El croma del fútbol no conoce grises. En muchas ocasiones; en un minuto, de los aplausos y vítores se pasa a los abucheos y los más descalificativos insultos, que en esta ocasión se centraron en la figura de un entrenador que dio la sensación de no saber cómo emplear a sus jugadores.

Las celebraciones parecen fantasmas en el Depor, un equipo que conoce poco de la victoria y mucho de la amarga derrota /Cortesía Colprensa

Por: Francisco Molina

Minuto 90. La gente se levanta de sus asientos, pero no para celebrar un gol, sino para insultar de forma desesperada al Pereira, en especial a su Director Técnico Octavio Zambrano, desacertado en sus cambios, inerme en la línea, al mando de un barco que continúa anclado en las aguas turbias de unos problemas institucionales que vienen desde tiempo atrás (ver cáncer del Deportivo Pereira) y que tienen actualmente condenado al equipo risaraldense en la segunda división del fútbol colombiano.

El croma del fútbol no conoce grises. En muchas ocasiones; en un minuto, de los aplausos y vítores se pasa a los abucheos y los más descalificativos insultos, que en esta ocasión se centraron en la figura de un entrenador que dio la sensación de no saber cómo emplear a sus jugadores con el fin de que estos entreguen su mejor rendimiento.

Lo del Deportivo Pereira llega a convertirse en una situación tragicómica, aceptada muchas veces con resignación por parte de una fanaticada que cumple a cabalidad lo que trae consigo tal palabra. Lunes por la noche, día arduo de trabajo, amago de lluvia, frío. Pese a ello, alrededor de 2.000 personas evitaron que el Hernán Ramírez Villegas quedase lleno, pero de sillas vacías. Tal cantidad parecerá poca, aún así, lo que anima a estos pocos aficionados corresponde  a lo que en otras plazas podrían ser 10 mil espectadores. Tal vez sea exagerado, pero el fervor con el que se vive el partido hace pensar que quienes presencian al Deportivo Pereira tienen como credo y religión al equipo rojiamarillo.

Se ponen de pie cuando sale el equipo, animan cuando un jugador tiene un desacierto, algo que no perdonan del visitante, al cual presionan, le hacen sentir que en efecto no está en su casa. Unos pocos hinchas del Sucre pasaron desapercibidos hasta cuando al minuto 75 empataron el partido; otros tantos aparecieron cuando Jeisson Rentería dio el triunfo a los de Sincelejo, en esta ocasión, no dejando muda a la afición del Pereira, sino volcándola en contra de unos hombres que hacía poco aclamaban.

El señor calvo de bigotes y lentes que bailaba cuando al minuto 11 el Pereira se adelantaba en el marcador, al final estaba desconcertado. No sabía a dónde mirar, qué decir. Alguien vestido de ejecutivo, que parecía llegar directamente de su trabajo,  se olvidaba de cualquier etiqueta e insultaba de forma desesperada a Zambrano. Una señora que apacible veía el partido con quien parecía ser su nieto, dejaba atrás su actitud pasiva para interpretar un papel de fanática desesperada, que no soporta más los tropiezos de su equipo. Todos interpretaban un papel dentro de un escenario cambiante como lo es el estadio. William Shakespeare, o quien decía serlo, tenía toda la razón.

Es el Hernán Ramírez Villegas el espacio en el cual mucha gente asume un papel y una actitud diferente a la que suele desempeñar…y donde el Deportivo Pereira suele asesinar con su incompetencia las nuevas ilusiones que traen consigo unos pocos pero fervorosos hinchas. La pasión por un equipo es lo que seguramente logra esto, desconectando por dos horas del mundo cotidiano. Al final, todos tristes, sabían que tenían que regresar a su casas, o a otros lugares que bien podrían desempeñar tal función. Eran las 10 de la noche y un día laboral estaba al horizonte. Lo que podía ser una fiesta fue un entierro. No suena raro. Ya está trillado. El Pereira volvió a perder.