también tiene una trayectoria poética, que se pudiera ubicar dentro de una generación renovadora y que con ciertos bríos va mostrando su madurez, entre muchos más; y pues bueno, el hecho de estar participando en varios escenarios fue el de atreverme también a publicar, tenía unos textos encajonados, hasta que llegó un editor que me dijo, publica, y así lo hice, que es Ángel Galeano, el dueño y gestor cultural de la Fundación Arte y Ciencia y pues me lo he pasado muy bien con este texto, porque fue también darle un poco de cincel, de pulir un poco lo que había, gracias a los esfuerzos de un grupo humano que lo fue trabajando, lo fue tejiendo, hasta que lo pudimos sacar a la versión pública.

 

MR: Contrapregunta: ¿Podemos hablar entonces de dos vertientes, en la tradición literaria de Pereira, hablas de Julián Serna, de Abad, pero también incluyes a Carolina Hidalgo, que de algún modo es una de las pioneras de la nueva tradición, aun cuando esta debería leerse en retrospectiva, es lo que podríamos llamar una tradición del presente?

JG: Sí y hay más personas. Yo pensaría que los momentos literarios dan lugar a encuentros, entre múltiples temporalidades de personas y con lo que se vive. Yo destaco mucho el trabajo de William Marín Osorio, pensaría que él es de la nueva tradición, aunque también viene de atrás publicando; también destaco la fuerza que viene cogiendo Jaime Andrés Ballesteros, con sus cuentos, sus novelas; al mismo tiempo, como una persona que acaba de cumplir 30 años y ya tiene algunos premios como Diego Alexander Vélez y otros que habría que sumar como Carlos Vicente Sánchez, Mallama, Wahider, Galeano, Giovanny Gómez, Alan, Mauricio Quintero...

Digamos que todas estas personas, igual que Rigoberto Gil (la punta del iceberg), se encuentran en una temporalidad, aunque vienen de momentos y procesos  muy distintos. Esa tradición, toda, los que participan de ella, lo que construyen es una especie de relación muy estrecha con su devenir, lo que hacen es poner en evidencia (así sea el personal) lo que ocurre en la ciudad de Pereira. Yo veo la prosa de Rigo muy juvenil, y siempre que lo leo, ahora con lo que escribió “Las cenizas de plata quemada”, me parece estar leyendo a una persona con una agudeza y una perspicacia, pero al mismo tiempo con una prosa muy memorable. Y veo en él una persona todavía muy joven en términos de la escritura.

Y de pronto leo a Carolina Hidalgo o Alexander Vélez y desde luego que renuevan, refrescan, le imprimen un sello más característico como de unos bríos, que van agarrándose y prometiendo. Y así como ellos, hay muchos otros más.

De manera que la tradición literaria en Pereira, la cultural, además, también, goza en estos momentos de un vigor que podría ser mejor, si, por ejemplo, los premios de estímulos de cultura locales concedieran becas para escritores potenciales; no para que le dieran premios al que ya tiene una obra, sino al que tiene una idea y tiene un proceso y lo pudiera pulir con un editor, con un manager, con alguien que le ayudara a avivar su ejercicio. Eso por ejemplo no existe.

Hay unos pocos talleres literarios creados en la ciudad, pero habría que crear muchos más, para darle más fuerza y solidez a todo lo que se viene constituyendo. La ciudad debería pensar en fortalecer los escritores y en crear las dinámicas para nuevos. Hace poco Gustavo Acosta me sorprendió con un trabajo de recopilar las solapas y carátulas del 2017 en Pereira y wow, hay mucho por leer. La tradición no es solo lo que fue, sino lo que se mantiene y continúa.

Lo importante no es ser o no ser

He ahí un vago dilema

La cuestión será:

Estar y pertenecer

He ahí un modo de trascendencia

 

VERDE

…en el doctorado en que estudié tuve de profesor al maestro Julián Serna

y con él una reflexión es: “menos es más”

MR: Tal vez la forma de poema breve más conocido en nuestro ámbito es el haiku; de la tradición literaria japonesa, es un poema que apuesta a la brevedad y a la contundencia y también sin ser del todo poesía, y hacías referencia a él ahora, el aforismo, pero este es más propicio a la reflexión filosófica. Cuando uno se enfrenta a Poemas sin prisa para leer en el semáforo, y el semáforo ya de por sí es un símbolo urbano bastante fuerte, uno no es capaz de saber si está frente a un aforismo, a un haiku o si es las dos cosas o cuál es tu apuesta

JG: Lo tomo como un riesgo. Este primer ejercicio poético publicado, lo que me permite es medir y tantear un poco el terreno de esa producción literaria que hay aquí, de personas críticas, que empiezan como a darle una especie de sentido.

Desde luego, el poemario contiene unas figuras que se condensan, algunas pueden ser como aforismos, en el doctorado en que estudié tuve de profesor al maestro Julián Serna, y con él una reflexión es: “menos es más”. Entonces, esa sentencia me ha llevado a pensar, como en un semáforo en el que estamos hoy se convierte en una metáfora sobre el tiempo. Eso yo creo que son los poemas míos.

Recuerdo mucho un texto, que me parece hermosísimo, del maestro Rodrigo Argüello, que se llama La ruta del deseo; son poemas muy cortos, cuya característica es que si uno fuera un beduino que está en el desierto, leerlos es como tener una gota de rocío para poder medio calmar la sed. Estos poemas míos, podrían ser una especie de invitación al arrojo, al minimalismo en términos de la vida, necesitamos así como unos chispazos, unos puentes, colgarnos de un andamio, continuar amando, y expandiéndonos. Comparto mis aventuras con los demás.

Convertido en tiempo

Dejadme ser reloj

Con el segundero marcaría

Tus pensamientos

Con el minutero tus sentires,

Y con el de las horas

Nuestras acciones.

 

  

 

NARANJA

Pienso que el poema se mueve entre la velocidad y la quietud,

porque uno piensa, vive y luego trata de aquietarse escribiendo.

MR: ¿De dónde surge la idea del título Poemas sin prisa para leer en el semáforo?

JG: El título surge en un semáforo, así como en el que estamos. Iba en el carro con mi compañera, y ahí, a veces, yo le escribo poemas a ella, mientras nos desplazamos. Pienso que el poema se mueve entre la velocidad y la quietud, porque uno razona, vive, y luego trata de aquietarse escribiendo.

Al mismo tiempo, cuando uno escribe se revoluciona, pero trata de aquietarse. Entonces, un día en un semáforo venía de un forcejeo con el editor, me pareció que esos eran poemas para leer en un semáforo; y en un semáforo pueden haber unos instantes muy particulares para poder disfrutar de unos muchachos que tiran fuego por la boca, otro que juega con machetes, otro que da saltos, o conmoverse con la pobreza de un desplazado indígena, un campesino que está solicitando un mendrugo de pan o al mismo tiempo, sacar un poco la necesidad de un pare en seco; porque uno quisiera desplazarse de manera continua y no detenerse, el semáforo es una estación obligada y convencionada; en esa obligación uno no planea en cuál semáforo hay que parar, simplemente el semáforo es un asunto casuístico. De manera que, me parece que así es un poco la vida. A veces uno quisiera que no hubiera semáforos, cuando paras resignificas ciertas cosas; en otras te arriesgas y pasas en naranja. Pero cuando te detienes, hay esta singularidad colorida, en la que a partir de tres símbolos, el verde, rojo y naranja, hay que atreverse a desarrollar una mecánica con el pensar. Entregué una serie de poemas, que hablan del amor, de la vida, de la relación con ciertas situaciones que me parecen que titilan como los colores del semáforo.

Es tan breve

El espacio en que no estás

Que te conviertes en hechicera

Y luego vienes a mí con

Tus rituales y esencias.

Continuará mañana…