Empezaron a cobrar impuestos hasta por el derecho a embalsar el río o tomarse uno una cerveza, a sacar corriendo del pueblo a quien piropeara a alguna de las ‘peladitas’ que se revolcaban con ellos, a tomar sin pagar todo cuanto les gustara de los negocios de variedades, a abrir caminos para el comercio de drogas, a procesarlas y venderlas aquí mismo, desangrando en una hemorragia imparable los raquíticos fondos del municipio, obligándonos al silencio y al miedo. O la muerte.  


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Por:  Luis Carlos Ramírez Lascarro 

Apenas pudo estar lo suficientemente lejos del pueblo para sentirse fuera de casa, pensó varias veces como sería su regreso ahora que lo habían matado, después de tantos años, de tantas amenazas que ya se creían olvidadas, incumplidas, desechadas. Mejor, después de tantas cosas buenas que habían pasado a todos en el pueblo y a pesar de las maledicencias de algunos, a pesar de nosotros mismos, venir a enterrarlo era lo de menos; en parte, aún contaba con la presencia de su cuerpo, con la coyuntura fácilmente predecible y peligrosamente descartada, con la certeza incontrovertible de que los violentos hacen con el pueblo lo que les da la puta gana y no pasa nada. A él, que había intentado atajarlos, lo atajaron.

-Hola, ¿Cómo estás? – Me preguntó E. con voz visiblemente turbada.

-Bien, trabajando- respondí intrigado, sin sospechar la causa de su turbación.

Ella lo conocía hace varios años a causa de varias campañas políticas y el acompañamiento que le había hecho su ‘madrecita’ desde los años de la aventura universitaria con el Movimiento Ciudadano. Lo consideraba su amigo. Le dolía tener que decírselo, pero por la relación que tuvieron se sintió obligada a hacerlo.

 -Mataron a tu tío-, me dijo, guardando un silencio que aún hoy no sé si era para esperar mi reacción, o para pasar el torozón que adiviné en su garganta por la dificultad con que le salieron las palabras “lo sien…to…”.

La frase se fue terminando en el aire mientras colgaba el teléfono y soltaba un puñetazo contra su escritorio. No sintió rabia, sintió impotencia y pensó en su familia y el peligro que pudieran correr, que podrían estar corriendo y que podría correr cuando volviera. ¿Tendrían que irse definitivamente para complacerlos? ¿Acabar de desarraigarse de una vez por todas?

***

Una cruz al borde de un camino perdido de las montañas (no sé bien si de Antioquia o aún Caldas). La extensión frecuentemente solitaria y abandonada de sus brazos abarcan, casi siempre, dos fechas que en sí mismas no son nada para la mayoría, ni  para mí (desorientado, desamparado) que me voy dejando arrastrar a garabatear una de estas cruces en el punto donde confinan los ríos de la vida y la eternidad, ni siquiera sabiendo que más allá de sus guarismos a veces deformes, con una de esas escuetas fechas, una vida terminaba. A veces alguno de los viajantes (si todavía la fuerza de la costumbre no le ha adormecido la capacidad de sorprenderse) se pregunta si la causa fue un accidente o un asesinato: la mayoría prefiere escoger la primera variable para no dejarse alcanzar por el escalofrío que traen consigo todas las posibilidades retorcidas que da la posibilidad del asesinato. Da menos miedo morir en un accidente que asesinado.

¿Qué hubo en su camino del vientre a la tumba? Sabe que lo están reanimando, cómo no, siendo médico. El pulso, leve, no es suficiente para mantenerlo conectado a su sonrisa: no puede moverse, ni lo intenta siquiera, en principio aturdido, no siente la mecedora momposina mecerse bajo el peso de sus nalgas y su espalda ancha y fuerte, tampoco el rodar de sus gafas hasta sus pies, el flaquear de sus piernas largas manchándose con su propia sangre. Unas manos ajenas troncharon su ramaje. Oye ruidos. ¿Te habrás detenido a preguntarte por el curso que habrían tomado las cosas sino hubieras apretado el gatillo?¿Qué he de saber de ti embajador plenipotenciario de la infamia, canciller absoluto del miedo y el olvido, mandadero estúpido de la muerte? Pobrecito.

Luego de las 06:30 de la tarde del pasado veintiséis de abril, sucedieron unas setenta y dos horas en las que la realidad me desbordó como en ningún otro momento de mi vida lo había hecho. Incluso superó al de mi iniciación en las artes sobrecogedoras del sexo y en los abruptos territorios del despecho: el cariño manifiesto de tanta gente (no se pueden encontrar maneras de retribuir esa compañía, esa solidaridad) que se configuró en un bálsamo en medio de la desgracia. Su dolor, también, que recurrentemente encontraba manifestado de maneras más incontroladas, sentidas y abrumadoras que el mío, que el nuestro. Su desgarramiento.

Las imágenes que se grabaron en mi mente durante esas horas no han dejado de asaltarme en estos largos y fugaces (me perdonan la aparente contradicción) seis meses que ya se completaron: he pasado noches en las que no duermo preguntándome cosas, lamentándome de otras, incluso de haberme venido tan lejos, no haber vuelto en tanto tiempo. La imagen de su cuerpo sin él en esas cuatro tristes tablas, mi tía Ana acicalándolo por última vez, mi mano tanteando los orificios por los cuales se esfumó su risa sonora y entrañable, el río de lágrimas que caminaban alrededor de su ataúd, el calor y el sol más intenso que recuerdo, el campo santo repleto.

Se escuchó la voz de una señora pidiendo que le permitieran verlo antes de depositarlo en el nicho, había oído hablar de su bondad y su entrega y no se podía permitir no conocerlo así el ya no pudiera abrazarla, besarle la frente, escucharla y, muy seguramente, no dejarla salir de su presencia con las manos vacías. Fue atronador, retumbó en mis sienes de tal manera que debí bajarme de la bóveda en la que estaba viendo la llegada a su tumba para evitar caerme, la vista se me nubló de tristeza. Sabía que ellos, mis paisanos, lo habían perdido y que les haría mucha falta y que se habían quedado sin sus gestiones y sus cualidades humanas. Me pregunto: ¿sabrán ellos, los malditos que lo mataron, el daño que nos han hecho a todos? Ojalá la vida les regale el tiempo suficiente para dilucidarlo.

Ahora que vuelva a casa, no sé, no tengo ni idea con qué me voy a encontrar: sé que no estarás, claro, ese no es el problema. El problema va a ser mi manera de asumir esa realidad: encontrarme con todas las cosas casi exactamente como las dejamos al despedirte, a no ser por la espesa y persistente película bermeja de polvo, más terca y malcriada que la mano que busca espantarla de tus recuerdos, encontrarme con nuestros amigos y también con aquellos que han fingido serlo y aún creen que les seguimos el juego, tan pendejos, con las cosas por las que soñamos y luchamos. Con tu ausencia.

Los demás se han tenido los unos a los otros para aprender a sobrellevarla, a mí me ha tocado una forma de soledad que no me ha dado espacio sino de escribir para poder hacer catarsis, pero me ha hecho falta enfrentarme a tu cama, tu hamaca, tu puesto en la mesa, tus libros, tus mochilas… ¿Me entiendes? Esa es una vaina que no tiene nombre, y sin embargo, ansío llegar a casa, para poder seguir con mi idea de contarme tu historia y contársela a mis futuros hijos y a mis sobrinos. De esa manera, quizá pueda encontrar la manera de que los demás tampoco te olviden…

Un día cualquiera, con mis sobrinos:

(bajo sus pasos decididos, incansables,

conozca, reconozca su suelo,

la cal de los huesos que murieron por tu esperanza)

la savia fresca de mis entrañas,

mi futuro hijo,

preguntará al Magdalena desértico por tus frutos abortados,

por tus flores marchitas,

por el mal que te ha venido consumiendo,

carcomiendo,

(ante la mirada impotente o cómplice de mis paisanos)

por la llaga ulcerosa que escuece hediondeces,

m e d i o c r i d a d e s.

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Mi regreso de hace seis meses fue un regreso indeseado. No fue solo volver a casa después de 19 meses, no era desandar los pasos descargando el cansancio acumulado en la distancia: era volver a esos primeros años donde emergió su figura rotunda, contundente, para protegernos frente a quienes nos hostigaban, porque él siempre estuvo defendiéndonos, defendiéndome incluso de mí mismo las veces que caí. Volver hace seis meses no era recomenzar, ¡era renunciar! Sentí rabia casi todo mi camino y todavía aún muchas veces. Eso estaba dentro del presupuesto, nena”, le dije a mi prima L. camino al terminal. “Nosotros fuimos los que creímos que ya no pasaría nada… Como no les funcionó todo el arsenal de artimañas y componendas que habían utilizado antes, la única forma que les quedaba era matarlo”. No se necesitaba una revelación divina ni artes adivinatorias para saberlo.

No sentí tristeza sino hasta que estuve en casa, hasta que percibí en el ambiente, en las respiraciones de quienes nos acompañaban la presencia abrumadora del desamparo y la impotencia.  Hasta que no vi brillar en los ojos de mi padre la tristeza y el dolor no pude aceptar que habías muerto, tío. Ni siquiera ese solitario ataúd que flotaba en medio de la multitud desconsolada que te rodeaba me había podido convencer de que estabas muerto, ni siquiera tu frente pálida que tanto acaricié, ni tus manos frías y rígidas. Fueron los rostros de nuestros amigos, de nuestros familiares, los que me convencieron de que estabas muerto y de que no voy a poder volver a contar más con tu presencia, así vengas a visitarme en mis sueños, como en ese último que te vi jugando con unos niños, en la cima de una montaña, a donde te llevó mi papá en su moto, luego de que me guiñaras un ojo.

Yo soy el que te busca bajo las marcas ineludibles del tiempo,

tras la huella indeleble de sangre,

sobre la sombra que imita tu rostro,

ante la brasa que aviva esta llaga que arde.

 

¿En qué recoveco del alma,

en qué borbollón de sangre, tú y yo, nos encontramos?

¿En qué marejada de penurias,

en qué dolor y qué lamento nos hermanamos?

 

Vuelvo a tu casa y tu tumba,

a tu alma inabarcable, cálida e indomable,

al rumor alegre de tu voz luminosa y pura,

al galopar de tu risa alimentando nuestras noches.

 

Soy yo el que te canta y te encuentra

bajo los sobacos agrios y oscuros de la muerte,

para proclamar que nos vuelve a rondar la saña,

para decir que la mierda, aún escondida, hiede.

El reflejo del sol, en la calle central del cementerio, avivado con las espermas derretidas de las velas quemadas durante la retreta en la semana santa, y que se superponen las unas a las otras, año tras año, acumulándose en una película densa, me maltrató los ojos al entrar y reconocer la tumba del único narco que ha tenido el pueblo y del cual solo quedan las historias, sus nietas despampanantes y su tumba con sus iniciales. Ya este lugar me es tan familiar pensó-, ya no me da miedo… ¿Me estaré poniendo viejo?Quizá en la noche sí me dé escalofríos todavía, habría que averiguarlo, pero antes ni en una procesión, con tanta gente, me sentía yo seguro acá.

Ahora lo único que me da miedo es que también les dé por matarme, pero acá no creo que lo hagan, ahora no, por lo menos no creo que se hayan enterado todavía de mi llegada y tampoco creo que quieran hacerlo, no creo que les represente mayor amenaza, ¿o sí?

***

Identificó la tumba sobre la cual se había trepado para ver como lo dejaban en su última morada, se dirigió a ella y luego al mausoleo familiar, si así puede decírsele al grupo de tumbas en las que reposan varios de sus familiares sin más identificación que los nombres garabateados en el cemento aún fresco, apenas enterrados, algunas de las coronas que aún permanecen desde el más reciente de sus entierros, unas flores de “abanico” sembradas a propósito de ese mismo entierro. Por lo menos eso pensó sin preocuparse en averiguarlo.

***

FOTO3Inevitablemente han vuelto a nuestras mentes los recuerdos de esos años aciagos. En la fachada de la alcaldía y en el atrio de la iglesia, aparecieron panfletos con una larga lista de paisanos que debían abandonar el pueblo en un plazo dado para no ser asesinados. Conocimos el terror, pero nunca pensamos que en verdad llegara para quedarse. Y se quedó.

Cuando se fue el último circo que había llegado al pueblo, tomaron asiento entre nosotros unos personajes que se fueron tornando atronadoramente siniestros, luego, la esperanza inicial que llegaron a insinuarnos con sus camionetas de vidrios oscuros y sus fusiles siempre insultantes, porque para muchos era una tranquilidad poder volver a dejar las gallinas en los patios, aunque usted no me lo crea y uno no lo pueda entender ahora, y andar los caminos en mitad de la noche sin el riesgo de que le quitaran a uno la bicicleta o la platica pa’l ron camino a las casetas de los otros pueblos; sin importar las muertes que esto significara.

¿Volver? ¿Para qué? Y sin embargo uno vuelve, porque aunque le duelan a uno las cosas, aunque terminaron cumpliendo sus amenazas y tenga uno la certeza indemostrable de que muchos paisanos tuvieron que ver en tu muerte. También es cierto que muchos quedaron en una especie de limbo que ya creían salvado cuando lograste tu objetivo, que también era de ellos, y te dispusiste a darles las oportunidades que otros les han negado históricamente y ahora les siguen negando, vilmente.

Pero como quien no quiere la cosa, claro, por debajito, se fueron convirtiendo en una amenaza incontrolable, alcagüetiada por los mandamases, esos putos paracos que a tantos amigos se nos llevaron con razón aparente o sin ella. Empezaron a cobrar impuestos hasta por el derecho a embalsar el río o tomarse uno una cerveza, a sacar corriendo del pueblo a quien piropeara a alguna de las peladitas que se revolcaban con ellos, a tomar sin pagar todo cuanto les gustara de los negocios de variedades, a abrir caminos para el comercio de drogas, a procesarlas y venderlas aquí mismo, desangrando en una hemorragia imparable los raquíticos fondos del municipio, obligándonos al silencio y al miedo. O la muerte.  

***

Leyó su nombre garabateado con una letra torpe, dolorida, acarició el cemento que no pudo marcar con sus propias manos y lloró. Tranquilo, sin rencor, olvidado del resto de las cosas, inmerso en una cápsula individual de espacio en la que no transcurre el tiempo y se volvió a situar frente a su ataúd, en la sala de su casa, a la voz que le contó por teléfono que lo habían matado mientras él trabajaba sin llegar siquiera a imaginarlo.

Este hombre, tan alto,

atesora la bondad en sus bolsillos.

tiene la misma altura

de pescadores y labriegos al despuntar el alba:

no sabe de artilugios ni componendas,

ni de comercios con esperanzas ajenas.

Este hombre es recto, vertical, límpido, insobornable:

sana, consuela, guía con dicha y ternura a flor de sonrisas…

 

Este hombre…

héroe fue, luchando, sin fusil y sin espada

en el campo del trabajo, no en el campo de batalla,

y, donde quiera que viva, vivirá un poco de nosotros

¡bajo la sombra, al pie, de su frondosa altura!

Dio un par de golpes sobre la pared frontal de la tumba y recordó el poema que había leído el día de sus exequias en el colegio donde él había terminado su bachillerato:

Era un árbol fuerte,

grande, frondoso, saludable.

unas manos ajenas troncharon mi ramaje,

mis raíces profundas limitaron…

Mi corteza fue herida,

mi corazón ultrajado,

mi savia esparcida,

regada al viento falaz,

mis frutos extirpados,

mis flores agostadas…

 

Soy un fantasma de mí mismo,

una caricatura de antaño.

 

Soy, un desarraigado.

***

“Terminó siendo como lo escribiste”, me había dicho papá al bajar del estrado donde hicimos los homenajes durante la cámara ardiente. “Como si prefigurara la muerte de su tío, escribió estas líneas”, dijo el director de la casa de la cultura, en los homenajes frente a la Alcaldía, refiriéndose al doctor Gaitán:

Este hombre es un pueblo: enorme, intransigente, indomable.

Tierno, vulnerable -como todos-. Vertical.

Y hoy es el último día de su telúrica esperanza:

aún no lo sabe, es cierto: miedo no es su nombre, terror no es su apellido.

La saña de la muerte se enfila, ponzoñosa, en las paredes y el vocerío de las gentes…

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Sentía una profunda rabia y arrepentimiento de haber escrito esas palabras. ¿Prefigurado su muerte? ¿Haberla convocado de alguna manera en esos versos?

Echó una mirada a las demás tumbas de sus muertos. Secó las últimas lágrimas de sus ojos con la certeza de haberse puesto al día consigo mismo, de haberle rendido el tributo que le había quedado pendiente: llorarlo. Se levantó sacudiendo la tierra seca de su pantalón y deshizo el camino en busca de las maneras de seguir sosteniendo la dignidad de sus paisanos. Cerró tras de sí las puertas del cementerio y entró, de nuevo, al aire cristalino, diáfano y refrescante de las mañanitas de diciembre.

El pueblo nunca ha podido darse cuenta con claridad cuando empezó todo y quizá solo hasta muchos años después llegue a tener conciencia de lo que vive, con la muerte apeñuscada en el cementerio y las distancias a los otros pueblos medidas por las cruces regadas en los caminos…

¡He vuelto, pueblo mío, para narrarte la decadencia en la que te has postrado!