EL ÚLTIMO TREN

En Pereira la estación central del tren funcionaba sobre la carrera trece con calles diecinueve y veinte, a un costado del Parque Olaya Herrera. Los  vecinos más viejos del barrio Mejía Robledo todavía recuerdan la algarabía armada por los viajeros al subir y bajar con sus maletas de cuero

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

 

 

El tren lento va partiendo

El sonido de una sirena y la humareda olorosa a carbón mineral es todo lo que sobrevive en la memoria de quienes viajaban en tren a Armenia por la ruta de Nacederos-Alcalá- Quimbaya y Montenegro. Eso y la visión de los cuerpos de hombres y mujeres que, allá abajo, disfrutaban de las aguas limpias del río, a la altura del Balneario Sucre.

En esos trenes llegaron, vía Buenaventura, los prodigios técnicos que cambiaron la vida de quienes habitaban la región: radios, discos en vinilo, victrolas, caperuzas, relojes, despulpadoras de café y medicamentos milagrosos como las píldoras de vida que acabaron por suplantar las recetas caseras de las abuelas.

De eso hace ya medio siglo, porque la máquina del tren se apagó y las orillas de la carrilera fueron ocupadas por familias que llegaban huyendo de la pobreza o de alguna de las violencias que se enseñorean de los campos colombianos, cuando se descubre una fuente de riquezas capaz de  atraer a una nueva horda de bárbaros. Así surgieron barrios como Nacederos, Matecaña  y La Libertad, ubicados detrás del aeropuerto y del zoológico  que recién se mudó al parque Ukumarí con  su tropa de monos disolutos y elefantes nostálgicos. Más abajo nacieron las distintas etapas de Galicia, estimuladas por los caciques  políticos, sabedores de que la llegada de los pobres trae siempre a cuestas una cosecha de votos.

En Pereira la estación central del tren funcionaba sobre la carrera trece con calles diecinueve y veinte, a un costado del Parque Olaya Herrera. Los  vecinos más viejos del barrio Mejía Robledo todavía recuerdan la algarabía armada por los viajeros al subir y bajar con sus maletas de cuero, sus costales de fique y sus bolsas de plástico repletas de ropa, alimentos o chucherías compradas en el camino.

Como sucede con todo puerto o estación dignos de ese nombre, en los alrededores florecieron hoteles, restaurantes, bares, cafetines y ventorrillos de toda suerte de objetos para salir de apuros: jabones, cuchillas de afeitar, piedras para candelas, pañuelos, parrillas para asar arepas, radios y linternas. Los condones y las toallas higiénicas todavía eran cosa extraña entre nosotros.

Cuando el tren se fue para siempre, la estación se sumió en el silencio y fue ocupada por una nueva clase de desterrados que dormían bajo sus aleros, hasta que la administración municipal decidió convertirla en sede de la Biblioteca Pública “Ramón Correa Mejía”, que llegó con sus cortejo de visitantes ilustres: desde al Álgebra de Baldor y la Tabla Periódica de los elementos, hasta las sagas infinitas de León Tolstoi y Tomas Mann, pasando por voces tan vigorosas de la literatura nacional como José Eustasio Rivera, Gabriel García Márquez o Héctor Rojas Erazo, sin olvidar a los más cercanos Benjamín Baena Hoyos o Alba Lucía Ángel.

El  Olaya Herrera vio entonces desfilar a varias generaciones de estudiantes que encontraron en los anaqueles de la biblioteca la información y el conocimiento indispensables para emprender el camino que la ciudad en crecimiento les ofrecía como una promesa.

De la regla y el compás

“Aquí reposan los restos del prócer por el cual esta ciudad lleva su nombre. José  Francisco Pereira Martínez. Cartago, 1789. Tocaima, 1863”.

A los humanos  nos gustan las exhumaciones.  Es nuestra manera de entender o exorcizar el pasado. El obelisco, más bien modesto, elevado en homenaje a Francisco Pereira, está ubicado en el Parque Olaya Herrera,  a unos metros de la calle 19, sobre el pasaje que lo separa del edificio donde funciona la gobernación. En  la parte alta,  la regla y el compás, los símbolos de la masonería, nos recuerdan que a lo largo de la historia las distintas logias han estado vinculadas al devenir de la ciudad. En la política, en los negocios, en la academia y en las artes, los masones han dejado la impronta de su cosmovisión. Los masones y los liberales. De hecho, el nombre de este parque rinde homenaje a la memoria de Enrique Olaya Herrera, presidente de Colombia entre 1930 y 1934, cuyo gobierno supuso el fin de la hegemonía conservadora.

Según los forjadores de su mitología, ese talante liberal y masón hizo de Pereira una ciudad abierta a las ideas y por lo  tanto bien dispuesta a recibir a quienes llegaban de otras tierras a probar fortuna. De ahí que al territorio arribaran no solo colonos de otras  regiones de Colombia sino inmigrantes desplazados por las guerras del Medio Oriente que se establecieron en la ciudad y ampliaron con su cultura y sus prácticas mercantiles el estrecho horizonte de la naciente población. Apellidos como Chujfi, Náder, Syriani, Merheg, Sefair, Gandur  y Aguel se cruzaron con los raizales  Jaramillo,Vallejo, Ángel y Salazar, para dar lugar a un mestizaje que desde entonces define la esencia de la ciudad.

Muy pronto, las fiestas de Pereira hicieron de ese feliz encuentro un motivo de celebración. Y el Parque  Olaya Herrera  resultó ser el escenario propicio para recibir  las comparsas en las que los inmigrantes sirios y libaneses hacían de sus tradiciones, sus músicas y sus gastronomías toda una puesta en escena. Cuentan los cronistas que los pereiranos del área urbana y rural caminaban hasta el Olaya, animados  por la idea  de ver hablar, cantar y bailar a hombres y  mujeres llegados de otros mundos, aunque tan de carne y hueso como ellos.

Los caminos de la sal.

Mucho antes de la llegada del tren, el punto donde hoy está ubicado el parque Olaya fue escenario de otros encuentros. El de los comerciantes y viajeros que bajaban por la ruta del Alto del Nudo y atravesaban los puentes de guadua tendidos sobre las aguas del río Otún o subían por la pendiente de lo que hoy es la Calle de la Fundación, después de recorrer los caminos del Quindío y cruzar el río Consota. La imagen de los arrieros y sus recuas de mulas cargadas de productos del campo precedió a las flotas de camiones, buses y automóviles que se asentaron después en los alrededores de la antigua  galería central, siempre en el vecindario del Olaya.

Esos  viajeros aprovechaban la antigua urdimbre de senderos que conducían al Salado de Consotá, el gran  epicentro de actividad económica ubicado cerca a lo que hoy es Caracol- La Curva, que durante los tiempos de la colonia mereciera especial atención  por parte de la corona española.

La  actual calle diecinueve se desarrolló sobre el camino que unía los ríos Otún y Consota. No es difícil imaginar el desfile de hombres y bestias recorriéndola con su carga de víveres y productos de pancoger. Su destino eran las pequeñas parcelas y algunas grandes haciendas hoy urbanizadas pero que entonces se antojaban remotas. En los potreros que luego se convirtieron en el Parque Olaya improvisaron kioscos para tomar la merienda, refrescar las bestias y cerrar negocios.  De  vez en cuando un  arriero desenfundaba la guitarra y animaba la velada con pasillos que hablaban de montes borrascosos, ríos turbulentos y hembras indómitas. En el fondo, esos hombres no estaban muy lejos de los muchachos que hoy se reúnen en el parque Olaya Herrera a contarse sus cuitas, a fumarse sus porros y a enamorar chicas al son de unos versos de Enrique Bumbury.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada