El palacio de las princesas

Puedo decir que fueron tiempos felices, donde lo único importante era tener una amiga con quien jugar, no existían sentimientos de rencor u odio, y la concepción de vivir era diferente; pero un día todo empezó a cambiar.

Mi padre la construyó en la parte superior de la última habitación de la casa, el piso era de madera, y se ingresaba por unas escaleras pequeñas del mismo material.

 

Por: Angélica María Sánchez Serna

Fotografías: Carlos Arturo Sánchez

Hay lugares que siempre nos remueven un poco las entrañas, nos hacen sentir tranquilos y nostálgicos al mismo tiempo, y como dicen por ahí, “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. En mi caso, siempre me sentiré con el corazón acongojado al recordar aquella casa que me vio crecer, pero en específico, la buhardilla que mi padre nos construyó con tanto esfuerzo y amor. Era un lugar mágico, en el cual todo era posible, fabricado particularmente para que dos niñas (mi hermana y yo), pusieran a volar su imaginación

Aún recuerdo, como si fuese ayer, mis manos tan frías como un pedazo de hielo, el chocolatico caliente con hojuelas que mi mamá nos preparaba cada domingo con tanto amor, salir de casa con tres sacos, doble media, pantalón, guantes y bufanda para evitar un resfriado, pues con regularidad hay días tan fríos en Salento que pareciese que fuese a nevar. Cómo olvidar aquellos regaños de mi madre siempre tan noble y preocupada por mí diciéndome:

— Se va a enfermar, deje de estar por ahí a pie limpio que ese frío le hace daño.

— ¡Aghhh esta culicagada!, le dije que no se metiera en la cancha cuando está inundada, ahora me toca lavar el piso otra vez. Vaya quítese esa ropa que está llena de barro.

Todo aquello era dicho con puritico amor; pero yo en ese momento no me daba cuenta, como suele suceder, las madres siempre buscan la manera de cuidar a sus retoños contra viento y marea, y ella, la mujer más valiosa y fuerte, nunca ha dejado de cuidarme, pues su profesión es ser madre de tiempo completo, y lo hace con el sentimiento más puro y real que existe.

Cada tarde después de clases llegaba a casa con las medias tan sucias que ella me decía “¿Limpió el piso de todo el salón con ellas o qué?”. Olía a mandarina, a borrador y a ese olor particular que tienen los niños luego de varias horas de diversión. Almorzaba, me cambiaba la ropa e iba a buscar a mis amiguitas para empezar a jugar hasta que ya nos hicieran entrar a las casas.

En las tardes de lluvia caían varias goteras por todo el sitio, pero no era pretexto para pausar la diversión; al contrario, podríamos pensar que estábamos en un mar, o simplemente lo ignorábamos.

El lugar de reunión era aquella buhardilla, un lugar mágico que podía traer diversas sensaciones dependiendo del momento en que estuviésemos. Mi padre la construyó en la parte superior de la última habitación de la casa, el piso era de madera, y se ingresaba por unas escaleras pequeñas del mismo material, la paredes era de ladrillo a la vista, usadas como lienzo en el cual pintábamos, dibujábamos y pegábamos stickers del álbum popular del momento. Medía 2,70cm de alto, no era un lugar tan grande como un castillo, pero era suficiente para regar todos nuestros juguetes y para mí siempre ha sido un lugar donde los sueños se hacían realidad, un palacio de las princesas de papá, pues allí viajé a través de mi imaginación y cree un mundo nuevo donde no existían los problemas del exterior, todo se convertía en color rosa y felicidad.

En las tardes de lluvia caían varias goteras por todo el sitio, pero no era pretexto para pausar la diversión; al contrario, podríamos pensar que estábamos en un mar, o simplemente lo ignorábamos. Por otro lado, tenía un balcón espléndido que nos permitía sentirnos las dueñas del mundo, desde allí se podía observar con claridad el verde de las montañas y el espesor del bosque, era algo mágico.

Podríamos pasarnos horas y horas jugando a las muñecas, a la cocinita o a ser grandes, no teníamos dimensión del tiempo, solo hasta que escuchaba desde el primer piso a mi madre decir:

— Niñas a comer.

Eso era lo más triste que nos podía suceder, pues hasta no terminar la comida y hacer las tareas, mi padre no me dejaba seguir jugando, y yo le obedecía. Siempre le tuve respeto pues él era mi padre, era mi súper héroe, la figura de un hombre fuerte y trabajador, ya que su carácter mostraba tenacidad y gracias a su profesión, lo veía como una persona inteligente que podía levantar mundos con sus manos. Lo admiraba y amaba con el sentir más sincero de una niña, porque sé que hizo cosas que marcaron mi memoria, como enseñarme a montar en bicicleta, o aquella vez que nos hizo una casita de muñecas, o el simple hecho de enseñarme que estaba bien o mal, cambió mi manera de ver el mundo.

Puedo decir que fueron tiempos felices, donde lo único importante era tener una amiga con quien jugar, no existían sentimientos de rencor u odio, y la concepción de vivir era diferente; pero un día todo empezó a cambiar. Dejé las muñecas, el escondite y el cielito para comenzar a hacer otro tipo de actividades acordes a mi crecimiento; salía al parque a darle vueltas, me escapaba al río con mis nuevos amigos o simplemente me pasaba tardes charlando sobre el chico que me gustaba.

Empecé a vivir la etapa de la adolescencia apartando de un lado todo lo vivido en la infancia, mirando el mundo con otros ojos. Al transcurrir el tiempo, nos mudamos de casa, iniciaron las discusiones entre mis padres, por lo que un día él se fue y solo quedamos las tres: mi madre, mi hermana y yo. Parecería que el mundo me estaba dando un golpe fuerte y me despertaba del ensueño de la niñez; sin embargo, lo acepté y a pesar de los obstáculos que el camino me ponía, seguí mi destino y entendí que la vida estaba cobrando otro sentido.

angelica.sanchez@utp.edu.co