La orden para los policías fue garantizar el orden público y evitar que la protesta de los choferes creciera; lastimosamente, algunos uniformados -quizá porque el casco de tan viejo les apretaba los oídos- entendieron que eso se lograba empujando, golpeando y pateando en el suelo a varios periodistas que cubrían los hechos. Es posible que el casco de la ministra-jefa de la Policía, María Paula Romo, tenga los mismos desperfectos porque ella, hasta el mediodía, no sabía ni había visto nada con respecto a estas agresiones.

Por La Barra Espaciadora*

Cientos de foros sobre desarrollo, gestión, convivencia y corrección política quedan en nada cuando alguien le atina a encender la mecha -queriendo o no- con una antorcha o con una chispa, en el sitio y en el momento adecuados. Hecho esto: la explosión, al menos una, la primera.

Pasó en esta semana. El anuncio de que se tomarían medidas económicas para atenuar el déficit fiscal y mantener el pulgar en alto del Fondo Monetario Internacional llegó el 1 de octubre, luego de una serie de aplazamientos. Ese día, el presidente de la República, Lenín Moreno, informó al país de su decisión de eliminar los subsidios a los combustibles, limitar ciertos privilegios administrativos de los servidores públicos y alentar al empresariado con incentivos tributarios, entre los principales puntos.

Para variar, Moreno primero anuncia y luego concreta. Es decir, primero calienta el ambiente y horas más tarde firma el respectivo decreto ejecutivo. No sería nuevo si no fuera porque la mecha elegida, la de los subsidios a los combustibles, es potente y tiene fama de intocable. Abdalá Bucaram y, en general, todos los gobiernos de las cuatro décadas de democracia pueden dar fe de aquello.

La posición de Moreno no fue fácil. Tuvo que elegir entre subir el IVA del 12% al 15% o eliminar el subsidio (bueno, también la tuvo fácil cuando era candidato y jamás mencionó esto en su campaña).
La semana anterior, en las redacciones de los periódicos, los análisis y las especulaciones crecieron cuando se supo que el proyecto estaba listo y que iría a la Asamblea para ser aprobado.

Sin embargo, el viernes algo pasó y las fuentes comenzaron a dudar. Que al proyecto le faltaba algo, que todavía no se ponen las comas, que le falta papel a la impresora.

Lo que sucedió fue que los operadores políticos del gobierno no lograron convencer a los asambleístas de subir el IVA y el fin de semana, al apuro, se activó la alternativa: eliminar los subsidios por decreto, sin necesidad de la aprobación en la Asamblea.
El anuncio provocó sentimientos encontrados y opiniones divididas entre los que creen que ya era hora de eliminar el subsidio y sincerar la economía, y los que deben para la olla todos los días a punta de milagros, porque en el Ecuador posrevolucionario y neoconservador ni alcanza la plata ni hay trabajo.

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Con ese panorama, los nuevos precios de la gasolina extra y del diésel entraron en vigencia el 3 de octubre, a las 00:00. En la víspera, las gasolineras se llenaron de filas interminables de carros. Más allá del efecto propio de un paquetazo, a los dueños de las Ford 150 y de los pichirilos parecía unirles un afán jamás visto por llenar de ‘gas’ no solo el tanque, sino las llantas, los asientos, la cajuela, las plumas… Los buses se cruzaban, los vigilantes pitaban y no se les oía nada, la fila de tres o cuatro cuadras tenía una cola triste a los lejos y cuatro cabezas adictas tratando de calmar sus ansiedades con gasolina a precio subsidiado.

Si pensamos bien en la gente, podríamos decir que la aglomeración irracional en las gasolineras fue un hermoso impulso de ecuatorianos bienintencionados por ser parte de la historia, cuyo único afán era guardar el recibo para contarles a sus nietos que un 2 de octubre de 2019 pusieron la última gota de gasolina subsidiada en sus cacharros. Pero, claro, más exacto es el viejo dicho de ‘piensa mal y acertarás’.
Lo que pasó en la mañana fue una vuelta al tiempo de las viejas protestas. Para colmo, con el invierno recién llegado, el ambiente era gris y lloviznaba en varios sitios. Taxistas y buseteros resolvieron no sacar sus unidades y el Ecuador entero se quedó casi sin transporte público (los piratas salvaron la jornada de muchos).

La orden para los policías fue garantizar el orden público y evitar que la protesta de los choferes creciera; lastimosamente, algunos uniformados -quizá porque el casco de tan viejo les apretaba los oidos- entendieron que eso se lograba empujando, golpeando y pateando en el suelo a varios periodistas que cubrían los hechos. Es posible que el casco de la ministra-jefa de la Policía, María Paula Romo, tenga los mismos desperfectos porque ella, hasta el mediodía, no sabía ni había visto nada con respecto a estas agresiones.

En las calles, los choferes tuvieron como aliados a los correístas y, en unas pocas provincias, a bandas de delincuentes que saquearon cuanto pudieron.

Taxistas y buseteros, por esta vez, acordaron no competir más en las vías y olvidarse de sus pasajeros. Como casi siempre. Juntos son ‘el poder amarillo’. Mientras tanto, en el delirio, Virgilio Hernández y Gabriela Rivadeneira pedían la renuncia de Lenín Moreno, cuando en sus acuosos ojos se dibujaba una escena en la que su líder se bajaba de un avión, besaba la pista del aeropuerto Mariscal Sucre, sacaba una ametralladora y abatía a quien se le ponía al frente sin saludar. Finalmente, el presidente Moreno decretó el estado de excepción y ratificó la eliminación del subsidio. Pero no necesariamente el paquetazo completo.

Estado de decepción

Al cerrar el día, choferes y ministros intentaron cortar la mecha y evitar que otras se encendieran y se propiciara una nueva explosión. Los correístas -que siempre han creído que el mundo gira en torno a ellos- han pedido al presidente de la Asamblea que convoque a sesión extraordinaria para destituir a Moreno. De su lado, Moreno, seguramente, no sabe qué mismo está pasando ni calcula el alcance de sus decisiones (en realidad, de su ministro de Economía, Richard Martínez, y del FMI). Un grupo de asesores y ministros tratan obsesivamente de bajarle el tono al paquete de reformas laborales y tributarias que debieron enviar al Legislativo hace un par de días, pero que, por los incidentes señalados, se quedó en Carondelet.

La tarde del 3 de octubre caía mientras los asambleístas, calladitos, ni fríos ni tibios, esperaban su momento; los choferes -como es su costumbre- presionan con más movilizaciones, pero negocian en secreto; y el gobierno se debate entre la necesidad de hacer reformas que le den un respiro económico, y su debilidad política junto a esa falta total de liderazgo. Por la noche, Moreno viajó a Guayaquil y ofreció declaraciones en cadena nacional.

Así concluye un día sin buses y en estado de excepción. La regla confirmada: estados de corrupción, de traición, de extorsión… y, por supuesto, este permanente estado de decepción.

*La Barra Espaciadora (LBE) es una revista digital ecuatoriana de periodismo narrativo que fue fundada en 2013 por César Acuña Luzuriaga, Diego Cazar Baquero, Armando Cuichán, Francisco Garcés, Francisco Ortiz y Xavier Reyes. LBE es también una escuela de formación permanente que promueve talleres y clínicas periódicamente, y que incluye en su equipo de trabajo a varios grupos de estudiantes universitarios. Gracias a una red satélite de colaboradores externos, LBE es una iniciativa de carácter colaborativo e independiente.

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