La literatura, sin importar si es prosa o poesía, es más riesgosa que los ensayos políticos. Siempre será más peligroso quien apenas alude que quien de manera directa advierte. Aquella alusión, sutil, se instala profundamente en la mente del ser y mina, o exalta, el pensamiento y los sentimientos.
Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris
Osip Mandelstam fue perseguido, encarcelado y vejado hasta su muerte por Stalin, debido a los siguientes versos: “Vivimos sin sentir el país a nuestros pies, /nuestras palabras no se escuchan a diez pasos./ La más breve de las pláticas/ gravita, quejosa, al montañés del Kremlin./ Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,/ y sus palabras como pesados martillos, certeras./ Sus bigotes de cucaracha parecen reír/ y relumbran las cañas de sus botas“. Son duros los versos y certeros. Incumbían, además, al más cruento de los dictadores que para colmo tenía una estúpida cuadrilla de áulicos que cada tanto también eran fusilados. Boris Pasternak, el premio nobel de literatura, intercedió en favor del poeta Mandelstam, primero tuvo éxito, luego no, al final valieron más las recomendaciones de que el régimen se librara del supuestamente peligroso Mandelstam, a quien imagino, y tal vez hasta lo he leído, era debilucho y extremadamente sensible. Debían ser más fuertes Nadiezhda, su esposa, y Ajmatova, su amiga.
No fue el único. Muchos escritores fueron acosados, desterrados y hasta asesinados por el régimen bolchevique. Igual sucedió en otros países con regímenes autoritarios y violentos. Los nazis quemaron libros, prohibieron la circulación o publicación de otros y acallaron escritores, cuando no los asesinaron, y no siempre por razones raciales. Prohibieron y quemaron por ejemplo La Montaña Mágica y Muerte en Venecia de Thomas Mann.
Lorca fue fusilado por los falangistas españoles. Aún se busca su cuerpo en el camino de Viznar a Alfacar. Su obra la constituyen poemas, obras de teatro y unas prosas de recuerdos y viajes. No era un ensayista político y sus opiniones, aunque enfáticas, eran apenas las de un vecino comprometido. Tampoco puede decirse que Mandelstam fuera un escritor político, lo fue, en cambio, de cierta manera, Thomas Mann, sobre todo acuciado por su hermano Henrich. En todo caso las opiniones de los dos primeros eran apenas generales, solidarias o sensatas. Bastaron, sin embargo, para que el régimen y los déspotas de turno decidieran asesinarlos. Terrible sin duda.
Pero tales persecuciones entrañan una valoración de sus obras, negativa por supuesto, pero valoración, al fin y al cabo. Implica una lectura consciente y probablemente más profunda que la que pudieron haber hecho otros, perdidos tal vez en las trampas del lenguaje directo y aparentemente más disiente. La literatura, sin importar si es prosa o poesía, es más riesgosa que los ensayos políticos. Siempre será más peligroso quien apenas alude que quien de manera directa advierte. Aquella alusión, sutil, se instala profundamente en la mente del ser y mina, o exalta, el pensamiento y los sentimientos. Por eso los políticos más avezados temen más a la literatura que al ensayo político, por eso pueden llegar a considerar más subversivo la pintura de un desnudo o un aparentemente inofensivo poema, que el más disiente de los murales propagandísticos.
Los soldados ucranianos ponen al interior de sus trincheras una imagen del poeta nacional Taras Shevchenko, un siervo cosaco insurrecto, que en sus horas libres de criado pintaba cuadros, más bien malos, de las estepas ucranianas, y escribía versos regulares, que no obstante terminaron convirtiéndose en los cantos patrióticos que hoy recita el pueblo ucraniano. Hace poco, ante las cámaras y los reporteros de la televisión alemana, los soldados ucranianos mostraban orgullosos lo que consideran su mayor arma, más letal que los misiles suministrados por los gobiernos occidentales: la imagen del poeta, entronizada en medio del lodazal y el seguro olor a pólvora y sangre. Las tomas, aunque hechas en la tercera década del siglo XXI, parecían, a no ser por ciertas armas, de la Primera Guerra, y era inevitable recordar a los poetas Georg Trakl y Edward Thomas, que seguro fueron como esos jóvenes que se veían en el reportaje, entre los cuales, sin duda, habrá alguno que escribe versos. Después he imaginado varias veces, conmovido, a los jóvenes huyendo o avanzando, llevando en sus manos o entre las mochilas, aquella imagen del poeta Shevchenko; quien creyera, el principal y más temido enemigo de Putin.
No creo que algo así pueda suceder en Colombia, ni creo que haya sucedido en las últimas décadas. Para eso se necesita que los políticos sepan leer, y que la gente corriente también lo haga, y ni unos ni otros. En Colombia ningún escritor de literatura es realmente peligroso, por eso siempre suenan excesivos esos escándalos que hace apenas unos años se dieron formulados por quienes se sentían supuestamente perseguidos o ninguneados. Que va. El régimen, si es que puede llamarse así, ni se entera cuando escriben algo, mucho menos va a haber tenido ganas de acallarlos.


