El Pavo

Luego, en el momento de proyector que es la memoria, volverá a ese bar andrajoso en una esquina de su ciudad desconocida y pequeña junto a universitarios a los que les conoce el color de la bilis y los malos amores. Llegará entonces, sin remedio, a El Pavo.

394409_4157338525173_1303857649_n

Por: Gustavo Vargas

Como cualquier ciudad desconocida y pequeña para otros, en un punto existente en los mapas que no hace mayor eco en memorias colectivas, Pereira se recorre sin complicaciones horarias. Tendrá lo necesario igual a otra urbe y quizá una o cuatro personas, como cualquier habitante de una ciudad desconocida y pequeña, tengan pretensiones más allá de sus límites y sueñen con mover su genialidad hacia la Capital, o poblar las calles de su infancia y juventud con las letras cosmopolitas del mundo que ve por Internet, principalmente.

Quiere entonces esa persona estar en alguna ciudad grande e histórica de caos; quiere luego entrar a un bar donde las lenguas se cruzan y una bier, birra, maegju, bjór, la bière, beer o cerveza o pola o cheve llega a su mesa. Tomará el primer sorbo, y la espuma será agradable; tomará el segundo y creerá en la felicidad junto a amigos desconocidos, una  “figura social” tan común en los bares. Ya después de la tercera volverá al himno nacional y defenderá ‘La gota fría’ de lo que se piensa gracias a la interpretación de Julio Iglesias. Luego, en el momento de proyector que es la memoria, volverá a ese bar andrajoso en una esquina de su ciudad desconocida y pequeña junto a universitarios a los que les conoce el color de la bilis y los malos amores. Llegará entonces, sin remedio, a El Pavo.
Una casona de fachada blanca y azul, donde es necesario agacharse para entrar y que en la noche tiene una línea generacional y etílica dependiendo de los espacios, adornados con espejos publicitarios de cerveza, uno que otro mensaje de igualdad racial y laboral pero contundente hacia las personas gustosas de fumarolas de dosis mínima exagerada y recortes de periódicos locales con crónicas que sostienen la fama, es el bar o fuente de soda o fonda,  catálogo recíproco a la edad del cliente bebedor, en el cual el nombre y símbolo, dibujado en la fachada azul para no olvidar, es aquel ave de plumaje hermoso que sostiene en su cola galante la mitad de los ojos de Argos.
A El Pavo se llega sin excusas y a cualquier hora, sabemos que tiene la agilidad de sus meseros que pueden llevar hasta seis botellas de cerveza en la mano y un pragmatismo sin protocolo que se siente bien y es eficaz: cuántas y pague que es barato. De las bocinas de equipos de sonido pegadas en las paredes sale una suerte de tango o bolero, antes con aquel sonido sincero de las agujas raspando el vinilo; ahora la limpieza de lo digital y una bandeja de CD donde llegan las marcas piratas cargadas de MP3.

En la noche se empieza a llenar, y los más ancianos agarran sombrero y borrachera para intercambiar espacios con los invasores universitarios. Habrá que buscar sillas porque hacen falta, no agarrar mesa tan cerca a los baños sin censura y pedir las frías para brindar. Llegan los conocidos de siempre y se saludan de esquina a esquina, llega la pareja de jóvenes enamorados que viven la felicidad de no tener dinero suficiente, llegan mujeres en grupos pequeños y saben que algún viejito solitario les enviará su dotación de cerveza. Afuera, la pared blanca de la ‘fumarola’ y también un cumplido llamando en la venta de minutos a celular porque nadie llega.

Alguien que viajó al Perú le escribió una crónica-adivinanza y en ella arrimaban vampiros de toda latitud. Otro escondía las botellas de Póker en su mochila para no pagar. Y una vieja generación toma una fotografía de sus sillas y mesas para recordar mientras está por fuera de su ciudad desconocida y pequeña y bebe y recuerda y “Cámara, unas chelas pa’la banda”.