Conferir dignidad, cultura, empleo… Si hay esperanza, ésta es violenta. El hambre, señoras y señores, va bien vestida y maldice, en sus adentros, estos edificios y sus centros comerciales.

Silvia Vélez

Por: Alan González Salazar

  Fotografía: Silvia Vélez

“solos o juntos, queremos ir en busca de la muerte y desafiarla donde se encuentre.”

  1. L. Stevenson

La pérdida del sentido de la vida es una peste entre nosotros. No existen mecanismos ni políticas públicas encaminadas al estudio minucioso de la crisis social que padecemos. Los psiquiatras, contados con una mano, señalan – cuando son interpelados por los medios – la “herencia antioqueña” como foco principal… y nadie parece asociar que es el desempleo entre los jóvenes, la falta de espacios recreativos, el crecer con muchos familiares o parientes queridos en el extranjero, de convivir con una política corrupta la cual motiva en cierto grado esa fuente de miseria que es la drogadicción.

Los poderes se concentran, dejan por fuera a un gran sector de la población que arde a diario, que se reduce a sus huesos.

El deseo y la violencia son guía, pero ¿a dónde nos pueden guiar los ciegos si no a los abismos? El valor que se les ha dado a los ciudadanos es un valor artesanal, la mano extendida del mendigo, ¡he aquí nuestro capital, tipo exportación!. El campesino, torturado y pobre, ya no tiene cielo ni tumba digna. Por eso los jóvenes se mueren a granel, con el desespero del condenado. Recuerdo a vuelo de pájaro a una niña en el baño del Lucy Tejada ingerir cianuro, a otra madre arrojarse con sus hijas, lo veo a él en el momento en que decide tomar el arma del padre, a ella ahorcarse con el clave del t.v.

Yo no sé bien de qué se trata… estaban muertos quizá, cualquiera diría… porque aquí sólo viven los ricos, unos pocos mata-pobres, escucho en las calles: ¡Son ellos, los que han hecho de la técnica su principal economía, los que han restringido el tránsito, contaminado los ríos, que especulan con la tierra, los patriarcas de la fe!

Pereira es una gran fábrica de muertos y sus dirigentes cívicos, con aguas y aguas, lavan y lavan la sangre. En esta ciudad se han robado hasta las puertas, el triángulo se ha hecho rosca, es la perla de la que todos hablan, un proyecto aquí, otro proyecto allá, y encuentre pues fundación fantasma, encuéntrela, pruébelo, usted no sabe con quién se mete.

¡No hay aire para tanta gente! Le escuché decir al impopular alcalde en uno de sus viajes. Imagino que hace mucho no se pasea por estas calles. El periódico El Fuete le sugirió se acercara – en la Plaza de Bolívar – al “puesto de dulces” más próximo, en donde será atendido  por un anciano que a duras penas puede contar las monedas, por lo que se le piensa dar gratis, lo que escoja, además para que vea a las “niñas” señor alcalde, el monopolio del “carrito de tinto” conducido por el joven que termina su bachillerato nocturno, verá también, si es el día de su suerte, algún indígena caer de un árbol de mangos de la plaza, lo verá morir sin almorzar, todo un lujo.

Conferir dignidad, cultura, empleo… Si hay esperanza, ésta es violenta. El hambre, señoras y señores, va bien vestida y maldice, en sus adentros, estos edificios y sus centros comerciales.

Sentimos apenas gravitar el mundo. La imaginación anda descalza entre tumbas.

De la luna cuelga un brazo ¡Vea pues!