Crónica carcelaria

WILMAR ABOGADO1Rato después se retira y lo deja sumido en los más profundos pensamientos. Disimula su sentimiento alentando una sonrisa ligera, que la comisura de sus labios se niega a  aflorar con dulzura.

 

Por: Norbey Cardona Patiño

Todas las mañanas un hombre joven, alto y delgado, se asoma por la chambrana de gruesos barrotes del pasillo que comunica a las celdas del segundo piso. Respira profundo y eleva una plegaria al cielo. Es el profe Wilmar Vera Zapata, baja al patio, cubierto con una manta roja a cuadros; es friolento, lleva en sus manos un libro, y un pesado bolso colgado al hombro.

Llega al centro del patio, tirita de frío a pesar de estar protegido con la calurosa manta de algodón. Levanta la mirada al infinito. El cielo está cubierto de negros nubarrones en aquel crepúsculo innegable. Abre el libro de Papillón y busca la hoja que lleva marcada con una guía, página 103 y lee: Por homicidio. Se queda estático y cierra el libro. Clava la mirada en el rústico piso cemento; se lleva la mano a la cabeza y la desliza por la calva hasta terminar en el mentón semibarbado. En su semblante se adivina la tristeza misma de la desilusión.

Alguien llama su atención y lo saca del absorto. Gira la testa y sonríe apesadumbradamente. Tiende la mano y estrechan la suya y tras un corto diálogo se encierra de nuevo en su mutismo, sobrecogedor. Súbitamente el ordenanza grita a viva voz su nombre. El profe acude a prisa. El abogado ha venido a visitarlo: Pronto tendrá audiencia. Ha sido acusado de homicidio. “No hay ninguna prueba seria contra usted. Confío en que seremos absueltos”.

Se rió de ese “seremos”, como si el defensor también estuviese prediciendo el ataque mordaz del juzgador que embiste con premura.

Rato después se retira y lo deja sumido en los más profundos pensamientos. Disimula su sentimiento alentando una sonrisa ligera, que la comisura de sus labios se niega a  aflorar con dulzura.

Una  bulla impresionante reina en el ambiente, donde todos los internos estén entregados al ocio.

El profe se sienta y se limita a leer en un rincón alejado de la muchedumbre.

Un hombre de pómulos mofletudos y rosados y aire austero lo mira distante sin permitir traslucir algún sentimiento; quien no está muy convencido de la sinceridad de sus palabras, al decir que es inocente. Que es la trama de algún inocuo.

El profe sabe que tarde que temprano estará delante de la venganza pública, ante el acusador oficial. Intimidado por las máquinas de castigo; que no tienen nada de humanas.

Esos gavilanes de pupilas intensas que no conocen del sentimiento sino del cadalso. Arrogancia embutida en la toga que encierra el alma pérfida de su ignominia funesta.

Se inclina un poco hacia adelante para sentir comodidad, a la vez que recorre con su mirada incierta y distante, el alto muro, como buscando escalinatas invisibles que lo quieran llevar hacia la libertad, ubérrima. Es la vida soñadora de los que habitan en el encierro putrefacto de la incertidumbre.

Se incorpora y se encamina hacia el caspete, donde al pasar por los comedores, unos ríen haciendo bromas a costa de un viejo, que han cogido de destrabe por su lerda forma de actuar, que mira por sus gafas retorcidas por las añadiduras de las que ha sido objeto de una manera graciosa: con asombrada perplejidad.

Aquello lo hace reaccionar y de manera perspicua, dirigiéndose a los burlescos irrisorios: dejen ustedes de fastidiar a quien es digno de respeto.

Aquellos irónicos, detienen su infame azarar y se dispersan sobrecogidos por las conducentes palabras del letrado. Se acerca al hombre pasado de años y conmisero se sienta a su lado, y rebuscando en su bolso le entrega un café y tres azúcares. Para luego incorporarse y dirigirse hacia el caspete, donde compra pandebonos que comparte con el humillado. Le sonríe mirándolo cabizbajo.

Un desdeñoso contempla aquella escena con desprecio. ¿Qué consentimiento pérfido hay en ese corazón?, se pregunta el erudito mientras esquiva la ojeada egoísta del obyecto.

Luego como el acertijo mismo del pensamiento, el hombre de aspecto orgulloso y descolorido murmura palabras incoherentes de menosprecio y se aleja basto, por entre la muchedumbre carcelaria.

Alguien juzga al otro lado de la reja, el bien acaecido. Es el representante de los derechos humanos. ¡Qué acción la del hombre valioso! Y da gracias a Dios por tan noble empeño.

De pronto un interno cruza la puerta al patio y grita de contento: me voy, me voy. Por fin la libertad ha llegado.

Hombres lo encierran en círculo felicitando al dichoso resocializado. El profe sonríe y su corazón late de alegría, y se queda a contemplar al anciano muy de cerca, nota en sus facciones arrugadas la huella de una amarga existencia.

Que al preguntar ¿qué ha sido de su vida? –contestó “la más mísera de todas”–. Quedó en silencio y desvió la mirada hacia el tumulto para no entregarla a la determinación.

Momento después se retira con una palmada de alivio en el hombro del viejo; y regresó al rincón acostumbrado. Allí se entregó a la lectura, buscando alejar el sentimiento por lo vivido.

Es entonces cuando el anhelo calla ante la más invencible de las determinaciones; y se aferra uno a ellos como sistemas de apoyo.

¡Benditos sean los libros!

Marzo 7 del 2013, 11:00 am.