Por eso, en tiempos electorales, donde los candidatos van de un lado para otro y las cámaras los persiguen para escuchar los discursos de siempre, es necesario, por un momento, dirigir la mirada hacia los lugares olvidados que hoy viven la violencia en carne propia. Alzar la voz en nombre de estas comunidades y exigir el respeto a la vida.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Colombia es país centralista que a duras penas reconoce que existe vida en las periferias. Un país donde las decisiones se toman en los salones de la capital por burócratas que tienen la sabiduría y la chequera del país. Por eso no es extraño ver alcaldes y gobernadores haciendo lobby para acceder a los recursos de la nación y así estos puedan llegar a sus departamentos o a las mafias de la corrupción local. Pero hoy por hoy sucede algo que debería tener al país alarmado: en las zonas de frontera se agudiza el conflicto y la violencia.

Primer caso: la frontera con Ecuador, sufre del olvido (cliché político) del Estado y se observa cómo aumentan los cultivos ilícitos y las organizaciones ilegales que luchan por el control de las rutas y el comercio de la pasta de coca. Una disidencia de las Farc sobresale en este momento, porque pone en jaque a dos gobiernos. Tras el asesinato de tres ecuatorianos empleados de un medio de comunicación y el secuestro de dos ciudadanos de ese mismo país, alias Guacho exige la liberación de sus hombres, al tiempo que amenaza con seguir con una orgía de muerte y violencia.

El riesgo no es solo para los ciudadanos secuestrados, el área de operaciones de esta disidencia comprende comunidades tanto de Colombia como de Ecuador. La pregunta en este momento es: ¿podrán ambos gobiernos contrarrestar la influencia de Guacho en la zona y la de otros grupos violentos? Se hace necesario e imperativo que el gobierno cumpla los compromisos del acuerdo de Paz con la guerrilla, para que las comunidades de estas zonas puedan acceder a los beneficios del Estado, y así logren por fin sentirse ciudadanos y escapar de banquete de violencia que vienen sufriendo desde hace décadas.

Segundo caso: la región del Catatumbo vive un paro armado decretado por el EPL que se declara abiertamente en guerra con el ELN. Tantas siglas pueden llegar a causar confusión, pero lo cierto es que estás dos estructuras armadas han paralizado toda una región del país. Los estudiantes, los profesores han detenido sus labores, el comercio ha cerrado sus puertas y, como si fuera poco, los periodistas han sido amenazados.

Estos  grupos pretenden poner un manto sobre esta región de la cual se consideran amos y señores, y ven en la población civil siervos o carne de cañón. Esta zona, como tantas otras, se ha caracterizado por los conflictos sociales y por los golpes permanentes de la violencia paramilitar, guerrillera y hasta del Estado.

Sus pobladores, en este momento necesitan de la intervención, además del Estado, de la solidaridad de todo un país. Resulta fácil pensar que el gobierno realice el desembarco de sus tropas, repliegue a los dos contrincantes, después se marche y deje, de nuevo, a la población civil en medio del conflicto. Es allí donde la sociedad civil debe hacer presencia, manifestarse, alzar su voz a favor de las personas que viven y mueren en el Catatumbo.

Tercer caso: el asesinato de ocho policías a manos –al parecer– del Clan del Golfo, en el Urabá antioqueño, mientras acompañaban una delegación de restitución de tierras. Este hecho repudiable, que sucedió en la vereda El Tomate, ataca de manera directa uno de los ejes de la paz en el país: la restitución de tierras.

Es obvio que las organizaciones criminales que han desplazado a campesinos por décadas están alertas y dispuestas a utilizar sus armas para evitar que este proceso se lleve a cabo.

Impedir el retorno de los campesinos a sus tierras es una de las tareas de estas organizaciones. Mantener viva la violencia en ciertas zonas del campo colombiano permite continuar con los negocios ilegales que benefician a estas estructuras.

En este caso han muerto ocho policías y un sentimiento de impotencia se genera al saber de esta noticia, una impotencia que se agrava al confirmar la cantidad de líderes sociales que han sido amenazados y asesinados. La tierra se sigue llenando de sangre.

Por eso, en tiempos electorales, donde los candidatos van de un lado para otro y las cámaras los persiguen para escuchar los discursos de siempre, es necesario, por un momento, dirigir la mirada hacia los lugares olvidados que hoy viven la violencia en carne propia. Alzar la voz en nombre de estas comunidades y exigir el respeto a la vida.

En medio tanta zozobra, es un alivio volver a la poesía para tratar de comprender un poco el presente. Los versos de Octavio Paz entregan algunas pistas:

Tierra tasajeada:

la marcó el invierno con sus armas,

vestidura de espinas fue la primavera (…)

La muerte nos piensa.

ccgaleano@utp.edu.co