Sin más astucia, frunce el ceño y abre una de sus cartillas de dibujo, dándose a la tarea de escribir el itinerario para atrapar al escurridizo cuadrúpedo. Dos o tres renglones fueron suficientes para que el Picasso cayera en una niebla de somnolencia.

Texto: Mateo Matías Arango

Ilustración: Daniel Román

Sin título

De manera repentina se oye un estruendo en el garaje de artes. La ocurrencia irrumpe en la armonía del lugar. El único testigo del hecho está colmado de impaciencia y avista una cola delgada sobresaliendo en uno de los bordes del cuadro.

El hombre dibuja un hueso blanco en el centro del lienzo, guarda la intención de atraer al animal escondido. Transcurre el tiempo, la pintura gotea del cabello desarreglado de su pincel como una lluvia espesa, la suficiente como para inundar los ceniceros.

El perro menea la cola fomentando la exasperación del pintor, lo obliga a crear nuevos engaños para darle caza. No funcionó el hueso, era igual de blanco al patrón del relieve donde lo había trazado. Un fémur poco atractivo a los ojos de un canino.

El pintor, confía la mitad de su ingenio en un vaso de agua. Con afán, se dirige a la cocina, trayendo con él lo que daría fin a todo el lío. La criatura apenas tuvo tiempo de mudar su pequeño cuerpo hacia la esquina opuesta. Con el vaso en mano se armó de puntería para atinar en otra cosa que no fuese la mitad del cuadro e inundar el escondite del fugitivo. Esbozó una sonrisa de triunfo en los primeros minutos de su improvisado diluvio. Su propio génesis disminuyó a un insignificante charco. El mamífero mojaba la burla a los ojos del pintor. Su caótico arroyo lo absorbieron las potentes propiedades del lienzo. La trampa, se desvió a otro caudal.

Sin más astucia, frunce el ceño y abre una de sus cartillas de dibujo, dándose a la tarea de escribir el itinerario para atrapar al escurridizo cuadrúpedo. Dos o tres renglones fueron suficientes para que el Picasso cayera en una niebla de somnolencia. El cuerpo parecía yacer inerte en la superficie del escritorio. El perro, lleno de curiosidad, salta del caballete donde está escondido y husmea el grafito de lo que se le tiene previsto. Saltaba de dicha el pobre ingenuo al ver garabatos e ideas tontas. El resorte no corrió con la misma altura en su próximo salto, una de sus patas torcidas se deslizó en una gota de pintura fresca, el perro desdichado cayó en las hojas de la libreta.

El pintor dio fin a la siesta, tenía la mirada china, se había olvidado del culpable de todo el disgusto en su garaje.  Perdió el rastro del sueño y volvió al rabillo del criollo, llenó su coraje de motivos e insistió en escribir un sinfín de ideas. Ya no era necesario, se sorprendía viendo al animal atrapado en la cuadrícula de su libreta. Piensa borrarlo sin piedad, pero el artista tiene misericordia y lo deja padecer tras la jaula del papel blanco. Después de todo, se le ha escapado de su imaginación.