Una historia lumpen de esquina, cuchillos, leyendas, cerveza y música. Bogotá y Pereira. Dos ciudades donde cualquier cosa puede suceder un día, y eso configurar una vida para siempre.


 

Por: Diego Firmiano

Hace muchos  años escuché una historia que no olvidaría jamás y que tiene mucho que ver con Bogotá y Pereira, dos ciudades distantes, confusas e interesantes, donde cualquier cosa puede suceder en una esquina, un bar o un parque. El tema tenía que ver con el legendario ladrón y asesino bogotano Johnny el Leproso (John Jairo Moreno Torres).

Un joven que se dedicó a la violencia porque no tenía otro oficio particular en que invertir su tiempo y que en cierta forma, producto del desbarajuste de su familia, encontró en la violencia una actitud personal. Es sabido, por los reportes y las noticias, que robar era su profesión, matar y atemorizar a las personas de varios sectores de la capital, una especie de hobby.

A finales del siglo pasado, no había persona en Bogotá que al escuchar el nombre de Johnny el leproso no sintiera temor.

La historia de sus crímenes fue un largo expediente tratado con pinzas por la gravedad de los casos y por el frío cinismo con el que refutaba los crímenes que se le imputaban. Su mirada era oscura y penetrante como la noche  y no se le movía una pestaña cuando de cobrar cuentas pendientes con un adversario se trataba. Según la leyenda, dicen que era un buen bailarín y un fanático de la Fania All Star.

El joven que me contó por primera vez sobre él fue uno que vivía en Pereira, es decir, acá donde habito. Según cuenta, estuvo a punto de darse puños con Johnny el Leproso, cuando por coincidencia, al pasar por la carrera 7ª en Bogotá se rozaron los hombros y empezaron una riña callejera: primero las palabras, luego insultos, después puños y finalmente la navaja.

La policía no tardó en llegar al lugar donde los dos danzaban como gallos enardecidos dentro de un círculo.

Los esposaron y los pusieron en “la cajita de chicles” como le decían a los carros policiales en ese entonces.

Una vez adentro se amenazaron mutuamente: “en Pereira búscame como “El Pecoso” y el otro sin vacilar agregó: “En Fontibón y Kennedy pregunte por Johnny el Leproso”. Era obvio que en ese tiempo no existía Twitter ni Facebook y si de buscarse se trataba, tenían que hacerlo en persona. Con el pasar de las horas la situación se calmó y no pasó a mayores, porque los pusieron en diferentes celdas, y uno fue dejado en libertad primero que el otro, por seguridad de la misma policía.

Un par de meses después, y cuando “El Pecoso” regresó a Pereira, contaría la historia  a sus amigos como si de una gesta heroica se tratara. Todos quedaron pasmados al escuchar con lujo de detalles la pelea que se había generado con el temible “Johnny el Leproso” en pleno centro de la capital.

 

Foto extraída de: PapelPixel

Mientras contaba el asunto y riéndose, los demás que estaba atónitos, se persignaban.

Dos años después de este encuentro, asesinarían “Al Leproso” en una cárcel bogotana, porque representaba una amenaza para los expendedores de droga en la calle del cartucho (conocida como el Bronx, hoy ya un lugar en proceso de regeneración urbana) pero la triste historia criminal no terminaría así no más, sin ton ni son.

Alexander Sepúlveda, el verdadero nombre de “El Pecoso”, que se lamentaba por la muerte de su adversario, se convertiría después en una leyenda urbana del crimen dentro de Pereira y Dosquebradas en Risaralda. Lo que lo catapultó a la fama criminal, sería su casi pelea con el criminal bogotano, y como un reguero de pólvora, pronto se daría a conocer en la ciudad como “el rey de la navaja”, porque no había quien le ganara peleando a machete o cuchillo.

Esa osada violencia, lo decía sus familia, fue la herencia que le dejó su papá Francisco Sepúlveda, un pelirrojo de Santander, que peleaba con la gente casi con la misma facilidad con que respiraba. La gallardía de Alexander, hacia exclamar a sus amigos, enemigos y conocidos, que estaba rezado, que lo protegían espíritus, pero él afirmaba, «Nada de eso, solo que cuando peleo, me encomiendo a Dios y a San Gregorio».

No se sabe si por coincidencia o por causalidad, al Pecoso le gustaba los mismos cantantes que al Leproso: Raphy Leavitt y Héctor Lavoe.

Del primero prefería la canción “Vive la vida” y del segundo “El cantante”, muchos creían que “Juanito Alimaña”. Pero no. No en realidad. En esas dos canciones había todo un manifiesto existencial de penas y dolores humanos reprimidos que no podían ser sanados sino por la acción, por la violencia.

De la misma manera la actividad delincuencial de “El Pecoso” fue muy similar a la de “El Leproso” en muchos aspectos: se jactaba de robar buses con un palo de escoba recortado metido bajo su camisa; de no consumir droga; de ser el mejor bailarín de salsa y de tener más mujeres que balas en su bolsillo.  Su hermano menor,Robinson Sepúlveda, aprovechándo la fama de su hermano mayor, se levantó en algunos barrios como uno que quiso ser conocido por sus fechorías, pero en menos de lo que canta un gallo terminó asesinado de la manera más cruel: borracho, desnudo y abandonado detrás de una caseta comunal.

La última acción  de Alexander, que recordaría al mismo Johnny en su etapa final,  fue cuando sentado en la cancha de fútbol del barrio Camilo Torres de Dosquebradas, meditaba sobre un asesinato que había cometido. Sus enemigos lo encontraron desprevenido y le propinaron tres tiros de bala en la cabeza.

Sus asesinos se burlaban sarcásticamente de que sobre un alto, siempre hay otro más alto, y  así lo dejaron balbuceando en el desnudo piso de la cancha de ese temerario barrio de Dosquebradas.

En su entierro, que fue de lo más estrafalario, todos los bandidos del barrio escribieron sus nombres en el ataúd, pusieron licor, drogas, navajas y hasta fotos de cada uno de sus amigos dentro de la caja mortuoria.  En el fondo sonaba su canción favorita de Raphy Leavitt, expresando la filosofía de los dos bastardos sin gloria: “…vive la vida, mira que se va y no vuelve”.