Cronos y viceversa

Lo imaginó muerto a tiros como el cuadro de Botero; imaginó a aquel gordo ficticio como su verdadero progenitor. Con esa imagen se volvió a dormir luego de que su madre salió del cuarto.

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Por: Andrés Agudelo*

 

La mañana que el niño conoció por fin a su padre, culminó con estrépito  la cadena de decepciones que había iniciado hacía un año su mamá cuando decidió mostrarle la foto de su matrimonio. Antes de ese día, jamás lo había visto. Aunque sabía que era militar, no lo imaginaba tan verde como aparecía en el papel, en un uniforme de gala que contrastaba casi con egoísmo con el vestido blanco sucio de su madre.

Nadie le había dicho que era flaco, moreno y largo; la imagen que tenía de él, que atesoraba en los cajones de su camarote dibujada con crayones, era la de un hombre mayor, gordo, blanco -como un cuadro de Botero que había visto en una enciclopedia- y muerto a tiros, no tan lleno de vida como el color chillón de su atuendo y las lágrimas y palabras emocionadas con las que su madre se lo presentaba.

La altivez adolescente que ostentaba su padre allí distaba con escabrosidad de la vejez pesarosa y prematura que traslucía ella, a unos días de que él se fuera; a semanas de dar a luz. Dos dobleces sepia maltratado cruzaban la fotografía de arriba abajo, justo entre sus hombros, y de izquierda a derecha, sobre sus pechos, separando con simbolismo trágico a la madre del padre, al padre del hijo y a la madre del hijo, presente en la ceremonia al interior de una barriga protuberante de nueve meses, que arruinaba la esbeltez forzosa y frágil del vestido de alquiler.

Ese fue su regalo por cumplir cuatro años. Antes, nunca le había importado que su madre no lo abrazara para dormir. Ella prefería estrujar sin consideraciones de dolor u oxígeno, entre sus piernas, a un almohadón tumoroso forrado en una camisa de su marido.

Para el niño, que ese muchacho extraño quien sostenía la mano desalentada de su madre con la satisfacción de un cazador de esclavos, y se sofocaba diminuto, cada noche, entre sus muslos descomunales, a puertas de su sexo, provocara en ella tal llanto contradictorio de alegría y tristeza, le asqueó al igual que la lujuria fatídica de las relaciones entre drogadictos.

Tal perversión deformaba el estatus bendito que hasta entonces ostentaban su madre y sus dibujos. Eso, la omisión descarada de su regalo y la humillación de tener que desear, a la fuerza, por las lágrimas de mamá, su regreso, lo hizo odiarlo. Lo imaginó muerto a tiros como el cuadro de Botero; imaginó a aquel gordo ficticio como su verdadero progenitor. Con esa imagen se volvió a dormir luego de que su madre salió del cuarto.

Cuando su padre llegó, un año después, el niño supo que su madre lo había engañado. Lo encontró en la sala, rígido y de un pálido marmóreo, con una apariencia tan impenetrable, tan inhumana, que sin las palabras introductorias de ella nada le hubiera dicho que se trataba de su padre y no de un nuevo adorno para la casa.

Se sintió engañado, pero saber sus esperanzas destruidas, que tras la figura verde y desagradable de su supuesto papá no se escondía una verdad remota que pudiera llegar querer, lo llenó aún más de ira. Una vez su madre los dejó solos, el niño se acercó al él. Lo vio desde arriba, tan redondo y lozano sobre el sofá como una parodia de sus anhelos, que, sin un vestigio de cariño, lo tomó y lo arrojó con fuerza contra el piso.

Cuando su madre entró de nuevo, Joaquín Agramonte, soldado regular de la República de Colombia, yacía esparcido por toda la habitación, cortesía del ventilador del techo.

*El correo del autor es: andres_santiago_agudelo@outlook.com