“Esos años fueron muy raros, Mateo. Yo no sé. Era como la mariposa más grande de todas, pero sin alas. ¿Cómo te digo? Quería volar, volar y volar, pero no podía porque según mi mamá tenía que ser macho y jugar fútbol”. Fotografía / Ren Hang

Crizto con tacones

Crizto me da la espalda; se aplica un poco de maquillaje y viste sus altos tacones negros. Se da un vistazo para decir: “¡Pero qué marica más linda!”. Él es el Crizto perdido en las laderas de Manizales…

Por: Mateo Ortiz Giraldo

El Cristo del que les vengo a hablar no tiene cabello largo, tampoco hermoso ojos color ocre o una mirada piadosa; tampoco viste harapos ni anda entre los pobres con humildad. Del Cristo del que les hablo no es hijo de Dios, ni su madre es una Virgen; no tiene séquito de 12 apóstoles o es el salvador del mundo. El Crizto mío es con Z, una bien grande para que se note su rasgo heroico. Podría gastar cientos de líneas diciendo quién no es, pero es más sencillo delinear “quién sí  es”.

Para empezar, miremos la situación con sencillez: Crizto tiene 20 años, nació hombre en una fría camilla “pálida, fea, arrugada” como dice él; su madre, Sandra Guevara, pujó dos o tres veces y salió al mundo el niñito de tez morena y rostro arrugado. Como él cuenta, nació feo como todos los niños “lleno de grasa y sangre; siempre he sido sucio”, comenta. El doctor lo recibió. No había mula ni buey, solo un par de enfermeras. No había estrella de David, solo una mortífera lámpara sobre la cabeza sudada de su madre. No había José, ni dulce mirada, ni reyes magos, mucho menos incienso, mirra ni oro. Lo que sí había  era rechazo y una convicción profunda de creerse el hijo de una divinidad.

Como el Cristo de la Biblia, su nombre inicial no fue Crizto; ése vendría después. Su nombre de pila es Cristian González Guevara; oriundo de Cartago, Valle. Como el Crizto de la Biblia, desde su tierna infancia se sintió diferente, “dislocado, diría yo. Como si dijera este cuerpo no es mío”, para ser más precisos. Los primeros años de su infancia están guardados, bien guardados, en el último rincón de su armario; ahí están las fotos pequeño: mirada enjuta, nariz aguileña, rodillas anchas y una leve caída de la cadera; gesto de infantil distinción. “Esos años fueron muy raros, Mateo. Yo no sé. Era como la mariposa más grande de todas, pero sin alas. ¿Cómo te digo? Quería volar, volar y volar, pero no podía porque según mi mamá tenía que ser macho y jugar fútbol”, narra con cierto dejo de angustia porque, para él, la infancia fue compleja, dulce, pero compleja; como la de todos, supongo.

“Esos años fueron muy raros, Mateo. Yo no sé. Era como la mariposa más grande de todas, pero sin alas”

A esta altura usted se debe estar preguntado por qué le estoy echando todo este cuento. Es fácil: Crizto (olvidemos que alguna vez dije que se llama Cristian) una vez halló las alas que dijo le hacían falta en la infancia; voló, voló tan alto que se golpeó con la cúpula celeste y del totazo llegó con una visión: “está claro que no soy hombre, no me jodan con ese cuento; tampoco soy mujer, qué locha. Yo soy yo. Fin”, así explica su experiencia religiosa con Venus porque este Crizto tiene por madre a la diosa de la sensualidad y fertilidad. Como dice él, “que no me identifique con ningún género no significa que deje de desproveerme de sensualidad”. Desde ese día, cuando tenía 13 años, dejó de ser el otro niño asustado e inmóvil para ser, por algunos años, Estrella; digamos, la etapa previa a Crizto; la crisálida.

 

“Esos años fueron muy raros, Mateo. Yo no sé. Era como la mariposa más grande de todas, pero sin alas. ¿Cómo te digo? Quería volar, volar y volar, pero no podía porque según mi mamá tenía que ser macho y jugar fútbol”. Fotografía / Ren Hang

La Estrella del norte

Un click: lanza un beso púrpura a la cámara; otro, se abre la camisa; uno más, levanta la pierna derecha entaconada. Tres fotos, la misma persona: Estrella. Tiene 14 años, viste una camisa blanca, muy ceñida en la cintura, una falda negra hasta la rodilla, un par de tacones marrón y el cabello multicolor. La de la foto, otra de las que trata de ocultar, pero yo logro sacar en un descuido suyo, es Estrella. Puedo ver cómo era ese ser que él creó durante su adolescencia.

En aquel entonces las canciones de Lady Gaga y los diseños de Alexander McQueen eran su inspiración. Todos los días practicaba los pasos de baile de “Bad Romance” y “Dance in the dark”; además estaba haciendo sus primeras confecciones. Todo iba bien salvo porque a este Cristo tampoco lo aceptaban, todos lo tomaban por loco o loca; lo perseguían, sobre todo su familia. Lo arrinconaron y por poco logran llevarlo a la crucifixión.  Estrella sigue mirándome coqueta desde la fotografía mientras evoco ese momento de la vida de Crizto, tres años donde, como él cuenta, trató de brillar como una estrella, pero el cielo gris nocturno no lo dejó. Se apagó el astro.

Me descubre mirando las fotos; lo observo nervioso.

-Mateo, lo que pasó, pasó. Ahora soy más regio.

-Sí…Crizto, pero ya sabes…

-¿Ya sé qué?

Guardo silencio y lo miro con detenimiento.

-Esos tacones le quedaban horribles. Qué espanto.

Suelta una sonora carcajada, me arranca las fotos de la mano y las lanza a la basura. “Atrevido, me tocó trabajar como mula para comprármelos”. Le pido disculpas y recuerdo que el tema central de este texto es otro; entonces abordo el toro por los cuernos y empiezo a preguntarle por este momento y toda su construcción sobre el género.

Fotomontaje.

Crizto el danshi

Hace algunos meses el New York Times publicó un artículo acerca de los danshis, los jóvenes japoneses que no se sienten parte de uno u otro género; desbordan esos límites: usan maquillaje, tacones y esmalte. Nacieron hombres pero su apariencia andrógina, es decir, una mezcla de ambos géneros, le permite jugar a no ser nada, a estar fuera de los límites. Limites que dentro de la teoría queer (aquella que estudia al género como una construcción social y no como un hecho natural) no existen, pues para teóricos como Judith Butler, no se puede pensar en un género binario normado por los postulados heterosexuales sino, bajo una perspectiva más amplia, donde el cuerpo es libre las ataduras esquemáticas. Desde esta perspectiva estamos hablando de un cuerpo donde su habitante le da el aspecto que desee, sin miedos. Como Crizto.

-Quiero que me cuentes cómo llegaste a esta decisión.

-Como ya lo sabes, desde pequeño lo sé. Me aburren los límites y ser transexual es muy esquemático. No estoy para eso.

-¿Entonces cómo le explicas a los demás cómo te identificas?

-Primero, no tengo por qué explicar nada. Segundo, creo que lo mejor es empezar a pensar el género fuera de la caja; más libre, sin tanto lío. Un día me pongo tacones altos y falda, otro un saco formal y corbata. Me gusta jugar, soy libre desde esta perspectiva.

-O sea que no eres hombre o mujer.

-No, soy yo. Crizto. ¿para qué más?

 

Sí, para qué más. A veces los redentores, tiene tacones, uñas pintadas y corbata.

Crizto me da la espalda; se aplica un poco de maquillaje y viste sus altos tacones negros. Se da un vistazo para decir: “¡Pero qué marica más linda!”. Él es el Crizto perdido en las laderas de Manizales: no hace milagros más allá del de la libertad propia; no es santo, no quiere redimir al mundo. Solo está aquí para vivir a su manera.