Donde hubo fuego, cenizas quedan

Así que seguimos debatiendo vigorosamente: si seguíamos en paro o no, si por facultades o la universidad entera, si debíamos en verdad pedir la cabeza del Rector o del Innombrable inclusive… todo era sometido a un fuerte debate; las palabras eran nuestros únicos elementos de combate.

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Por: Daniel Jiménez Cardona

Hacía calor. Bochorno. Una sensación sofocante invadía el aire de la Asamblea, ya de por sí llena de tensión. Quien tomó el micrófono dijo, a manera de interrogante: “¿Qué tan buena será la democracia de los Estados Unidos, que han matado a dos de sus presidentes, y del último asesinato nunca pudieron coger a los autores intelectuales? ¡Y luego quieren ir por el mundo imponiendo su versión deformada de gobierno del pueblo y para el pueblo!” De pronto, en la parte de arriba, cerca de la biblioteca de la universidad, comenzaron a oírse unas explosiones. La calma del auditorio comenzó a resquebrajarse y empezaron a oírse rumores de la cercanía al campus del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD). Años después, en una de las paredes de la cafetería, vería el siguiente grafiti:

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  Después de la interrupción de dos o tres minutos debida a las detonaciones, el joven retomó el discurso (pues se había discutido si debía continuar o no la asamblea en medio de disturbios; se pensaba que sí, pues la Policía no había ingresado aún al campus) diciendo: “Pero nosotros no nos quedamos atrás. Acá mataron a tres candidatos presidenciales entre 1989 y 1990 y aunque hubo revuelo en los medios, apenas sirvió para que la sociedad se diera por enterada. La impunidad siguió reinando. Me sonaba como a algo que leería en un cartel tiempo más tarde: Un pueblo que elige corruptos no es víctima… ¡Es cómplice!

Los estallidos se hicieron más fuertes. También comenzó a llegar información de que se presentaban serios y fuertes enfrentamientos entre algunos jóvenes y el ESMAD, en compañía de su icónica y letal tanqueta. No obstante, los que estábamos allí creíamos que no teníamos que irnos, pues, pese a las dificultades de días recientes, no estábamos involucrados en ningún enfrentamiento armado; nuestros únicos elementos de combate eran las palabras y éstas todavía no habían surtido el suficiente efecto en nadie, ni siquiera en la cabeza del Rector, siempre impermeable a cualquier invectiva, como para que debiéramos temer alguna retaliación por parte de la Administración de la universidad o del Establecimiento. Así que seguimos debatiendo vigorosamente: si seguíamos en paro o no, si por facultades o la universidad entera, si debíamos en verdad pedir la cabeza del Rector o del Innombrable inclusive… todo era sometido a un fuerte debate; las palabras eran nuestros únicos elementos de combate.

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El clima, en todo caso, y la tensión que se vivía en las universidades del país por aquella época, comenzaron a hacer mella en nuestra alma máter en particular. De un solo golpe entró el ESMAD al campus. Como bestias rabiosas que se sueltan después de un largo tiempo encerradas, entraron sus unidades maltratando a todos y todo. Dañaron la parte externa de las instalaciones de la biblioteca –al otro día, claro está, dirían los periódicos de la ciudad y otros medios que el daño había sido producido por nosotros– y comenzaron a golpear gente a diestra y siniestra, sin distinción alguna. Profesores, aseadoras, estudiantes, todos por igual tuvieron que respirar gases lacrimógenos y recibir los efectos de las “recalzadas”, así como golpes de macana y de granadas de gas lanzadas directamente al cuerpo.

El caos llegó a la cafetería central, donde estábamos reunidos. Los gases comenzaron a llenar el lugar y la gente se dispersó, bajando hacia las canchas de Deportes y Bienestar Universitario. Todavía recuerdo a un amigo mío tomando el micrófono y diciendo que no nos moviéramos, que no teníamos por qué temer, en vista de que no estábamos haciendo nada malo. Pero sus propios ojos se irritaron con el gas, tosió y tuvo que unirse a los demás en la huida.

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En las canchas de Deportes estábamos entonces. Creíamos que si bajábamos hasta allí no nos harían nada, pues no estábamos con ánimos de “tirar piedra” ni de entrar en tropel con nadie. También pensábamos que no había nada más que pudiéramos hacer que quedarnos allí y no salir, puesto que imaginábamos que la Policía podía aparecer en cualquier momento en la salida posterior de la universidad, o sea precisamente por las canchas de Deportes. Pensar así fue nuestro gran error: si hubiéramos salido inmediatamente de la universidad nos habríamos evitado lo que vino después. Nos apresó la indecisión. Y en ese momento el aire se llenó de los diferentes colores de arcoíris: de gris a rojo, violeta y mostaza. Gases lacrimógenos convencionales, gas pimienta, etc. Según parece, tenían la intención de hacer guerra de “tierra arrasada” y de seguir “sin tomar prisioneros” (o, en fin, de hacernos a todos prisioneros del terror). Cuando vimos esto, ya demasiado tarde para tomar cualquier decisión efectiva que salvaguardara nuestra vida y salud, salimos corriendo de la universidad por la parte trasera de las canchas. Era un torrente interminable de personas, como de unas mil aproximadamente. La mayoría siguieron calle abajo y se dispersaron, llegando hasta la avenida de un prestigioso barrio y otros se escondieron en una clínica cercana. Una decisión discutible, pero no tan mala como la que yo, y otros conmigo, tomamos.

Los que quedamos en el grupo en que yo iba optamos por algo diferente. Cuando el torrente de gente salió despavorida calle abajo, algunos compañeros nos llamaron desde la bolera de Comfamiliar diciéndonos que nos escondiéramos allí. Todavía no entiendo por qué tomé la decisión de aceptar la oferta. Nuestro razonamiento fue bastante ingenuo: pensábamos que, o el ESMAD pasaría derecho detrás de los demás sin percatarse de nosotros, estando la bolera cerrada y a oscuras, o refrenarían sus furiosos deseos de apresarnos debido a que estábamos en una propiedad privada y no querrían acarrearse problemas dañándola con la violencia con que acostumbran a destruir todo cuanto tocan. Pero eso fue precisamente lo que pasó.

Police officers try to detain protesters during a May Day march in Medellin, Colombia, Thursday, May 1, 2008. (AP Photo/Luis Benavides)
Foto: Luis Benavides.

Cinco o diez minutos después de habernos ocultado en aquél lugar, nos invadió el pánico al sentir el traqueteo de las macanas y puntapiés contra las puertas de la bolera, demandando que se abrieran. Las trabajadoras del lugar, temerosas de los policías, abrieron las puertas, y entonces fue como si el infierno mismo soplara azufre sobre nosotros. Todo fue confusión y gritería. Los agentes antidisturbios mandaban a volar por los aires cuanto encontraban a su paso: mesas, vitrinas, sillas, todo servía para descargar su ira. Pero las puertas e instalaciones físicas del lugar no fueron el lugar preferido de su accionar. Lo fueron los cuerpos de los estudiantes: sin mediar palabra, comenzaron a golpearlos; una joven trató de defender a su novio y la golpearon a ella también. Hombres y mujeres recibieron bolillo por igual.

Luego vinieron por mí. Yo estaba en la parte interior, casi sobre la bolera propiamente dicha y por eso fui el último contra el que se dirigieron. Aún recuerdo la expresión en el rostro del agente que se dirigía hacia mí a punta de gritos, insultos indistinguibles y tumbando mesas mientras se acercaba. Diré que no era una expresión humana o, al menos, que no parecía humana. Parecía más bien la de un orangután furioso, la de una bestia que hubiera estado mucho tiempo encerrada sin comida y hubiera salido dispuesta a devorar cuanto hallara a su paso. No había humanidad en ese rostro, o al menos no parecía haberla. Pero en el instante en que esa terrorífica caricatura gigante de hombre iba a capturarme, se acercó otro agente hacia mí y, ordenándole que se calmara, me separó de él. Ignoro por qué lo hizo. Quizás se debió a que yo había alzado las manos instintivamente en señal de no ofrecer resistencia. Quizás fue porque me vio mayor que los demás y creyó que yo podría proporcionarle información de algún tipo. Lo único que sé es que esa situación fortuita bien puede haberme salvado la vida. O quizás se trataba del único perro que no tenía rabia entre los de toda esa jauría. Fuera lo que fuese, ese mismo hombre me tomó por el cuello de la camisa –cosa que siempre hacen para darse un estatus de superioridad y desconocer intencional y voluntariamente al otro– y, mientras me llevaba hacia la parte donde habían ido poniendo a los demás, sentados en el andén de la bolera, me interrogó, preguntando que por qué estaba yo allí, que por qué tenía leche en la cara (me la había echado para mitigar los efectos del gas lacrimógeno y de seguro él pensaba que yo era uno de los “encapuchados”) y me dijo que bien me podían acusar de terrorismo.

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Foto El Diario del Otún.

Hasta ahí llegó la parte físicamente más violenta. Afuera nos tomaron fotos a todos y nos dijeron que no estábamos bajo arresto, pero que tampoco nos podíamos ir. Se nos dijo, como si tal cosa fuera un delito, que el tener leche en la cara era muestra de “haber estado en una manifestación”. Lo siguiente fue la humillación última: nos llevaron en fila, recorriendo todo el campus de la universidad, como criminales que caminan al patíbulo y nos subieron a una camioneta de la Policía, supuestamente mientras recogían nuestros datos y los verificaban. Esto último lo hicieron innumerables veces, filmándonos a todos dentro del vehículo, donde estuvimos cerca de una hora y media. Por último nos retuvieron varias horas en la UPJ (Unidad Permanente de Justicia). Durante ese tiempo no hubo noticias de nosotros. A las diferentes organizaciones de derechos humanos que preguntaron por nosotros, les dijeron que desconocían nuestro paradero. De manera que estuvimos retenidos ilegalmente varias horas y podríamos haber sido más falsos positivos para el Innombrable.

No me pregunten cuándo ocurrieron estos hechos. Ocurren todos los días, en todas las regiones del país, en cualquier lugar donde hay conflicto de algún tipo. Pobres con el cerebro bien lavado que pelean una guerra contra otros pobres en favor de una Dirigencia que quiere mostrarse impoluta y salvadora del país. Sí, ocurren todo el tiempo, en todas partes donde se expresa la inconformidad de campesinos, estudiantes, negros e indígenas. Ocurre siempre que se acaba el telenoticiero y llega la sección de farándula (aunque ahora uno sea indistinguible de la otra). De todo ello solo me queda algo en la cabeza:

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