Así como el Ovidio latino, exilado en el Mar Negro por el emperador César Augusto, este Ovidio pereirano, exilado de la clemencia por un médico, clama por justicia para su infierno personal. Pero algunos profesionales-emperadores parecen no querer escucharlo.

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Por: Antonio Molina

“La muerte entristece, el zapato consuela”, dice la débil voz que sale de una boca ya malformada. Quien habla sostiene en su mano izquierda un zapato, símbolo de su labor durante décadas. En la pequeña y sencilla habitación de esta casa ubicada en el popular barrio Villavicencio hay dos angostas camas y una butaca. Pero el aire se estrecha más al llenarse con las carcajadas que despiertan las humoradas de Don Ovidio González Correa. Ríen su esposa, cuatro hijos, las nietas y un par de invitados. Es la noche previa a su anhelada eutanasia, luego de años de sufrir un cáncer en la mandíbula que ya devoró parte de su rostro y algunos órganos internos de la boca. Pero los llantos son escasos y furtivos, Don Ovidio no se deja derrotar por este dolor continuo que le causa días y noches de insomnio y por eso es quien lanza más chistes de fino humor negro. Sin temor en la mirada habla de su próxima muerte. Es un héroe que no sabe de su elevada estatura.

Afuera de la habitación, en la pared de un estrecho corredor, reposa la crónica periodística que en 2006 le hicieran en reconocimiento a la labor de eterno zapatero de su propia empresa, Calzado Bianchi, la que mantuvo con la ayuda indeclinable de su esposa Alicia Quiceno, a quien lo unen 49 años de vida matrimonial y su apoyo hoy, en sus días menos felices, pues ha sido una resuelta defensora de su decisión de morir ya, de una vez, sin el cuentagotas de terapias ineficaces ni calmantes que actúan solo por instantes. Ella, sus hijos, sus nietos y sus amigos son el escudo para enfrentar los laberintos de papel que le impiden a un hombre en sus cabales poder cumplir su voluntad para acabar de una vez con el sufrimiento.

Aunque nació hace 79 años en Circasia, de joven vivió en Caicedonia –donde desea reposen sus cenizas–, para luego trasladarse a Pereira, ciudad que vio crecer a su familia: Julio César –mejor conocido como el caricaturista Matador–, Diego –administrador ambiental–, Carlos Andrés –el filósofo– y Mauricio –cuasi ingeniero mecánico–. Además de tres nietos y otros allegados. Pereira ha sido la ciudad de toda su vida adulta.

Aficionado a la música popular, en ritmos como el tango, la milonga y el bolero, en algún lugar de su casa reposan los acetatos y casetes que han hecho su delicia a lo largo de los años. No es hombre de amar una sola canción, pues las ama todas. “Por ejemplo, dice con voz susurrante, en este momento me gusta mucho el tango Gólgota interpretado por Teófilo Ibáñez”. Se detiene para tomar con una cucharilla agua con soda, pues la boca se le reseca de continuo debido a la lesión abierta que marca el lado izquierdo de su rostro. Acto seguido pide que llamen a su hijo Carlos Andrés para que en su computador busque el tema. Él, en los últimos años, se ha convertido en su buscador de música en internet. La letra del tango Gólgota cae de perlas para reflejar algo de su penosa situación ante las instituciones que con argucias le niegan un derecho soberano:

20150625_195636Arrodillado hay que vivir

pa´ merecer algún favor;

que si de pie te ponés

para gritar

tanta ruina y maldad,

crucificao te vas a ver

por la moral de los demás

en este Gólgota cruel

donde el más vil,

ése, la va de juez.

Para este ateo y librepensador, no en vano nació en el pueblo que tuvo el primer cementerio libre de Colombia, toda su felicidad de padre exigente, cariñoso y dedicado a coleccionar música, se vino abajo con el diagnóstico y la progresiva expansión de su enfermedad, tanto que desde hace seis meses su vida es un continuo infierno donde se cuentan con angustia los dilatados minutos sin esperanza de un pronto fin. Don Ovidio, con sus manos callosas de viejo bueno, apenas sabe sostener las rodillas mientras piensa en una nueva frase ingeniosa, la misma que lo sostiene en el heroico ejercicio de mantenerse sereno, apacible.

Alguien que desea ser recordado “como cualquier hombre de bien, porque mi conducta es de un hombre honrado”. Y no tiene que decirlo, sus palabras y la transparencia en la mirada que todavía conserva directa y brillante permiten entender que en él reside un hombre de templanza, de indoblegable honestidad y perfecta coherencia. En la mirada de Don Ovidio las débiles palabras que todavía puede susurrar se amplifican y ganan en magnificencia.

El buen humor y claridad mental de Don Ovidio llegan a extremos que parecen imposibles de creer que residan en un cuerpo tan débil, castigado por la enfermedad. Ejemplo de ello es que horas antes de cumplir con la truncada cita con su protocolo de eutanasia, regaló uno de sus amados vinilos de Charló a alguno de los numerosos allegados que por estos días hacen romería por su digna casa.  Como añadido, agregó una dedicatoria: “Se regala por motivo viaje”. El humor, otra vez, se sobrepone al dolor inmenso.

Ese mismo dolor que ya le hace imposible vivir con decoro, aquel enemigo que se riega por su cuerpo exangüe, de apenas 48 kilogramos, luego de haber llegado a pesar 81 en sus años saludables. Otras cualidades tampoco son afectadas por el dolor: la capacidad de sonreír y la lucidez mental derivadas de la lectura infatigable de cuanto libro le recomiendan. Extraño caso moderno de zapatero lector.

20150625_205818Don Ovidio quiere morir. Y el viernes 26 de junio la cita estaba pactada, pero por esos extraños malabares de quienes evaden la ley excusando cumplirla, el oncólogo manizaleño Juan Paulo Cardona Arcila se la niega minutos antes de hacerla efectiva, aduciendo que todavía puede soportar un mayor umbral de dolor, aunado a vagas referencias a que la sentencia de este año, de la Corte Constitucional, ha sido demandada, aunque permanece en firme en el momento de su declaración. El profesional se comunica a través de un teléfono celular, pues la cobardía le impidió enfrentar a un paciente que no conoce, pero a quien en la distancia le niega la esperanza. Todo ello pese a que con anterioridad un comité científico interdisciplinario avaló por unanimidad la eutanasia.

La cadena de oprobios e inmerecidos obstáculos contra la decisión soberana y reflexionada de este hombre no termina aquí. En días pasados un notario le negó la autenticación de su firma en un documento legal donde solicitaba el cumplimiento del protocolo de la eutanasia por parte de una clínica especializada en cáncer. Aquel que debía ser guardián de la fe pública se convirtió en juez de una decisión que pertenece en estricto al ámbito privado.

Algo anda mal en una sociedad que no cumple la ley, la malinterpreta y la amaña para evadirla, en donde lo científico y lo profesional subyacentes en el ejercicio de un oncólogo y un notario público quedan supeditados a los credos personales –respetables, sí, pero individuales–. Así, la falsedad en la ciencia y el profesionalismo se transforman en armas del dogmatismo religioso, la intransigencia y la falta de calidad humana.

Así como el Ovidio latino, exilado en el Mar Negro por el emperador César Augusto, este Ovidio pereirano, exilado de la clemencia por un médico, clama por justicia para su infierno personal. Pero algunos profesionales-emperadores parecen no querer escucharlo.