DANY, LA ARTISTA QUE LE DA VIDA AL PARQUE DE BOLÍVAR

Los domingos, después de las siete, a pocos metros de la Catedral Metropolitana, Dany alumbra con sus shows las vidas de los transeúntes que salen de misa.

 

Por / Norvey Echeverry Orozco – Ilustración portada / Stella Maris

Dany, cuéntanos sobre tu vida, danos un resumen de ella.

Me llamo Dany Castaño Quintero. Nací el 5 de abril de 1967 en Bello. Soy hija de Rosa Carmona y José Castaño. El parto mío fue hecho por una partera en la casa donde vivíamos. De esa gran alegría vino un gran niño. Vino un niño por equivocación, pero el niño, con el tiempo, cuando estuvo más grandecito, se convirtió en niña. En la casa se ajuntaron dos niñas: Nancy y Danny. Mi papá quería mucho a las mujeres, a todas les traía cosas, regalos. Él fue el hombre más rico de Jardín, Antioquia. Tuvo fincas, caballos; hombre muy pudiente, pero un papá muy perro y vagabundo. Tuve muchos hermanos medios. Mi mamá fue una excelente mujer, una gran persona. Nunca nos puso padrastro. El vagabundo era mi papá. Él nunca me quiso. Nunca. Quería a las niñas, a los hombres no. En la casa me vestían con botas, de esas pantaneras, y el cabello mío era hippie, largo como una niña. Me hacían hasta crespos y todo. La inclinación mía, de ser mariquita, viene desde niñito. Comencé a estudiar en Bello en la escuela La Milagrosa. Cuando estaba en quinder era con una monjita, una hermanita. Siempre siendo el bobito y el mariquita. Me ponían cargaderas. Primero lo gané. De ahí a segundo de primaria, lo perdí. Otro segundo de primaria, lo perdí. Otro segundo de primaria, lo perdí. Otro segundo más de primaria, lo perdí. Seis segundos de primaria perdidos. Me sacaba al tablero la profesora Miriam y me daba diarrea, me daban cólicos, me daba un malestar. La profesora Miriam siempre me quemaba con coladas. Iba Marina, mi hermana, a alegar con ella, a defenderme. Todos allá en la escuela me apodaban Golosa. En ese tiempo no se apodaba con palabras tan fuertes como hoy. También tengo un hermano que se llama Sergio y se parece mucho a mí. Fue un gran hermano, una excelente persona. Mi hermanito, al que después con el tiempo le decían: ay, Sergio, su hermano es afeminado; es mariquita. Él no le paraba bolas a eso. A mi mamá le decían: doña Rosa, su hijo va a ser mariquita; afeminado. Las viejas chismosas y todos los del barrio le decían a mi mamá eso. Después de la escuela La Milagrosa nos fuimos a vivir a Tierra Adentro donde un señor llamado don Luis que tenía una casa finca muy amañadora. Subimos pa’ allá y pierda y pierda estudios. Cierto día programaron un reinado en la escuela La Cándida. Me puse como nombre Deisy Johana. Fui a modelar. A Nancy, mi hermana, que iba a hacer la primera comunión, le dañé el vestido. Lo buscaban y no lo encontraban. Le preguntaban a Nelly –otra hermana mía– y nada. Todos respondían lo mismo: no hemos visto el vestido. A Mery, mi hermana, se le perdían los brasieres; a Sonia se le perdían los calzones; a Rosa, mi mamá, se le perdía el maquillaje. Eh, ¿pero dónde están los maquillajes, las acuarelas?, preguntaba ella. Nada. No encontraban nada. Eh, ¿pero qué pasa pues que se están robando los maquillajes de la casa?, insistía. Yo me los robaba todos y los metía debajo de la cama. Les robaba ropa a mis hermanas y me vestía en el solar para ser una mujer. Me iba pa’ ahí pa’ atrás de Tierra Adentro. Habían dos caminos: uno para ir pa’ San Martín y otro pa’ Tierra Adentro. Me ponía a cantar: la de la mochila azul, la de ojitos dormilones. Me daban la monedita. Todos se burlaban de mí porque era arremedando a Pedrito Fernández. No sabía cantar, pero me encantaba la música de Pedrito Fernández, me fascinaba. Encontraban la ropa que había escondido debajo de la cama y me daban pelas. Este culigacado, ¿por qué te pintaste?, preguntaba mamá. Y yo: ay, ¿quién me pintó?, decía con tono de asombro. Esto viene desde muy niño. En los reinados fui reina de Foto Japón, en el parque de Bello. Fui también la reina de la escuela La Cándida. Reina de todos los mariquitas, pues, de Bello. Gritaban: ¡Deisy, Deisy! Volteaban los pupitres, todo eso, para sonarlos con las manos. Mi hermano le contó a mi mamá. Me dieron otra pela. Sergio consiguió una escopeta para matarme. Fue bruto él. En ese tiempo éramos muy jóvenes, ¿cierto? No pasó a mayores. Mi papá cada día me aborrecía más. Lo apodaban como José Loco, porque tenía una tienda en Bello y gritaba como una loca cada vez que se largaba el aguacero. Marina era la más peleona de la casa, se daba con hombres, con el que fuera. Le sacaba machete a los marihuaneros. Era muy, muy, muy peleona. Sergio tenía una novia y yo miraba al suegro. Que pa’ dentro, me decían. Y yo charlando con el suegro. Siendo muy adolescente me gustaban los hombres casados, pero nunca me acosté con ellos, sino que como no sabía qué era hacer el amor ni tener sexo, me ponía a hablar con ellos… eso como que me excitaba, no sé. Después de tanta discriminación por ser un mariquita, de tanta maricada en la familia, me fui de la casa siendo menor de edad. Me fui pal’ centro, caminando. Amanecí. A lo primero que llegué fue al Parque Bolívar. Comencé a dormir en la calles. Se me arrimaron gamines, sacoleros, alcohólicos. Me arrimé al lado de ellos y me preguntaban que de dónde venía y que si quería andar con ellos. Me regalaron una cobija y me acosté. Ninguno me irrespetó ni me tocó. Seguí durmiendo ahí detrás del Parque Bolívar, por donde están todas las peluquerías. Esa misma semana que me fui de la casa comencé a pisar la platea del Parque Bolívar. La miraba. Me daban billeticos los taxistas… todo eso porque había taxistas sádicos y degenerados bregándome a conquistar. Comencé a vender confiticos y cositas. Hice una chaza (puesto de ventas) con lo que los taxistas me daban. Ay, vuelva a la casa, me decían. Ay, no, yo a mi casa no vuelvo, les decía. No les contaba el por qué no volvía a la casa. Seguí durmiendo ahí y me iba para el Parque Bolívar, me sentaba. Veía que hacían espectáculos de mimos, todo eso. Me fui pa’ la platea, comencé a modelar y la gente a burlarse de mí. Fue llegando gente. La modelo Coca Cola, vestida con un velo que tenía. Pedía la monedita y sí, me fue bien. Con lo que recogí compré maracas y panderetas. Me puse a cantar sin saber. Llegó el otro domingo (ocho días después) y volví a hacer lo mismo. La gente se reía: ¡Jua, jua, jua! Me fue muy bien. Compré una guitarra y empecé a cantar: Carolina y Danny se enamoraron ya. Danny se quedó por una mujerzuela.

Mi novio en ese momento, un taxista, estaba con una masajista y eso me generó celos. ¿Sí me entiendes? Pero nunca me hizo nada, porque yo era un menor de edad. Comencé a conseguir los muñecos de segunda, los chécheres, en los bajos del metro. Que mi mamá y que no sé qué. Nunca mentaba a mi papá porque… ¿por qué en mis obras de teatro nunca miento a mi papá?… porque mi papá fue una gonorrea conmigo. Siempre menciono a mi mamá, a mis hermanos, a mis enemigos, a todo eso. Después de ahí me fui a vivir a Manrique y allá me conseguí una amiga que se llamaba Gloria, apodada La Loca. Era, pues, como una gamina. Se vestía muy mal. Todos la llamaban La Loca. Cuando voy viendo a un señor en un bar, yo dije: ay, qué señor más querido. Y le dijo ese viejo a Gloria que ese peladito qué, ¿tiene dónde dormir? No, yo vivo en la calle, respondí. Ah, si quiere entre. Espere yo cierro el bar y se viene para acá donde yo trabajo y hablamos. Yo fui. Y el viejo me va diciendo que qué quería. Lo que usted quiera, respondí. ¿Le doy una manzana? Me la dio con una carne. Empezó a tocarme el viejo ese y me violó y como yo era una güeva, no sabía qué era hacer el amor. Me desangré. Él tuvo que llamar al médico para que me atendiera, porque eso fue horrible. Era tan ignorante, que siempre decía que era el amor de mi vida y que estaba enamorado de ese viejo. Hoy por hoy ese viejo, si algún día lo llego a ver, yo creo que lo mataría, o lo mandaría a la cárcel. Mentiras, no sería capaz de hacer eso.

Después me enredé con otro viejo, pero de ese sí me enamoré de corazón. Me gustaba. Se llamaba Toño Gutiérrez. Si hoy vuelvo a nacer, vuelvo y me enredo con ese tipo. Lamentablemente Toño tenía mucha plata y volquetas, carros, trabajadores, billares, una heladería. Tener que decir: yo trataba a un casado, pero ya se me acabó. Su mujer me había celado, con otras, conmigo. ¿Por qué la canción de Helenita Vargas? Me metí con un hombre casado, sin saber que era casado. Vivía ahí en Manrique. No me acuerdo cómo se llamaba la mujer de él, pero yo pensé que era la hermana. Y más mentiroso que me engañó, me llevó con mentiras. ¿Cómo iba yo a pichar con ese señor casado? Los trabajadores de él me pasaban por la plancha y nosotros culeábamos allá, en un tercer piso. Todos los trabajadores me ayudaban a pasar y pasaba muy rico. Tuve muchos problemas con la mujer, porque intentó matarme con un revólver. Yo salí a correr porque yo soy muy miedosa. Cuando me di cuenta que era su esposa, que tenían una hija, era demasiado tarde: ya había pegado más de una culeada con él y quedé encoñada. Me gustó. Yo amaba a ese hombre, porque cuando él me besó ese beso me marcó. Sentía como el bosito de él en mis labios y eso nunca se me va a olvidar. Ese sabor extraño de haberme acostado con ese señor. Lo amé mucho. Lo quise demasiado. A pesar de que me metí con ese señor casado, lo amé mucho. Y más sin embargo seguí pichando con él, culeando en un baño. Amé mucho a ese tipo. La señora se dio cuenta porque siempre me pillaba con él en las heladerías y billares. Una vez me pilló con él cuando los trabajadores me estaban metiendo por la plancha. Él negaba que le gustaran los hombres. En ese tiempo yo era un pelado lindo, muy lindo, maravilloso, bello. Hasta las mujeres me seguían, pero no, a mí nunca me gustó la chocha, a mí me gustaron fue los pipis, porque uno no debe negar lo que a uno le gusta, ¿sí me entiende? El que niega lo que hace, niega a su madre. Entonces bueno, hasta que al señor lo mataron y ahí acabó todo. Pero si volviera a nacer, yo creo que me meto con él. Debido a eso le canto mucho al despecho con canciones de Helenita Vargas y Arelys Henao.

 

¿Hace cuánto realizas los shows en el Parque de Bolívar?

Dios mío. Hace muchos años. Los hacía los domingos a las cuatro de la tarde para los niños y a las siete para los mayores, después de salir de misa. En el show mío siempre bailo, canto, hago casos de la vida real, videos, novelas, películas, la mujer maravilla, el hombre increíble, el vigilante, el marido malo, la esposa infiel, la niña de la casa, la mariquita del barrio, la flaca, la desnutrida, la marihuanera, la prostituta. Muchas cosas hago yo. Toda la vida me han gustado los espectáculos. Creo que el espectáculo mío muere cuando yo muera, porque el día que yo deje de ser un artista y no haga reír a la gente, ese día me enfermo. El día que la gente –que pasen muchos, muchos años más– y que ya no hablen de Danny, creo que ese día me muero.

 

¿Desde qué momento te comienzas a apasionar por el teatro?

Toda la vida, porque eso viene desde que era un niño. Yo hacía cosas y la gente se reía. Siempre era de mujer, de mujer, de mujer. Toda la vida. Cuando era niño quería ser artista, cantante. Lo mío era hacer música, no teatro, pero lamentablemente fue el don que Dios me dio. Aquí estoy haciendo teatro todavía. Y a echar para adelante, ni para atrás ni para coger impulso.

 

Dany, ¿se ha llevado una actuación tuya a teatros?

Sí, cuando vino una gente de por allá de Canadá a buscarme, me hicieron un documental de vida, una película que se estrenó en el teatro Lido. Me fue muy bien porque se llenó todo eso. Fue un orgullo para mí. Mucha alegría de ver tanta gente apoyándome. Muy emocionada. Fue una fantasía mía. Yo lloraba mucho. Rico sentirse halagada, querida por tanta gente, tantos niños, porque los niños (imagínese, niños) me adoran. Gente de la tercera edad, personas que hoy por hoy ya crecieron, tienen hijos y recuerdan: Danny, conseguí mi novio en tu show, soy muy feliz, tenemos hijos y ya ellos vienen y te ven. Cuando eso pasó en el teatro Lido fue impresionante. Qué cosa maravillosa. Qué felicidad. No contaba con eso. Fue fantástico. Nunca lo olvidaré. Cuando lo recuerdo es como si fuera hoy, pero mentiras, eso ya fue hace muchos años.

 

¿Cómo ves a Medellín en relación con la transfobia?

Es muy duro, muy triste ver que muchos y muchas nos rechazan, nos discriminan. Es muy hijueputa; es muy hijueputa ver eso. Es insoportable. Es inaudito. Pero bueno, hay personas que no lo aceptan y no lo aceptan y no lo aceptan y son ignorantes. ¿Cómo uno tiene que aceptar todo lo que esas otras personas hacen? Hacen cosas peores que uno, pero, según ellas, son perfectas. Como muchos hombres que miran a una chica trans como yo, con ganas de estar con uno, pero no dicen las cosas delante de la gente. Qué tan raro que tienen que buscar el silencio de la noche, o un lugar por ahí para hablarle a uno al escondido. Qué tontería. Qué estupidez. O esos hombres que salen tan de noche, fines de semana, un sábado, un viernes, a buscar chica trans. Y se las dan de muy hombres. Se dan golpes de pecho en el día con los amigos y las amigas, capaces de tratarnos como: ese marica pa’ matarlo, ese marica tan feo, ese marica horroroso, gas los maricas. Y en la noche estando con maricas. No aceptan la realidad. No aceptan nada como yo acepto tantas cosas. No me da pena ni me avergüenzo, porque soy una chica trans y lo digo con orgullo y con amor. Así voy a morir. Porque si a mí me hubieran gustado las mujeres estaría casado y tendría hijos, pero lo mío es de toda la vida. Yo nací con el don de gustarme los hombres. Nunca he sabido qué es acostarme con una mujer por dinero. Nunca sé qué es que una mujer me abejorree. No, ay no. No lo soportaría. Creo que no soy capaz. Ese día se acaba el mundo. Me muero. A mí me gustan son los hombres. También qué bueno que todo cambiara y nos respetaran a nosotras por ser unas chicas trans. Al que le gusta le sabe. Yo soy una chica trans cómica, artista de teatro que hago reír a la gente, porque nunca me he parado en una esquina a putear ni a vender mi cuerpo, porque lo que hice con el primer tipo lo hice por no tener conocimiento.

 

¿Qué tal ha sido la experiencia de hacer teatro en el Parque de Bolívar?

Te cuento que mundial. Maravillosa, sensacional, riquísima. El Parque de Bolívar me dio a mí mucha fama, público, admiradores, alegrías, tristezas. Estando en el Parque de Bolívar, en una escena, murió mi mamá. Yo no creía. Después volví y me enamoré otra vez. Qué felicidad. En el Parque de Bolívar lágrimas cuando me accidenté haciendo una obra de teatro. Me tuvieron que hacer una operación en la pierna derecha. Estuve andando en muletas y hasta en una silla de ruedas. ¿Por qué en una silla de ruedas? Porque fue tanto el susto, la depresión de sentirme así, que quedé en shock. Debido al susto quedé en la silla. Te digo que fue tan duro y fue porque le puse como psicología al cuerpo de que no iba a caminar y ya. Eso me traumó. Sí caminaba, pero del susto no, nada. Hasta que cierto día fui al hospital y sí, sí podía caminar y todo eso. A pesar de haber estado en esa silla de ruedas hacía mis obras de teatro. Tenía muchos trabajadores a los que yo les daba la liga. Después de todo eso vinieron muchos periodistas. Vino Pirry con su programa El mundo según Pirry. Me buscó. Yo vivía como inquilina en una casa de un señor don Alberto, enanito, bajito. Vivía en un segundo piso y mi piecita era como de Blanca Nieves. Muy bonita. Me encantan las cosas infantiles, a pesar de la edad que yo tengo, todavía me fascina todo lo que es infantil. ¿Por qué? Porque en la niñez no me dieron una hijueputa muñeca y por eso ahora que las puedo comprar las disfruto.

Cuando salí, como te contaba, en El mundo según Pirry, eso fue mundial. Salí un sábado. Cuando el domingo iba para el Parque Bolívar a hacer teatro, le decía a Jonathan, Escalera, un mariquita que vivía conmigo que ya murió: ¿quién estará allá haciendo teatro? Vea, no nos van a dejar. Llegué toda rabiosa. Yo que subo la carreta al parque cuando todos decían: llegó, llegó, llegó. Y esos aplausos. Manada de taxistas, motos, carros. Gritaban: ¡Dany, Dany, Dany! La gente me pedía fotos, autógrafos. Te digo que me mareé. Casi que me desmayo. La gente me cogió. Llené tanto esas escalas, muchacho, por Dios. Comencé a ser más famosa, más profesional. Qué alegría. Imagínate uno llegarse a recoger quinientos mil pesos en un día; en una hora me hacía quinientos mil pesos. Era tanto dinero. Horrible. ¿Sí me entiendes? Ya después de que salí en el programa de Pirry los carros me pitaban y me regalaban billetes de cincuenta y veinte mil. Me iba muy bien, muy reconocida. Cuando fui al Éxito me atendieron bien. Al Éxito le agradezco mucho, porque me dieron regalos. Eso nunca se me olvida. También fue muy peligroso salir en El mundo según Pirry, porque me contrataron para una obra de teatro y yo fui con mi bafle. Me secuestraron en una pieza. Fue horrible, muchacho, fue espantoso. Me volé de allá arrastrando mis muñecas. Un señor en un taxi viejo pasó. Le levanté la mano y paró. Le pedí que me ayudara. Le conté. Me llevó y pensó que era una payasada mía, un cuento, porque como siempre charlo tan pesado, nadie me cree lo que me pasa. Llegué al centro. Esa fama de Pirry me ocasionó muchos, muchos problemas. Qué susto, muchacho. Y también gracias a este señor Pirry, que mi Dios me lo bendiga, porque por medio de su programa se me abrieron mucho las puertas. A pesar de tener tanta fama nunca se me corrió el champú. Te cuento que toda la vida he sido humilde, generosa, buena gente. Cuando ya me estaba yendo mucho más bien en plata, le ayudé a los gamines, a los ladrones, a los alcohólicos, a los niños. Les hacía fiesta a los niños cada año en el Parque de Bolívar: regalitos, confites, cosas baraticas. Repartía comiditas por ahí. A mucha gente le quité el hambre. Siempre me fascinó ayudarle al que lo necesitaba. Y no tengo plata, porque no hay que tener plata para ayudarle a la gente, con poquita plata se hacen muchas cosas.

 

¿Planeas tus obras de teatro, o surgen completamente en la improvisación?

Planearlas no, nunca hago un libreto porque cada que hago un libreto y digo: nuestro episodio de hoy es esto… cada que hago un libreto todo me sale al revés, nada me da, todo me sale mal. Siempre improviso mis obras de teatro. Soy muy improvisadora, porque me parece que todo sale mucho mejor. Tengo mucha capacidad, mucha tela para cortar.

 

Hace poco, en uno de tus shows, comentaste que solo te habían hecho consignaciones por valor de catorce mil pesos, incluso alguien tuvo el descaro de solo consignarte trescientos pesos, ¿cómo ha sido el apoyo del público en ese sentido?

Sí, es verdad. No sé si lo hacen de recocha, por sacarme la rabia, pero es una ridiculez. Qué falta de respeto que le den a uno hijueputas trescientos pesos. Me los dieron. También hay una persona que sí me ha dado catorce mil pesos. Hay personas que dan mil, dos mil, pero son personas que nunca han pagado la taquilla de un teatro. Son personas que han tenido un novio donde siempre lo invitan a tomar tinto, o van a una funeraria a que les den tinto gratis, que allá no cobran nada y les calman los nervios. Hay personas que no valoran lo que yo hago. El talento, porque pocos saben que para improvisar hay que tener una cabeza muy hijueputa de tesa como yo la tengo. No colaboran ni piensan que yo tengo que comprar comida, pagar arriendo, ni piensan si quiera que yo tengo que pagar un hijueputa pasaje.

 

¿Qué tan lejana, hablando desde la personalidad, es Dany la artista a la Dany que conocen los amigos y familiares?

La Dany artista de los parques, la teatrera, tiene que hacer como el payaso: reírse con todo el mundo así tenga un dolor por dentro. Saludar bien, mientras por dentro está sufriendo y llorando. La Dany artista tiene dificultades y problemas. Eso hace esa Dany: no contarle al público que a ella le pasan cosas antes de llegar al Parque de Bolívar. Se aguanta todo para poder sobrevivir, pero bueno, hay cosas que tenemos que callar, para soportar que le quiten a uno el dinero y lo extorsionen. Eso es muy duro, horrible de duro.

Al terminar la última respuesta, la Dany que hay detrás de la otra Dany se pone a llorar, se derrumba. Dice que necesita un bafle para sus funciones. Se pregunta por qué la Alcaldía no apoya más a los artistas callejeros. Menciona otros problemas graves, pero pide que no sean contados. Dice adiós, mi amor, preguntando si al final del artículo se puede hacer mención de su show, ahora disponible en plataformas como Facebook y YouTube, a las siete de la noche, todos los domingos.

 

Fotografía / Jairo Ruiz Sanabria (vestido azul).

Fotografía / Centrodemedellín.com