El mundo de las vacantes en Colombia está lleno de recovecos, pericias y requerimientos. Los miles que buscan empleo en Pereira tienen historias humanas detrás de una simple entrevista laboral. Algunas son simples, otras profundas como la de Juan Carlos M. y su vuelta de tuerca.

Por: Diego Firmiano

Es martes. Juan Carlos M. llega a la bolsa de empleo a las 7:30 de la mañana. Lleva bajo el brazo tres carpetas blancas y en su rostro se refleja el anhelo de conseguir una plaza laboral en Pereira. De manos gruesas y vestido como los constructores, con pantalón jean y camisa a cuadros, se concentra en la charla que dicta la asesora delante de 50 personas más.

Asesora: «Gracias por madrugar. Al que madruga Acción S.A le ayuda. Actualmente hay dos empresas solicitando personal. Una es la reconocida industria de pollos de nuestra ciudad. La otra es una multinacional de medicamentos genéricos. Los trabajos serán asignados según sus estudios y capacidades y se seleccionará solo a quienes cumplan con los requisitos».

Algunas personas, que quizá saben, no es su campo laboral, se levantan de sus sillas y salen sin hacer ruido. Juan Carlos M. toma asiento y revuelve sus carpetas para buscar la que se acomoda a los requerimientos solicitados. Las tres hojas de vida están ordenadas según su búsqueda. Una con referencias de panadero, otra como experto en logística y bodega, y otra como ingeniero de sistemas graduado en la UTP. 

La asesora, que parece reina de belleza, ordena que hagan dos filas para entregar los documentos de los postulantes. Se oye ruido de sillas y como un hormiguero alborotado hacen una fila india jóvenes y adultos. Uno a uno van dejando la carpeta en silencio, otros hacen preguntas como: «pero aún estoy estudiando, es posible que me llamen. O solo me falta una referencia de la antigua empresa donde trabajé». Los psicólogos reclutadores pujan y aseguran que si no cumplen con los requisitos mejor es abstenerse y seguir intentando el día jueves.

Juan Carlos M. no se desmotiva e insiste permanecer en la fila. Lleva dos años desempleado y ver subir el costo de la vida como la espuma de la cerveza. Tiene dos hijos, Andreina y Juanca Jr. Su esposa, quien es joven como él, maneja bien la economía en casa. Solo fía en la tienda del barrio en casos excepcionales, pues aprendió de su esposo a no comprar nada a cuotas, aunque el dicho popular sea que si nadie se endeuda no consigue nada. Los niños lloran de hambre. Él y ella hacen sacrificios dejando de comer para priorizarlos a ellos.

«Será que quedamos seleccionados», se dirige a él una jovencita de cabello rubio, perfumada y con brillo en sus labios, dentro de la fila. «Quién sabe. Hoy en día hay que ser un multiempleado». Ella queda pensativa y sigue jugando en silencio con las puntas de su cabello que ya deja ver algunas raíces negras.

Al llegar a la mesa el psicólogo lo mira de arriba abajo. «¡Yo soy el empleado que buscan!», dice él. Se hace un silencio en la sala. «Eso está por verse, jovencito. En este país nadie es especial», afirma el reclutador acomodándose los lentes de Opticalia. Abre la hoja de vida y mira las referencias laborales.  «No creo que usted aplique a ninguna de estas dos vacantes. Muchas gracias por venir». Y hace señas a la persona siguiente.

Juan Carlos M. queda arrobado. Piensa en Andreina y Juanca Jr. Piensa en Marisela. Piensa en cómo regresarse a casa a pie y llevar la mala nueva a la familia. No se carga contra los índices maquillados de que en Risaralda el desempleo ha bajado, ni planea reunir a los miles de desocupados de la ciudad para conformar un movimiento y marchar por la séptima en dirección a la Alcaldía.

Soba su cabeza en señal de decepción. La joven de cabello rubio y labios barnizados lo motiva. «¡Animo! Esto es de todos los días. Yo también he sufrido estos desplantes. Somos las tuercas sueltas del mundo laboral». Él sonríe entre dientes y ambos comparten información de un nuevo lugar en la ciudad donde están necesitando personal.

Cada día Juan Carlos M. sale de casa, del barrio Byron Gaviria, con tres hojas de vida, con tres personas en su corazón y con la esperanza que entre miles de desempleados él sea un día seleccionado, porque no tener trabajo, es como gravitar alrededor de las necesidades. El tiempo y las cuentas siguen llegando, los niños sintiendo hambre, y la sociedad funcionado con su gran maquinaria laboral a la espera de tuercas humanas aptas.

@DFirmiano