Debido a que por lo general se pasa mucho tiempo con las mismas personas, el lenguaje se va transformando y el usuario normal adopta dichos términos casi de forma inconsciente, por ejemplo, aprendí muy pronto palabras como “terapiar”, “sopa”, tanto que en mi vida familiar me las entienden (ver diccionario canero).

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Por: Wilmar Vera Z.

Le dice un preso a otro:

–          Ese violín está como la greca

–          Uy, sí –responde el interpelado-, es que desde que se descosió se le cayó el mundo encima, le va a tocar coger el pony.

–          Va tocar llevarlo para el spa, antes, para que afine.

Traducción para profanos.

–          Ese violador está lleno de problemas

–          Uy, sí, es que desde que confesó todo se ganó al “rancho” del enemigo, tendrá que salir del patio.

–          Va a ser necesario golpearlo un poco, antes, para que escarmiente.

Toda comunidad humana tiene en el lenguaje la herramienta de localización y construcción cultural. Es este enlace el que une a los individuos y los identifica, dándoles unas características diferenciadoras del conjunto de la humanidad. La cárcel, por ejemplo, crea también unos códigos y términos que permite agilizar los mensajes y constituir una jerga viva en matices de diferencias como la que tienen los jóvenes o las profesiones.

Otro elemento que identifica al “canero” (persona encarcelada, en la “cana”) son los tatuajes, signos de una condición de excluido en la sociedad que permite escribir en la piel lo que piensa de la vida en el lado opuesto social.

 

Parlache

En la Medellín de los años 80 los lingüistas descubrieron que los muchachos de las comunas populares usaban términos para comunicar sus “vueltas”, sin que los oyentes entendieran el mensaje. A esa versión del castellano lo llamaron “parlache” y con el tiempo términos como “sisas”, “chimba” o “parcero” creados en las calles faldudas de la capital paisa, conquistaron el habla cotidiana de todo el país.

“Esa es una forma de hablar que tenemos en la cárcel, pero a veces uno la escucha en otras personas cuando sale a la calle”, dice A.P., interno acusado de hurto, quien a sus 55 años ha viajado por varias cárceles colombianas.

“Con las remisiones de presos se enriquecen los términos. Por eso podría decir que en estos lugares manejamos las mismas palabras y nos entendemos”, añadió.

Debido a que por lo general se pasa mucho tiempo con las mismas personas, el lenguaje se va transformando y el usuario normal adopta dichos términos casi de forma inconsciente, por ejemplo, aprendí muy pronto palabras como “terapiar”, “sopa”, tanto que en mi vida familiar me las entienden (ver diccionario canero).

“Como le explico profe, es que esos términos son propios de las raticas, y ¿de qué estamos rodeados?, pues de raticas”, comenta J.J., un exjíbaro que toda la vida estuvo entre consumidores y expendedores de droga.

 

Tatuajes, lenguaje de la piel

La piel es un lienzo en blanco, susceptible de ser modificado en la cárcel. Algunos, si tienen oportunidad, se hacen marcas, dibujos y textos que sirven para recordarles su etapa carcelaria en sus vidas.

Yo estaba metido en el vicio cuando me hice mi primer tatuaje. El primero fue a los 12 años, pero no me gustaban tatuajes muy endemoniados, de colores, sino sencillos. Luego me tatué una caja de marihuana porque me gustaba cargar algo de ella, cuando por fumarla no comía”, explicó P.A., condenado a 81 meses de prisión por porte de armas.

Y no fue el único que se hizo. Hoy tiene 6 tatuajes realizados en múltiples momentos de su vida, una cifra a la que le guarda agüero.

Uno debe tener número impar de tatuajes, sino le va mal, yo tuve mala suerte” añadió, inquieto por el número de las marcas que lleva su tórax y piernas. “¿Será que por eso me capturaron?”.

E.P. lleva la mitad de sus 45 años en las cárceles. Ladrón profesional, ha hecho incursiones en el hurto agravado y secuestro, aunque no se enorgullece de su pasado, sabe que la edad temprana lo empujó a hacer locuras, como tatuarse.

Nunca me ha gustado. Me parecen feos, antiestéticos y la persona que los tiene puede por solo mostrarlos, cerrársele las puertas para un trabajo”, sostuvo. Ni cuando estuvo más joven vio con buenos ojos esa actividad.

Da mala presencia y la gente asocia el tatuaje con un delincuente, con una persona que estuvo en la cárcel y a mí no me parece. Ni a mis hijos los dejo tatuarse”, destacó E.P.

A.E. tiene 27 años y 12 tatuajes. Comenzó tarde, a los 20 años, a escribir su particular forma de vida en su piel blancuzca.

“Yo si comencé tarde porque no lo tenía planeado, no tenía motivo para eso. Cuando caí preso vi el poder del acompañamiento de mi mamá y mi hermano, por eso me tatué dos estrellas en el hombro, junto al pecho, porque para mí son como una luz de esperanza que siempre van a estar ahí, donde las necesite”, sostuvo.

Su cuerpo exhibe su nombre en árabe, varias ramas como tribales, el nombre de su hijo, una camándula y el infaltable “Dios y madre”. Sin embargo, es su espalda la que llama la atención: “fue algo que me marcó, nunca se me olvidará estar con mi hermano mayor, que es sicario, viendo desde un alto el centro de Medellín, con el metro y los barrios populares. Eso me marcó a los 12 años cuando supe lo que hacía y se movía por el bajo mundo. Éramos dos bandidos y así veíamos el mundo en esa época”, sostiene, desnudando su espalda en la que, de no ser por dos tipos con casco armados en una moto, el dibujo serviría para hacerle publicidad turística a Medellín. El diseño, por lo colorido, las casas de estratificación popular, el metro y un trozo del palacio Uribe Uribe, tiene en los sucesos armados la otra cara de una ciudad condenada a padecer el flagelo del hampa y la delincuencia.

“Cuando él lo vio le gustó mucho. Aún recuerdo que él me recomendó que dejara de loquear y que no fuera como él. Pero sabe que yo lo considero un señor, que no le robaba a cualquiera, sino que me sabía mover en el bajo mundo sin curtirme. Era un pillo buena gente”.

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Una etapa más

Para los condenados, la estadía en la cárcel tiene una fecha de inicio y una de finalización. No es extraño que los más jóvenes con penas largas aprovechen su permanencia para registrar en la piel su dureza de carácter. Como el camaleón, un nuevo preso trasladado que llega con tatuajes en sus brazos o tórax demuestra que es “canero viejo”, que sabe cómo es la vida tras las rejas y no le da miedo exhibirlo ante posibles depredadores, que nunca sobran.

A  mí no me gustan, por eso no tengo. Además, en el caso particular, todavía no han inventado tinta blanca”, concluyó E.I., un morocho de piel ennegrecida a fuerza de asolear su curtida piel costeña. Su risa sonó a tomadura de pelo.

 

Breve diccionario canero

Para que percibir la “riqueza” lingüística encerrada con los presos, he aquí un breve diccionario con palabras usadas en la “cana” colombiana.

–          Angelito: Marihuana con bazuco.

–          Avalancha: Cuando alguien es atacado por un número grande de reos en el patio.

–          Blindaje: En La modelo, o La Picota, pegan a las chaquetas hojas de revista, con lo que quedan gruesas y es más difícil que entre un chuzo.

–          Bodega: Persona que se mete elementos prohibidos por el ano, para que pase en una rascada.

–          Bongo: Portacomidas, en el que lleva el almuerzo o la comida.

–          Caleta: Sitio donde esconden celulares, o droga o cualquier elemento prohibido.

–          Camarero, Llegó el tren: Preso nuevo en el patio.

–          Carro: Persona que actúa como asistente o sirviente de otro con mayor capacidad económica.

–          Casquetas, gatillos locos: Sicarios.

–          Chogüerazo: tomar un baño.

–          Chuletear, chulió: Cuando alguien muere tras un ataque.

–          Chuzo: arma corto punzante, puede ser un cuchillo o un cepillo de acrílico afilado.

–          Coco, trusqui: Teléfono celular

–          Combo: Grupo de personas que se ubican en el parche.

–          Copao: Aquel que va a pagar tantos años en la cárcel que un delito más para su prontuario no le impide seguir haciendo cosas malas.

–          De estadio: Algo grande.

–          Descoserse: Hablar, entregar algo por medio de la confesión.

–          Elevador: Persona que con una pita larga arroja elementos por otro necesitado, como celulares o droga.

–          Enrinarse: untar una sustancia que se llama rino para alargar la erección y retener la eyaculación.

–          Guayabas, moños: marihuana

–          Güiriar: tener problemas.

–          Hermanitos, hermanitas: Son los predicadores cristianos que visitan el patio a realizar sus cultos.

–          Hermano diablo o hermano fariseo: Aquellos que asisten a los cultos cristianos, solo para aparentar, pues actúan mal.

–          Jerry,  gráfaro: Pene

–          Juanas, pecadora, carramama: mujer con la que tiene sexo

–          Líchigo: Bolso terciado que en algunas cárceles sirve para llevar lo que se necesita por fuera de la celda, como los implementos de aseo, el vaso y la cuchara.

–          Maduro, madurazo: Cigarrillo de marihuana con perico

–          Mario grande: Guardianes, si es grande, son muchos. Si es Mario pequeño, son pocos y si es Mario en pañales, son auxiliares.

–          Maseta: Persona amarrada, que no suelta nada.

–          Muro, se le cayó el: que la gente del “rancho” lo tiene en un mal concepto o busca su salida abrupta.

–          Ñerito, ñero: Amigo, personas cercanas.

–          Osa: Estar enojado, iracundo.

–          Palenquero: El que cierra y abre las rejas.

–          Parche: Sitio donde se sienta o ubica el reo en un día de visita

–          Pava, emparedado: mala suerte, que todo sale mal.

–          Peluche: Vagina

–          Picao: Vanidoso

–          Pitbull: El preso más bravo del patio.

–          Ponchar, ponchado: Castigar, o pagar por una falta menor en el patio.

–          Poncherazo: Golpe que da uno, o varios en el pecho.

–          Profes: los que escriben memoriales y conocen los códigos.

–          Rancho: Personas que le colaboran al viejo a tener el patio en calma.

–          Raro, rara: El que avienta a otro, si es para ofender más, se le cambia el sexo.

–          Rascada: Revisión que hace la guardia en procura de elementos prohibidos.

–          Ratón, rata: Ladrón

–          Reminton: remisión de presos a otras cárceles.

–          Ruedas, Cuscas: Pepas

–          Sopa, sopota: Persona que come mucho. No le basta con un bongo.

–          Tabla: Bazuco

–          Tamales, bardos: Bazuco, perico.

–          Terapia: Joda o dificultad que hace la guardia con presos o visita.

–          Tombo: Guardián

–          Viejo: El que manda o “pilotea” el patio

–          Violos, violines: Acusados de violación sexual.