Cuando sale de la bodega, con los ochocientos pesos en su bolsillo derecho, Nelson se dirige a una tienda y pide fiado un cigarrillo de trescientos. Mientras camina, deja volutas de humo en la calle, confundibles con el blanco puro de la neblina. Segundo lugar en el Concurso de Crónica Joven Luis Tejada Cano.

 

Texto y fotografías por: Norvey Echeverry Orozco

Cuando a José Leonel Medina le preguntan por el catorce de marzo de 2018 responde que, entre los más de veintitrés mil días que ha vivido (63 años), las veinticuatro horas de ese día han sido las mejores de toda su existencia. Las describe como inolvidables.

Y no es para menos: era la primera vez que viajaba en avión, que conocía a Bogotá y que, posiblemente, recibiría de las manos del propio presidente de la república, Juan Manuel Santos, un diploma que lo acreditaría como el mejor reciclador de Colombia en el año 2018.

Sentía el corazón, al igual que su esposa María Celeni Valencia, con el tope de latidos: hinchado de orgullo. Nelson, como también es conocido en su pueblo, estaba vestido, en las afueras de la Biblioteca Pública Virgilio Barco, como lo ameritaba la ocasión: pantalón negro, buzo gris y un sombrero de paño. En Sonsón, traspasando la cordillera central de los Andes, había dejado su pinta de todos los días: manos manchadas de basura, botas, pantalón y una camisa raída.

El evento estaba organizado por la Alianza Nacional para el Reciclaje Inclusivo (ANRI), el Ministerio de Medio Ambiente y el Ministerio de Vivienda. Él, a un lado de Celeni, rodeado por gente que lucía en sus cuellos corbatas y en sus pies tacones o zapatillas brillantes, tenía su trasero puesto en la antepenúltima silla del auditorio.

Mencionaron su nombre ante los presentes, todos se voltearon a mirarlo…

Mencionaron su nombre ante los presentes, todos se voltearon a mirarlo, querían saber con detalle quién era ese hombre que reciclaba en un pueblo de Antioquia sin tener visión, se preguntaban cómo separaba el metal del aluminio, cómo recorría las calles sin tropezarse, cómo no se cortaba con el vidrio; se hacían todas las preguntas que le pueden surgir a la mente de un periodista que se dispone a entrevistarlo, paso seguido, con un aplauso casi eterno, elogiaron su labor; él, feliz como estaba, se dedicó a sonreír.

Siete meses han pasado desde que el entonces Ministro de Vivienda, Camilo Sánchez Ortega y el de Medio Ambiente, Luis Gilberto Murillo, le prometieron que tendría su casa propia. Al Presidente no se la pudo pedir, porque no asistió. Su pantalón negro, buzo y sombrero han sido guardados de nuevo en un escaparate.

José Leonel camina en compañía de su esposa por las principales calles de Sonsón. Lleva la ropa de siempre: botas, pantalón negro y camisa a rayas. En su espalda tiene amarrados dos bultos repletos con tarros de gaseosa, aceite, límpido y en su hombro izquierdo una carga de varias cajas de cartón desbaratadas.

Son las diez y treinta de la mañana. Hace frío, diez grados, más o menos: la neblina cubre de blanco los rostros y los árboles y las fachadas y todo lo que hay en las desoladas calles de Sonsón. “Según parece está muy pronto a llover”, asegura. Pone los dos bultos y las cajas en el suelo.

Ingresa al Café Astor, un local de sillas rojas viejas que hay en el parque principal. Pide, al igual que Celeni, un tinto. Se lo bebe con calma, mientras asegura que todo va bien y que no se puede echar pie atrás. Las campanas de la catedral espantan el silencio en tres ocasiones: “Un entierro, quién sabe de quién”, dice, mientras termina con los últimos sorbos de tinto que hay en el pocillo.

Sale de nuevo al parque. Algunos viejos conocidos lo saludan por el nombre que no tiene registrado en la notaría única de Aguadas, Caldas, su pueblo natal: “Hola, Nelson”. Vuelve a montar los bultos a su cuerpo y sigue el camino.

Cuando llegan a la bodega de reciclaje los recibe un aroma de cartón, botella de licor, plástico y un tipo que no tiene más de cuarenta años. Nelson se agacha para desamarrar el nudo de un costal. Celeni, mientras tanto, hace lo mismo con el otro. Al final, su esposa termina quitando los dos pedazos de cabuya. El tipo, con overol negro, pesa el cartón, pesa el costal de las botellas y concluye que todo tiene un valor final de ochocientos pesos.

Cuando sale de la bodega, con los ochocientos pesos en su bolsillo derecho, Nelson se dirige a una tienda y pide fiado un cigarrillo de trescientos. Mientras camina, deja volutas de humo en la calle, confundibles con el blanco puro de la neblina.

Al llegar a su casa no se equivoca de puerta ni de fachada ni de número: 5-50, dice la nomenclatura. Los colores de la fachada son blanco, amarillo y azul claro. Introduce la llave en la cerradura y la abre. Detrás de la puerta aparecen pegadas una estampa que se dedican los amigos y una oración: “Felices los valientes que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas”. “Amé, fui amado, el cielo acarició mi faz”.

Adentro, en todo el centro, hay un patio grande, en el que están varias canecas donde se almacena el agua de la lluvia. En las paredes hay colgadas varias muñecas, un perchero, un crucifijo y un altar a la Virgen de Guadalupe.

En una de las piezas, recostado, se encuentra Hernando de Jesús Valencia, su suegro, quien recuerda cómo su hija le comentó que se iba a casar con José Leonel: “A mí me provoca casarme. Usted mira a ver si me conviene que yo me case con Nelson”. Él, mirándola a los ojos, le respondió: “No. No hay inconveniente. Tranquila, que eso no es problema; eso porque le falte la vista o en fin, eso no es problema”.

Celeni asegura que en ese tiempo Nelson la enamoró porque era muy detallista.

Celeni, sentada en la mesa principal, compuesta por tres sillas y un mantel de pequeños cuadros blancos y rojos, asegura que en ese tiempo Nelson la enamoró porque era muy detallista: le regalaba hebillas y aritos. Hace veinticinco años se casaron.

Ella, más que nadie, conoce muy bien las causas que le producen mal genio al mejor reciclador del país: los perros del camino, que a veces lo muerden, y el hambre, que lo desespera como pocas cosas en la vida. “Los perros lo han mordido en varias veces… Mordiscos leves. Él los odia mucho. Más cuando va pa’ Sonadora y lleva el bastoncito, los perros creen que él los está molestando, entonces les da rabia y le salen”.

También sabe muy bien su horario y su sueldo: de tres o cuatro de la mañana hasta las seis o siete de la noche. Mensualmente, si el material tiene buen peso, gana alrededor de sesenta mil.

 

El camino

Celeni lo acompaña hasta la puerta de la casa. En las calles del pueblo va de su mano, cuando Nelson se dirige a Sonadora, un paraje en donde tiene su acopio de basura, va solo. Antes de coger camino se dicen unas cuantas palabras, mientras Celeni le echa una bendición.

–Bueno, mi amor, chao. Feliz tarde para ti, mi amor.

–Igualmente.

–Dios le pague, mi amor, por todo: la compañía, todo lo que hace por mí.

–Bueno, amor.

Mientras se aleja, Celeni lo observa desde la puerta. A Nelson lo ven pasar fachadas de casas que están a punto de caer, los hombres del camión de la basura, un ayudante de una escalera que brilla con betún una llanta, un niño de un rancho de tablas que está sentado en la puerta y varios carros y motos que, cuando pasan por su lado izquierdo, le pitan.

En el camino, empinado, lleno de pantano, neblina, rastrojo y soledad, recuerda los tiempos en los que la guerra le ponía a temblar los pies. “En esa época (1995) viajaba de aquí pa’ Aguadas. Estaba más o menos la situación pasiva. En el 95 se toreó todo esto. Yo me iba, estaba por ahí veinte días o un mes en Aguadas y en Sonsón estaba dos o tres meses. Luego me regresaba pa’ allá y así”.

En el camino, empinado, lleno de pantano, neblina, rastrojo y soledad, recuerda los tiempos en los que la guerra le ponía a temblar los pies.

Mientras cuenta su historia, interrumpe su relato para afirmar que está pasando por Casa Blanca. Sin duda, tiene buena referencia geográfica: hay una casa, a primera vista olvidada, de paredes blancas.

Después de andar cuarenta minutos, de comparar el sonido que hace la ruedita de su bastón guía con un cascabel, a un lado del camino aparece un letrero en el que se lee que ha llegado a la finca El Rincón. Es una casa de puertas y ventanas rojas.

Nelson escucha el agua de una pequeña quebrada que baja de lo alto de la montaña, pero no el sonido de un radio ni la voz de Nelly Quintero Ocampo, la señora que, además de ser de las pocas vecinas, muy formalmente, cuando se encuentra en su casa, lo invita a pasar para que consuma un alimento y, cada vez que Nelson le pide que vaya a su acopio de basura, le ayuda a separar y a quebrar el vidrio de sus botellas, ya que Celeni, por una enfermedad que tiene en los pies, no puede. “La casa como que está sola… Parece, porque ahí no se oye nadie”, dice. “¡Niñaaaa!”, grita. Nadie le responde. Sigue su camino.

Fue un domingo que venía de Aguadas, bajando al río Arma, cuando Nelson se encontró con una gente.

–¿Usted pa’ dónde va? –le preguntaron.

En el ambiente escuchaba cuatro voces de hombres. Hasta el día de hoy se sigue preguntando si eran soldados, guerrilleros o paramilitares.

–Yo voy pa’ Sonsón.

–No. Devuélvase, devuélvase que eso allá está muy caliente.

–Pues, es que yo voy pa’ la casa; yo voy pa’ la casa pa’ donde mi familia.

No les obedeció y siguió el camino. Nada le pasó.

En 1997 también tuvo un susto memorable: caminaba por un sitio llamado La Tarabita. Eran las dos de la madrugada. Él, para ubicarse, se detenía en los lugares altos cinco o diez minutos para escuchar cómo sonaba el río Arma.

Ese caudal que se estrellaba furioso contra las piedras, fue interrumpido por unos disparos. “No, pues, hasta aquí llegué yo”, se dijo. Asustado, siguió y siguió caminando, pensando que el que caía y listo, ahí quedaba olvidado: “yo no estoy haciendo por aquí nada. Si me dicen que por qué a estas horas, les digo que el trabajo; el trabajo que lo pone a uno a andar de noche”.

Sobre una piedra, como si fuera un juez, acurrucado, dicta la sentencia final que tienen varias latas de milo, atún, aerosol y sardina.

El acopio

Son dos casetas hechas con madera. En el lugar le han robado dos radios y la plata que, varias veces, han recogido los ayudantes de las escaleras que pasan. Dentro de esa plata, casi siempre, está incluido un confite que echa como cariño una niña. Afuera, además de un altar al Señor de la Buena Esperanza, hay un techo de un carro oxidado y muchos bultos blancos tirados. Nelson palpa el candado y lo abre.

En su camino patea sin querer un bulto que está lleno de botellas. Saca un costal con latas y un martillo. Sobre una piedra, como si fuera un juez, acurrucado, dicta la sentencia final que tienen varias latas de milo, atún, aerosol y sardina: son apachurradas y echadas a un costal vacío.

Mientras trabaja, habla de las aventuras de amor que vivió en Aguadas cuando tenía 32 años. Según él, fue uno de esos amores que un hombre quiere con alma, vida y corazón. El primero de enero de 1989, mientras se guiaba con el barandal de una casa, buscando una cerveza, su mano coincidió con la de Ángela Ramírez, una mujer de 58 años.

–Venga, ¿usted pa’ dónde va? –le preguntó.

Nelson escuchó la voz y la comparó con la de un ángel.

–Ah, yo por aquí con deseos de tomarme unas cervecitas.

Lo mandó a pasar a su casa y lo invitó a cerveza. La charla se alargó hasta la madrugada. Recuerda muy bien que esa primera semana de enero no se pudo sacar, por más que lo intentó, la voz de Ángela de su mente.

Al poco tiempo, decidió irse a trabajar como labriego a una finca de unos familiares en Fresno, Tolima. “Vea, si me va a escribir, me manda la correspondencia a la emisora Radio Cultural”, le comentó antes de partir.

Nelson se mantenía pendiente día y noche de su radio. Un martes, mientras trabajaba, la voz elegante del locutor mencionó su nombre. “Tenemos correspondencia para el joven Nelson Medina, procedente del municipio de Aguadas, Caldas. Remite Ángela Ramírez”.

El almuerzo se pierde, eso parece, porque son las dos y treinta minutos de la tarde y Nelson solo tiene en su organismo el tinto y el humo del cigarrillo que consumió cuando eran las once y diez.

Se fue directo a cambiarse la ropa y, como buen enamorado, esa misma tarde reclamó la misiva en Radio Cultural.

Se fue directo a cambiarse la ropa y, como buen enamorado, esa misma tarde reclamó la misiva en Radio Cultural. Nancy y Blanca Nibia, sus primas, al regresar a la finca, comenzaron a leérsela:

“Querido amor:

Me has hecho mucha falta, yo no sé tú a mí. Tú me haces mucha falta. ¿Cuándo vas a venir?”. El domingo de ramos siguiente, a las tres de la madrugada, salió con destino a los brazos de su amada. El jueves santo, después de haber reprimido sus palabras, le pidió que fueran novios.

–¿Usted y yo no podríamos ser novios?

–La verdad es que yo soy de más edad que usted.

–No. Eso no importa.

El viernes santo no pudo reprimir más el deseo, le hizo saber a Ángela sus ganas de acostarse con ella.

–Oiga, niña, es que yo tengo muchos deseos… pero yo solamente quiero estar con usted.

–Ay, niño, pero es que estamos en semana santa, es malo.

–Ay, niña, sí, eso sí puede ser malo para uno, pero es que mi Dios también ve que uno tiene las necesidades.

–Porque lo quiero y lo adoro con toda el alma le voy a aceptar.

–¡Muchas gracias! –respondió Nelson con una sonrisa en el rostro.

El intento de matrimonio se frustró cuando se iban a casar en la Parroquia La Inmaculada del municipio de Aguadas. A Ángela la pusieron a firmar un documento.

–Ay, no, yo no sé escribir, y casi ni leer tampoco.

Fue cuando Nelson se preguntó quién le había escrito las cartas.

–Entonces cómo así. Según eso tampoco sabe llevar una obligación–, le comentaron los curas.

Ángela salió tan ofuscada como un toro a una plaza.

–Camine pa’ la casa. Yo no tengo necesidad de que nadie me regañe.

Son las cinco y treinta de la tarde. La neblina no se ha ido un solo segundo del paisaje. Nelson aún no almuerza. Después de apachurrar cientos de latas, de separar botellas plásticas cafés de blancas, de empacar envases de vidrio en diferentes costales, sonríe feliz, porque adelantó buena parte del trabajo que tenía atrasado. Fue una tarde productiva: recordó a Ángela Ramírez, la mujer que nunca pudo olvidar. Dicen que el amor es ciego; Nelson, con sus gestos de enamorado, lo confirma.

Las gotas de lluvia comienzan a suicidarse en el suelo. Él, de inmediato, entra sus herramientas al rancho. Ajusta los candados. Y después de verificar que todo está en orden, comienza a restar los kilómetros que lo separan de los brazos de Celeni, el segundo amor que encontró en la vida.