II – TENÉS QUE APRENDER

El amor y no la guerra, serie de relatos de la violenta Cali hedonista. Segunda entrega.

 

Por / Isabella Sánchez Llano

En el psiquiátrico, una mujer drogada a tope (con drogas legales, por supuesto) conoce a Michelle. Es una joven con ojos de pantera desinteresada, con el cabello trenzado hasta la cintura, que para romper el hielo le pregunta: ¿por qué estás aquí?

Para el relato es irrelevante la respuesta de la mujer. Importa mucho, en cambio, que al pasar los días de tiempo sin reloj ambas se hacen más cercanas, hasta que la mujer puede devolver la pregunta. Michelle responde en abstracto que está ahí por consumo de drogas y procede a reconstruir la noche anterior a ser internada.

Fue en Siloé, su casa, de noche, arreglada para salir de rumba, catorce años, puñal en el bolsillo. Empezó tranquila: baretica con los parceros de una de las barras bravas del américa. Quería cambiarse de banda para no ver más a su exnovio, cosa que la convertiría en rival de sus amigos. Estaba dispuesta a todo. Uno de los duros del sector apareció en una camioneta blanca. Cocaína, salsa. Se fue con él. Bailaron hasta que se aburrió. Whisky, reggaeton, camioneta a todo dar por la noche de Cali. Se antojaron de techno, tusi, luces. Ácido.

 

Le puede interesar: I – EL COLCHÓN

 

Cuenta que aprendió a apuñalar a los nueve años con un primo suyo. Ella no quería pegárselo, pero él le pasó un cuchillo de la cocina, la golpeó y le dijo “pegámelo y nos vamos para el hospital. Tenés que aprender”.

-Es muy rico, después del primero no querés parar.

Recuerda que tenía una pelea cazada con una vieja del Cali que la aleteaba por Facebook.

– Una tonta, yo sólo le decía que esperaba verla en la calle algún día.

Whisky, tusi. Música a todo volumen en la camioneta. Tres discotecas en una noche. El corazón a reventar.

No recuerda cómo llegó a su barrio, solo sabe que iba a pie, a dos cuadras de su casa, cuando la vieja del Cali apareció. De lejos gritó algo que Michelle no recuerda, pero al instante sacó el puñal, pantera al acecho. Las dos alcanzaron a mirarse antes de aventarse al duelo. Michelle le clavó el primero en la cara y se lo bajó hasta la mejilla. El segundo no sabe dónde lo pegó y no recuerda si fueron más. Corrió hasta su casa, cerró la puerta y se tiró en la cama con sus últimas fuerzas. Al rato llegó la policía.

-Mi abuela me contó que los llamó mi mamá al ver la sangre en mi ropa. Feo, ¿no?

En el psiquiátrico, espera a que la recojan porque irá a un centro de rehabilitación por tres meses. -Las drogas son lo de menos- piensa la mujer. Michelle vive entre puñales y al regresar a su casa tiene que elegir una banda a la que pertenecer: es la única ley de protección frente a Cali, su ciudad.

Twitter: @isanchezllano